25 jul. 2014

DEN 2. 40-Escondite

Antes de salir en busca de Koral y Nina, y a pesar de disponer de la comida que le habían dejado, Jack se cocinó un par de peces y un trozo de aleta de mantarraya. Examinó la carne de ambos animales con detenimiento: era muy gelatinosa. Lo torró todo a conciencia, probó un poco y aguardó: ningún veneno parecía hacer efecto, incluso estaban deliciosos, aunque con mucho músculo por debajo de la primera capa. Comió sin masticar y no dejó ni la raspa del pescado. Eructó. Satisfecho y con energías renovadas, prosiguió su camino siguiendo la indicación de la nota.
Había pisadas que se adentraban en una pequeña hondonada, huellas de zapatos y de patas de bramarán. Al cabo de un rato tropezó con un montoncito de ramas imitando otra hoguera y rebuscó en él. Además de una nueva nota, Koral había dejado una lata de soylent cola. Todavía estaba fresca, pues el mecánico la había enterrado en la tierra y cubierto con cubitos de hielo que formaban ahora un diminuto charco. No debían de estar muy lejos. Jack sonrió contento y abrió la lata. Un par de sorbos bastaron para vaciarla. Si aún viviera, le besaría el culo al genio que inventó los freezers, esas máquinas portátiles para hacer cubitos con cualquier líquido. Todo viajero del Páramo conocía el valor que estos cacharros cobraban en el desierto, pues no había nada mejor que una soylent cola bien fresquita para mitigar el agobiante calor; aunque había que tener cuidado de no malgastar el agua. Por eso, a menudo, los cubitos se hacían con orina o agua sucia. Leyó la nota: «jira en el siguiente recodo».
—¿Esto es todo? Pero ¿qué clase de broma es ésta?
Al girar como indicaba la nota, a sólo una docena de pasos, había una abertura poco profunda en la roca: Koral, Nina y hasta el bramarán dormían cerca de un fuego, la llama escupía una y otra vez al suelo y babeaba, y Flint estaba a la entrada con las piernas cruzadas y la ballesta entre ellas.
—¡Apártate de ellos!
Todos despertaron al oír el grito. El gremlin escupió la vinagreta que mascaba y le sacó la lengua.
—¡Jack, quieto! —gritó Nina incorporándose con esfuerzo.
—¡Estás vivo! —Koral se le echó encima—. ¡Estás hecho polvo!, ¿estás herío? ¡Cómo me alegro de verte!
—¡Basta, mi hombro! ¿Qué coño es eso de «gira en el siguiente recodo»? ¿A qué viene semejante pitorreo? ¿Y qué hace él aquí?
—¿Pensabas que había muerto?—dijo Nina refiriéndose al gremlin—. Me lo hiciste pasar mal, Jack, pero la culpa es mía por no confiar en Flint. Baja el arma, ha estado protegiéndonos desde que huimos del campamento.
—¿Te crees que soy imbécil o qué?
—Pues sí.
—Jack…
—Como deis un solo paso aprieto el gatillo.
—Jack…
—¡¿Qué?!
—Baja el arma —le pidió Koral.
—No me da la gana.
—Por favor, Nina tiene razón —dijo Koral—. Si no hubiese sío por Flint, uno de esos monstruos que cayeron sobre el campamento me habría comío.
Jack los miró uno a uno varias veces. Accedió.
—Está bien, pero no pienso quitaros el ojo de encima.
—Gracias —dijo Nina.
—Veo que te encuentras mejor.
—Sí, tu colega, aparte de mecánico, vale para médico. Puedo caminar y todo.
—¿Lo viste? —le preguntó Koral, expectante.
—¿Quién te crees que me ha hecho esto?
—¡Por Gea, es increíble! ¿Cómo te las apañaste?
—Bueno, no era tan duro después de todo… —fardó Jack, pero por dentro se cagaba en la madre que parió al bicho.
—¿Lo has traído?
Jack les mostró el Diamante del Desierto, que todavía brillaba con una mortecina luz. Todos quedaron boquiabiertos. Nina lloró.
—¡Estoy salvada!
—¡Quieta! —Jack volvió a esconder la joya. Flint desenfundó un cuchillo con una rapidez increíble y lo apoyó en su garganta.
—¡Dásela!
—No antes de que ella conteste a mis preguntas —sentenció Jack tanteando su arma.
—Bien, pues te diré dónde localizar a Isaac —dijo Nina.
—No, aquí no. Iremos de vuelta a Metrópolis, todos juntos, como dijiste. Una vez en tu casa me lo largarás todo, y también esos motivos por los cuales pretendes excusarte de la que nos liaste en el metro. Cuando esté seguro de que dices la verdad, venderemos el diamante y nos repartiremos los beneficios. Él no entra.
—Flint entra —protestó Nina—, ha estado toda la noche y toda la mañana cuidando de que no nos pasara nada.
—Jack, venga, tié razón. No son mala gente —la apoyó Koral.
—Ya discutiremos a la vuelta —añadió Flint—. No nos queda mucha agua y hay un largo camino por recorrer.
—Está bien. Volvamos.

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