10 ago. 2014

DEN 2. 47-Nuke rojo

Jack abandonó la guarida de Leon a toda prisa, no deseaba permanecer cerca de él. El nuke lo había vuelto demasiado peligroso, no era ya dueño de su cuerpo y mente. La droga roja lo tenía dominado, el cacique era su esclavo. Y no soportaba tampoco su presencia por el oscurantismo con el tema de Yak'i. Pensar que había alguien que sabía perfectamente dónde estaba lo martirizaba.
Fue al bar de Barry, estuvo charlando un rato con él y regresó al taller. Koral y Liz dormían aún. Jack no quiso despertarlos. Salió de nuevo por la puerta con el Diamante del Desierto. El sol se encontraba en lo más alto. El calor apretaba. En poco más de una hora se había citado con Nina en el Arrabal. Era una buena chica, intuía, a pesar de todo. Tuvo sus razones para hacer lo que hizo, y ya eran más nobles que las que habían motivado a Jack a hacer muchas de las cosas que había hecho a lo largo de su vida. Supuso que Koral no iría, ocupado como estaba en recuperar el amor de Liz. Se detuvo en un puesto de comida, pidió un tamal con picante y se sentó. Alguien le tocó la espalda.
—¿Qué quieres? —le dijo Jack a la sombra que tenía detrás.
—Oye —era una voz ronca y débil.
Jack se volvió para verle la cara al tipo y se asustó casi tanto como con Leon: el hombre estaba famélico, raquítico, de la misma forma que el traficante. Se balanceaba como si sufriera mareo y tenía el cuello negro. Iba bien vestido, con traje y corbata. Era un decir, ya que llevaba la camisa medio metida por dentro del pantalón, la corbata desanudada, la cremallera bajada e iba sucio.
—Oye —insistió el yonqui—. ¿No tendrías un den? No es para drogarme, es que…
Otro enganchado al nuke rojo. Jack ya conocía lo suficiente sus efectos como para distinguirlo del normal. El hombre parecía importante. No tenía pinta de vivir en el Arrabal y Jack dedujo que la droga roja había logrado colarse en Metrópolis.
—No, no tengo —le respondió.
Fue a darle un mordisco al tamal cuando el yonqui, de un manotazo, se lo arrojó al suelo. El tamal se abrió y la carne y la verdura de dentro se desparramó.
—¡Dame todo lo que tengas! —vociferó, convulsionándose por los nervios y empuñando una pequeña navaja.
—¡Me cago en tu padre!
Jack le arrancó la navaja de las manos sin ningún esfuerzo y le estampó el rostro contra la barra. El drogadicto no se movió.
—Ah…
El cocinero le hizo otro tamal, gratis, con tal de no tener que lidiar con Jack. Así que éste comió, mientras contemplaba a los muchos transeúntes que pululaban como enfermos por la calle, pidiendo dinero, metiéndose nuke o vagabundeando como zombis. El yonqui de la barra se había quedado dormido.

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