31 jul. 2014

DEN 2. 42-Sangre negra

—¿Alguien sabe que te dedicas a matar? —le preguntó Koral.
—Sólo vosotros, Leon y sus lacayos. Pero mis vecinos me ocultan, ninguno diría nada.
—Sabes que te buscarán, y a pesar de la precaución de tus vecinos, me parece a mí que con tu popularidad no es éste un lugar muy escondío, por mucho que te empeñes en creértelo —la avisó Koral—. Lo único que le ha parao los pies es que nosotros te hemos ío a buscar a la Gran Salina, pero querrá vengarse por tó lo que le has hecho.
—Ya lo sé —dijo Nina, preocupada—.Me llevaré a mi abuelo a una posada hasta que encuentre otro lugar donde vivir.
—Dime todo lo que quiero saber, dónde vive Isaac, y todo lo que nos pueda ser de utilidad, e intercederé por ti —dijo Jack.
—¿Te hará caso?
—No lo sé, no lo conozco. ¿Tú qué opinas, Koral?
—Pues qué quieres que te diga. No te pués fiar de él, y menos en el estao en el que se encuentra. Parece que en cualquier momento va a salir a la calle con una metralleta a disparar a discreción.
—¿Por qué te dedicas a matar? —Jack miró a la chica—. Koral dice que siempre has tenido una buena reputación.
—Verás… —Nina resopló. Su semblante serio denotaba tristeza y preocupación—. ¿Habéis visto lo que tiene en la piel mi abuelo?
Jack y Koral asintieron.
—Es Sangre Negra, una enfermedad muy rara. No se sabe qué la origina, pero hay medicamentos que adormecen sus efectos. La cogió hace unos años.
—¿Qué efectos tiene?
—La sangre, si no se le suministra al paciente cierta pastilla una vez por semana, se vuelve negra. Al cabo de dos, esa sangre se prende y el enfermo muere por una combustión interna.
—¡Qué horror! —dijo Koral con los ojos bien abiertos.
—Sí, es una muerte lenta y muy dolorosa. Por eso me hice cazarrecompensas, para poder pagarle la medicación a mi abuelo. Son muy caras esas pastillas, ¿sabéis? Y sólo las hacen en Metrópolis. Hay además una cura completa, pero es tan cara que ni con cien encargos podría pagarla. Por eso me uní a Isaac, me prometió que por cada trabajo que hiciera para él me pagaría diez veces más que cualquier otro desgraciado de Metrópolis. Podría ahorrar.
—Ya entiendo, dijiste que ya no trabajabas para él. Estabas desesperada y decidiste buscar un modo más rápido de conseguir el dinero que necesitas para la cura —dijo Jack.
—Yo… —Nina se llevó las manos a la cabeza, cansada—. No me gusta matar, pero lo tenía que hacer. No le digáis nada a mi abuelo. He hecho ya muchos encargos para Isaac, aunque todavía no he visto un den. Dice que a final de mes me pagará, como si fuera un sueldo. Ríe, sonríe, se divierte cuando me dice esas cosas, y estoy segura de que miente.
—Pero buscar el diamante era una locura.
—¿Tú crees?, ¿por qué no abres tu bolsa?
—Vale, vale, lo pillo. ¿Cuánto podemos sacar por él?
—Hay un rico excéntrico que tiene un museo; allá en Metrópolis, por supuesto. Ofrece cuarenta mil dens por el diamante, pero no pienso bajar de cincuenta.
—¡Ugh! —Koral se atragantó con el té y comenzó a toser—. ¿Cincuenta mil dens? ¡Eso es un dineral!
—No lo entiendo —dijo Jack—. Los hombres que mataste en el túnel, los lacayos de Leon, llevaban cargamentos de nuke de muchísimo valor. ¿Qué hiciste con ellos?, ¿por qué no los vendiste?
—Tenía órdenes de entregárselos a Isaac. No es un tipo normal, Jack. Jamás se me pasaría por la cabeza robarle.
—¿Y cuánto cuesta esa cura?
—Treinta y cinco mil…
—Eso no es lo que habíamos acordado —protestó Jack—. Se supone que lo dividiríamos en cuatro partes iguales. Además, fui yo quien lo cogió.
—Pero sin mí no habrías podido. Por favor, Jack, te lo suplico.
—Jack, nos toca a cinco mil por cabeza, yo creo que no está ná mal —dijo Koral.
—Tú no estuviste allí, Koral, no viste a Bahamut con tus propios ojos.
—Jack…
—¡Está bien, vale!
—¡Gracias! —Nina estaba eufórica, y a punto de romper a llorar.
—Ahora, dime.

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