30 jul. 2014

DEN 2. 41-Té

La caminata de vuelta fue dura, pero con la ayuda de Flint regresaron sin graves problemas. Jack casi prefirió sufrir una herida que le incapacitara para caminar largas distancias, como Nina. Verla tumbada en la parihuela que habían confeccionado y atado a lomos del bramarán le provocaba mucha envidia. Hablaron poco durante el trayecto, estaban demasiado cansados y sedientos como para desperdiciar energía moviendo los labios. Cuando llegaron al borde del Arrabal les dolía a todos muchísimo la cabeza por la falta de agua y estaban tan deshidratados que parecían pasas.
Después de pasar por las camillas de un centro médico —mucho mejor que la chabola del doctor que le vendió el antirad a Jack— se dirigieron a la casa de Nina. La cazarrecompensas aún se encontraba bastante mal. La herida que había sufrido en la espalda tardaría muchos días en cerrarse del todo. Le habían aconsejado que no hiciera movimientos bruscos en al menos tres días, pero por lo menos podía caminar.
La casa de Nina era una choza de dos pisos de ladrillos de adobe, enlucida con estuco naranja. No distaba mucho de la entrada principal del Arrabal, pero estaba muy oculta dentro de un laberinto de callejuelas y casas. Tuvieron que dejar en unos establos custodiados por un sucio mozo al bramarán, fuera del barrio. La gente saludaba a Nina con afabilidad, como si la tuvieran en muy alta estima, pero procuraban no mencionar su nombre en alto. Flint introdujo a la llama de Nina en un pequeño cobertizo adosado a la casa.
En el porche de madera, adornado por varios cactus en enormes maceteros, aguardaba un viejo con un bastón y una pistola que sujetaba con una temblorosa mano.
—No te preocupes, abuelo, baja el arma; vienen conmigo. —Nina le dio un cariñoso abrazo—. ¿Cómo estás?
—Pensé que no volverías esta vez. ¿Dónde has estado, Nina?
Jack notó que no sólo le temblaban las manos al anciano, sino que todo su cuerpo parecía preso de una constante convulsión. Además, unas gruesas venas negras sobresalían del pellejo sin grasa ni músculo que le colgaba por todo, incluso por su calvicie.
—Casi no te veo —dijo el viejo entrando por la puerta, cogido de la mano de su nieta—. He llegado a creer varias veces que ibas a abandonarme.
—¡Abuelo, no digas eso! —le suplicó Nina. Los ojos se le inundaron, una lágrima describió un arco por su mejilla—. He tenido mucho trabajo, por eso no he podido estar contigo, pero te juro que eso va a cambiar.
—Nina. —Jack le rogaba urgencia.
—Ahora. —Nina le echó una mirada de reproche. Se volvió a su abuelo—: Escúchame, acuéstate. ¿Te has tomado la medicina? —El viejo respondió que sí—. Pues descansa.
Nina le dio un beso en la frente y el anciano subió las escaleras que llevaban al segundo piso.
—Sentaos donde queráis —les dijo a Jack y Koral. Flint ya hacía rato que lo había hecho, y fumaba tabaco en pipa, siempre con su revólver cerca—. ¿Queréis té, alguna otra cosa?
—¿Té, qué es té? —quiso saber Koral.
—Una infusión de hierbas. Las cultivan en Metrópolis —explicó Nina—. La planta del té no crece en el Páramo.
—Bueno, me gustaría probarlo.
—Yo quiero una cerveza, si tienes —añadió Jack.
Nina fue a la cocina y volvió al cabo de un rato con una bandeja en las manos. La sala de estar era espaciosa, luminosa y tenía buenos muebles.
—¿Esto es té? ¿Qué es este saquito?
—Hunde el sobre dentro y déjalo cinco minutos. Luego te lo podrás tomar.
—¡Buaj, qué asco! ¡Y cómo quema!
—¡Te he dicho que esperes unos minutos, burro!

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