8 ago. 2014

DEN 2. 45-Una vida de ensueño

Los rayos del sol penetraron por una rendija del techo, impactándole de lleno a Jack en el rostro. Emitió un gruñido suave y se cubrió los ojos con las manos. Se levantó y se sentó en la cama, se quitó las legañas, bostezó, volvió a tumbarse, se retorció de forma extraña, estirando los miembros y alargando un gemido, se oyeron una serie de crujidos y acto seguido se quedó inmóvil. La cabeza le daba vueltas. Unos minutos después se puso en pie de un salto. Había dormido vestido, así que sólo tuvo que calzarse antes de salir del cuartucho para hacerse un café. Koral y Liz dormían abrazados en el sofá. Les apagó el televisor y fue a la cocina. ¡Ah, bendito café! Era todo un lujo poder disponer de él. Muchas cosas lo eran en el Páramo, pues era una tierra castigada por Gea, mientras que en Edén eran tan corrientes en la vida cotidiana que nadie las apreciaba. Jack podía oler el inconfundible aroma del café, saborearlo y notar con regocijo el líquido ardiente descender por su garganta calentando su cuerpo y poniéndolo en funcionamiento.
Una vez hubo terminado, salió en silencio a la calle. A partir de ahora se citaría con Leon él solo, no estaba el asunto como para azuzar los problemas a hacer acto de presencia. El bramarán resoplaba fuera, miraba a Jack con pereza, por puro aburrimiento, mascando unos hierbajos con cara de tonto. No había mucha gente por la calle, acababa de amanecer y sólo los propietarios de los locales y de las tiendas habían madrugado. Se les podía ver abriendo las verjas de sus locales, colocando sus productos en los mostradores, sacando al exterior los expositores y los carteles con las ofertas y los menús del día, conversando entre ellos… Para cuando llegó al palacio de Leon, el Arrabal había despertado y se mostraba bullicioso y lleno de ruidos de todos los tipos, a cada cual más molesto.
—Hola —Jack saludó a Erik, el vigilante de las mañanas, un hombre alto, con más pluma que un pollo.
—Jack, encanto, vas a tener que hacerme compañía un ratito. Hoy ha dormido en Metrópolis.
Como no quería esperar a su lado, le dijo que iba a dar una vuelta —Erik protestó— y se desplomó detrás de la casa. Se aburría, revolvía con una mano la tierra, absorto en nada en particular, hasta que le vino a la cabeza el Lejano Este y comenzó a rememorar su vida en Edén, la ciudad de blanco, los psicotrópicos y los robots sirvientes:
«—Así que te vas —le dijo Carl—. ¿Por qué quieres volver a ese estercolero? ¿El nuke y el soma te han quemado todas las neuronas?
—Sabes que no consumo esas porquerías.
—Sí, lo sé. Olvídate ya de esa venganza, ni siquiera te acuerdas de tus padres. ¿Vas a cambiar esto por aquello? —dijo Carl, señalando a las tres mujeres desnudas que dormían en el sofá cama.»
Y lo cierto es que su amigo de Edén llevaba toda la razón. Jack había tenido la oportunidad de vivir en un espacioso apartamento, con robots a su disposición, comida en abundancia, televisor con muchos canales, una computadora personal, litros y litros de alcohol, agua caliente… Y para ganarse todo aquello sólo había tenido que rescatar a una preciosa muchacha, tras lo cual había acabado siendo considerado como un igual en la sociedad de las clases. ¿Por qué, entonces, había decidido renegar de todo aquello? No recordaba casi a sus padres, como le había dicho Carl, pero tenía la mala costumbre de cumplir sus promesas por muy estúpidas que fueran. A pesar de todo, no sentía remordimientos por su elección. Recordaba Edén y la vida que tuvo allí, mas en su corazón no había nostalgia y no conservaba ningún momento lo suficientemente importante como para sentir el anhelo de volver. Era un forastero en ambos mundos.
El ruido de unas ruedas subiendo la pendiente lo sacó de su ensimismamiento. Era una limusina negra. Leon salió de ella.

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