9 ago. 2014

DEN 2. 46-Un cambio estremecedor

Aquello que puso el pie fuera de la limusina no era un ser humano, sino un esqueleto viviente. Había perdido muchísimo peso. La ropa le era demasiado holgada, no quedaba músculo bajo el pellejo de sus manos, tenía el cuello entre negro y morado y la cara magullada. Dos hombres lo ayudaban a caminar, pues apenas se sostenía en pie. Cuando se percató de que Jack lo miraba anonadado de arriba abajo, escupió al suelo y le dijo con desprecio, con voz cansada:
—¿Has averiguado algo?
—Sí.
A Leon se le iluminaron los ojos. No cabía en sí de gozo.
—¡Ven, ven, vamos adentro!
Fueron directos al despacho de Leon. Le ayudaron incluso a sentarse. Estaba machacado. Liz debía de haberle dado una buena tunda, se había defendido bien.
—¿Por qué no has traído a esa puta de Nina contigo?
—Está muerta —sentenció Jack—. Se resistió y tuve que acabar con ella.
Leon lo miró detenidamente. Jack tragó saliva.
—Está bien, qué se le va a hacer. Me habría encantado ponerle la mano encima.
El cacique no tardó ni un minuto desde que entraron en coger de la mesa una pastilla de nuke rojo. Los quejidos que articuló ya no eran de placer, sino de dolor. Tenía el cuello tan irritado que el simple roce de los dedos y de la pastilla era un calvario.
—Hay un pueblo fantasma a unos ciento sesenta y tres kilómetros en el valle del noreste. Hay una vieja fábrica que ha reformado.
—¡Qué hijo de la gran puta! ¿Te dijo la zorra cómo demonios hace esto? —Leon le mostró el envoltorio de la droga.
—No, sólo me dijo que Isaac es inteligente, que hay algo en él. Por lo visto, también es un manitas con la robótica.
—¿Cómo?
—Tiene un ejército de robots.
—¿De qué clase?
—Dijo que no son como los de aquí.
—Cuéntame más.
—No hay mucho más para contar. Tiene trabajadores que sacó del Vertedero, así que entre ellos y los robots estará bien defendido.
—¡¿Crees que no puedo con ese cabrón, que sólo tengo a esta panda de gilipollas para guerrear?! ¡No me conoces, Jack!, ¡sabes demasiado poco y yo sé más de lo que crees! —bramó Leon.
¿Qué le ocurría?, ¿qué le estaba haciendo esa droga roja? Estaba enloqueciendo. Jack temió que perdiera la cabeza del todo. Si la primera vez que estuvo delante de él se vio abrumado por el peligro que emanaba de sus ojos inquisitivos, ahora le tenía auténtico pavor. Se había convertido en un ser horrible, lejos del apuesto hombre que había sido.
—¿Te dijo de cuántos efectivos dispone? —prosiguió Leon, de repente más calmado.
—Muchos, un ejército, quizás cientos. No supo decirme más —respondió Jack.
Leon abrió un cajón del escritorio y puso encima otra pastilla de nuke.
—Llama a Tom, dile que venga de inmediato —ordenó Leon a uno de sus secuaces.
Quitó con cuidado el plástico a una de las caras de la pastilla, se levantó con dificultad y se acercó a un espejo que colgaba de la pared, buscó algún hueco bajo el mentón que no estuviera morado y se frotó la droga. Cerró los ojos. Un tipo enorme se personó.
—Tom, ya sabemos dónde se esconde ese hijoputa. Reúne a tus hombres. Irás allí y vigilarás todos los movimientos de Isaac y su escoria. Consigue todos los datos que puedas: cuántos hombres tiene, de qué armas dispone…, todo. —Y a Jack—: Vete. Dentro de un mes volveré a necesitarte.
—¿Y Yak’i? ¡Creo que ya te he hecho demasiados favores! —protestó Jack.
—Tu trabajo es terminar con todo esto. Isaac sigue jodiéndome, ¿no? Pues lo tuyo tendrá que esperar. Yak’i no se va a mover, confía en mí. Cuando Tom vuelva, prepararemos el asalto y todo esto acabará. Ese hijo de puta malnacido me está arruinando.
—¿De qué conoces a Yak’i?
—Lo sabrás todo a su debido momento, Jack. No agotes mi paciencia —amenazó Leon—. Ve y disfruta de tu tiempo libre. Folla, juega, gástate todo el dinero. —Le entregó una bolsita llena de monedas—. Haz lo que te dé la puta gana.

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