8 ago. 2014

DEN 2. 44-Entre dos hombres

Quedaron en verse en la entrada de Metrópolis al día siguiente, a mediodía. Jack y Koral llegaron al taller rendidos. Jack se fue a la cama, en un trastero que el mecánico le había arreglado la primera vez que durmió allí. Se arrojó sobre el colchón, agotado, los músculos de todo su cuerpo destrozados. Extrañamente, no pudo cerrar los ojos. «¡Genial, insomnio y cansancio a la vez! ¿Nos hará partir Leon al día siguiente de nuevo a recorrer el puñetero Páramo?», se preguntó. Esperaba que no; rezó por ello. Rezó porque todo acabara y el cacique le diera ya la información que necesitaba. Le había pagado con creces, y a fin de cuentas, ya le había averiguado el paradero de su férreo competidor comercial.
En aquel instante, unos golpes contra la puerta del taller interrumpieron sus cavilaciones. Oyó a Koral abrir, y unos sollozos que se tornaron en seguida en lloros descontrolados.
—Koral, ¿puedo pasar? —era la voz de Liz.
—¿Qué te ha pasao?, ¿quién te ha pegao?, ¿ha sío Leon? —Koral parecía también estar a punto de llorar.
—No sabía a quién ir. ¡Abrázame!
—¡Lo voy a matar, te juro que lo pagará caro!
Jack nunca lo había oído hablar en ese tono, Koral parecía incluso capaz de cumplir su amenaza. Pensó si entrometerse y averiguar qué ocurría, pero decidió que aquel asunto sólo les concernía a ellos, aunque se preparó por si tenía que salir detrás del mecánico si a éste le daba un pronto.
—Ni se te ocurra, Koral —le suplicó la chica—. No está bien, él no está bien. Ha perdido la cabeza. Es ese maldito nuke rojo, algo le está haciendo, ¡le está matando!
—Liz, por favor, no llores más. Estoy aquí, ¿vale? No dejaré que te pase ná.
—E-está bien. Ya sé que lo nuestro acabó, que no te perdoné aquello, pero… —Y rompió a llorar de nuevo.
—¡Ey, nena, venga!
—¿Puedo quedarme aquí?
Se hizo un corto silencio.
—Claro, Liz, pero prométeme que no vas a volver allí, con él.
—No… No lo sé.
—¿Todavía lo quieres?
—Por favor, Koral.
—Está bien, no hablaré de ello. Quédate hasta que aclares tus sentimientos, hasta que te decidas.
Si oírle proferir amenazas era algo excepcional, la gravedad de su tono, la seriedad con la que hablaba ahora era imposible de creer en él.
—Entra.
Jack cerró los ojos y se quedó frito. Tuvo muchos sueños. Se veía en ellos tomando té en plena tertulia en la Gran Salina; matando mutantes con Leon y un Isaac inventado; a cuatro patas en el dormitorio de Madame Poppine, con un ogro sonriente apoyando las manos en sus nalgas dispuesto a…
—¡Ah!
Se despertó bruscamente, un sudor frío perlaba su frente y su pecho. Sólo había sido una pesadilla, una terrible pesadilla. Se esforzó en calmarse, el corazón le latía muy fuerte y muy rápido. No sabía cuánto había dormido, pero la adrenalina le había arrebatado el sueño.
En el salón, Koral y Liz seguían hablando. Lo hacían de forma más sosegada, hablaban con ternura. Supo Jack que un intenso culebrón iba a comenzar.

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