20 jul. 2014

DEN 2. 39-Tocar madera

Extinguida la nube de polvo, Jack emprendió la subida. La pendiente se hizo más acusada a medio camino y tuvo que valerse de las manos y gatear. El ascenso fue trabajoso. Al llegar arriba, tenía el hombro y el brazo malheridos tan entumecidos que ya no sentía dolor alguno. Desde lo alto del cerro pudo situar el promontorio de la Gran Salina. O lo que quedaba de él. Seguía habiendo una montaña, pero ahora estaba compuesta por una masa informe de sal y cascotes amontonados. Bahamut no estaba por ningún lado. A pesar de haberle dicho a Koral que podía creer en él, todavía, tras verlo con sus propios ojos, pensaba que todo había sido un mal sueño. Un animal así era imposible, toda la Gran Salina era imposible. ¿Qué misterioso capricho o milagro de la naturaleza había creado animales marinos en un entorno carente de agua, seco y, valga la redundancia, seco como aquél? La propia sal consumía la humedad del cuerpo. No tenían lugar allí, no podían.
Apartó tan perturbador pensamiento y localizó la dirección en la que se suponía que debía estar el campamento. Cerró los ojos con fuerza maldiciéndose al recordar que ¡le había ordenado a Koral que se largara si no se reunía con ellos al amanecer! Ya no había nada que hacer, pues habían pasado muchas horas y no les daría alcance, salvo intentar llegar a Metrópolis por su propio pie, lo cual era imposible sin comida, con escasa agua y una escopeta vieja. Aquella situación de desamparo le recordó demasiado la noche en que le persiguieron los chacales y a situaciones aún peores sufridas.
Por el momento, decidió acercarse hasta el campamento. Quizás aún estuvieran allí, ¡ojalá estuvieran allí! Cuando llegó, contempló una gran cantidad de monstruos de la salina diseminados alrededor. Estaban todos muertos, salvo alguna mantarraya que movía aún las aletas. Debían de haber sido arrojados por los coletazos de Bahamut. Por suerte, Koral y Nina habían puesto pies en polvorosa. No estaban ni sus cuerpos ni sus cosas allí y, además, había heridas de bala en algunas criaturas. Rió al recrear la escenita: los bichos cayendo alrededor y el mecánico histérico. Se pasó una mano por el rostro, recriminándose tal despreocupación. Aquello no era ninguna broma, podía haberles pasado algo.
Se quedó mirando el horizonte embobado, su cuerpo balanceándose por la debilidad de sus piernas. La situación era realmente mala y los nervios amenazaban con destruirlo. Se obligó a relajarse. Comenzó a silbar una melodía de los Perros Rabiosos. ¿Seguirían tocando? Cuando era joven, cuando formaba parte de los Corredores, la banda de rock era muy popular. Eran como dioses. Aunque desde que marchó a la Ruta del Petróleo no había vuelto a saber de ellos, lo más seguro era que estuvieran muertos. Como todo grupo que se precie, estaban demasiado enganchados al nuke. Canturreó su famosa canción, Tocar madera, y gracias a ella se percató de un detalle de la hoguera que había pasado por alto: las ramas y los arbustos de encima no estaban quemados. Lo apartó todo a manotazos, Koral había ocultado debajo comida, agua y una nota doblada. ¡Bendito sea! Desdobló la nota y leyó: «Jack si les esto dirijete acia las montañas que ay justo en direcion contraria a la gran salina a abido un terremoto a medianoche y no te lo creeras comenzaron a llober bichos del cielo. no se de donde diablos an salido pero nos atacaron unas estrañas babosas. dice Nina que proceden de la salina que fueron eyas las que la irieron. tambien cayeron peces raros y una especie como de sabanas blancas que se rebolbian era todo muy asqueroso. estamos bien pero emos uido a las montañas por si acaso caen mas de esas cosas buscanos por ellas dejare mas notas. Koral».

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