5 ago. 2014

DEN 2. 43-Isaac

—Isaac… —dijo Nina con seriedad—. No le he visto el rostro; siempre lo tiene oculto con una capucha, como si no quisiera que alguien pudiera reconocerlo. Nunca sale de su fábrica.
—¿Qué fábrica?
—En un pueblo fantasma, en el Valle Cerrado, en el noreste en la Cordillera de Atlas. Sólo la fábrica queda en pie. Lo único que sé es que hace muchos años, quizás una década, Isaac la reconstruyó. Se sirvió de mano de obra barata, esclavos que aún tiene, asesinos y ladrones del Vertedero y del Arrabal. Sacó mucha mierda y gentuza de allí y se la llevó. Es un hombre singular, Jack, y tarado. No queda cordura en él, eso si alguna vez la tuvo. Hace cosa de un año creó el nuke rojo. Utiliza el normal como base.
—Pero —Koral se llevó una mano al mentón— el nuke es una droga muy compleja, no es como regar una planta o cultivar unos champiñones. Sólo los mejores científicos de Metrópolis saben cómo se hace.
—Isaac es más listo que todos ellos juntos. Ha levantado una legión de robots a su alrededor para guardar la fábrica.
—¿También sabe montar robots?
—Bueno, ya te he dicho que no es normal. No sé de dónde demonios ha salido, pero su inteligencia da miedo. Parece saberlo todo.
—Por eso no te atreviste a robarle la mercancía que llevaban los secuaces de Leon que mataste.
—Sí. No lo he visto en acción, pero me asusta. ¿Quién tendría el poder necesario para esclavizar a la chusma del Vertedero? Únicamente la Cruz Escarlata, pero ellos no salen de Metrópolis. ¿Quién puede, con su cerebro y sus manos, crear un ejército de robots?, ¿y hacer nuke sin ayuda, y además potenciando sus efectos de forma devastadora? Jamás creí posible algo así. Él lo hace.
—Toda esta historia es demasiado increíble —dijo Jack.
—Sí. Si Leon pretende matarlo, lo va a tener muy difícil —añadió Koral.
—Nina, déjame esto a mí. Dime cómo dar con esa fábrica y quizás Leon no vaya a por ti.
—Sabes que lo hará.
—Pues le diré que estás muerta. Mañana hablaré con él.
—Está bien… Gracias.
El abuelo de Nina bajó y —sin mirar a nadie, absorto en sus pensamientos y rumiando sin sentido— encendió el televisor, metió una cinta en el vídeo y se sentó en la mecedora que quedaba libre.
—Abuelo, ¿qué haces despierto?
—¡No tengo sueño!
Sonó una música muy animada y en la caja tonta aparecieron cuatro tipos muy curiosos. Primero, un hombre ya mayor y con canas sonreía y fumaba un puro; el segundo era un joven guaperas y trajeado; luego, un colgado con una cazadora y un gorro; y por último, un negro que parecía un ogro, con una cresta corta, cara de mala hostia y una cantidad enorme de cadenas de oro colgando de su robusto cuello.
Nina terminó de contar el resto en el recibidor, para que el viejo no lo oyera. Se despidieron. Koral, que había estado todo el rato ensimismado con la serie de televisión, le echó un último vistazo. El particular grupo, tras una serie de explosiones y tiroteos, subía a un furgón negro mientras el líder, el de las canas y el puro en la boca, decía, sonriente: «Me encanta que los planes salgan bien».

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