11 ago. 2014

DEN 2. 48-Desfile

En la Puerta de los Cobres charlaban Nina y Flint calurosamente.
—¿Has traído el diamante? —susurró Nina mirando a los lados, preocupada.
—¡Claro que sí! —protestó Jack—. Y no pases pena, no te están siguiendo. Le dije que estabas muerta. En realidad, a Leon le importas una mierda.
Koral y Liz aparecieron corriendo. La muchacha presentaba moratones por la cara y los brazos y tenía un pequeño corte en el labio inferior.
—¡Jack, gracias por esperarme!
—De nada —se limitó a responder Jack.
—Liz, ella es…
—Sé quién es —interrumpió la chica de pelo castaño—. Encantada, Nina. No te preocupes por mí, estarás a salvo.
—Gracias.
—Esperemos que Leon se haya olvidado de ti cuando se entere de que sigues viva.
—No sé cómo agradecéroslo —dijo Nina, emocionada.
—Dándonos nuestro trozo del pastel —propuso Jack, y al reparar en Flint, con su ballesta a la espalda y la culata del revólver asomando en su funda, añadió—. ¿Por qué tu colega viene armado?
—Él no puede entrar —respondió Nina—. ¿Acaso no lo sabes?
—Te recuerdo que aquí soy ahora como un extraño.
—Cierto, me contaste tu historia cuando volvíamos de la salina.
—¿Por qué no puede? Se supone que tú puedes entrar y hacer entrar a quien quieras.
—Jack. La Cruz Escarlata no deja entrar a la chusma del Arrabal, ¿no? Pues a los no humanos los consideran de más baja ralea aún —dijo Koral.
—¿Qué? En el Jardín del Placer había un ogro, y gremlins.
—Madame Poppine es muy poderosa —explicó Nina—. Le permiten tenerlos, siempre que no abandonen el puticlub. Son esclavos.
—¿No te resultó curioso que por la calle no hubiera más que humanos? —añadió Koral.
—Pero si sólo pueden entrar humanos —pensó en voz alta Jack. La sospecha iba formándose en su mente—, ¿por qué tienen…?
—Bueno, Jack —dijo Nina—. No sabes la de placer que puede hacerle sentir un ogro a una mujer con su enorme…
—¡Ah! ¿Quieres decir que tú…?
—¿Yo qué? —Nina frunció el ceño, lista para la bronca.
—Nada.
—Flint, cuida de mi abuelo. Nos veremos pronto.
El gremlin se fue. El resto fue a mostrarle los pases al guardia de la entrada. De aquella conversación Jack extrajo la conclusión definitiva de que Yak'i no podía estar detrás de la Cruz Escarlata, puesto que éste había dirigido todas sus operaciones rodeados de ogros, algunos gremlins y muchos, muchos Revientacalles. Cada vez se añadían nuevas incógnitas.
—Tenéis que esperaros —dijo el guardia.
Las enormes puertas de acero chirriaron y se abrieron. Los guardias les empujaron.
—¡Apartaos, dejad paso!
Ellos pedían paso, y las gentes de alrededor acudieron con presteza a cotillear, abarrotando el espacio libre delante de la puerta.
—¡Vamos a ver, atajo de palurdos! —aulló un guardia—. ¿No he pedido espacio? ¿Por qué coño os acercáis? ¡Joder!
Disparó una ráfaga corta al aire. Los arrabaleros se apartaron, pues sabían que la siguiente iría hacia ellos sin ningún problema. Un regimiento de soldados formó un ancho cordón por el cual comenzaron a cruzar vehículos militares: motos, furgones y camiones atestados de soldados de la Cruz Escarlata.
—¿Qué pasa? —murmuró Jack.
—Deberíamos salir de aquí —aconsejó Nina retrocediendo unos pasos.
—No parece que tengan intención de hacer ná en el Arrabal. Creo que se van —comentó Koral.
Se escuchó una bocina. Alguien señaló al cielo. En las autopistas que partían de Metrópolis, a bastante altura, había más vehículos. ¿La Cruz Escarlata abandonaba Metrópolis o salía de expedición? ¿Adónde iban? Si controlaban la ciudad, controlaban el Páramo. Un furgón, con una cruz gamada color sangre en la chapa que lo blindaba y una torre donde había un soldado apostado, cerraba la marcha. Cuando lo vieron aparecer, todo el mundo retrocedió aterrorizado. Koral, Liz y Nina tensaron sus cuerpos, en alerta.
—El líder de la Cruz Escarlata —susurró el mecánico—. Sólo se le ha visto el día en que tomaron la ciudad. Bueno, no en persona. Se oían gritos desde dentro, órdenes que sus lacayos se apresuraban en cumplir. Y risas, carcajadas, cuando el furgón se dedicó a atropellar a tó el que se le ponía por delante, arrojándolo fuera de Metrópolis. Este suelo que pisas, Jack, cubre una alfombra de huesos.
El ejército de la Cruz Escarlata siguió su curso. Las gentes que se arremolinaban alrededor, en cuanto avistaban el furgón del líder, corrían cuanto les permitían las piernas. Pero no hubo incidentes. En largas colas la Cruz Escarlata abandonaba Metrópolis, dejando a unos pocos atrás para guardar Metrópolis. En la Puerta de los Cobres había media docena de guardias, y un equipo de operarios se dispuso a instalar torretas defensivas en la muralla. Aunque el ejército hubiera vaciado Metrópolis, éste iba a ser tan impenetrable, o más, que antes. El desfile concluyó.

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