18 jul. 2014

DEN 2. 38-Buitres

Jack se detuvo a descansar en la base de la colina. Sentía un frío atroz y el hombro le dolía horrores. Además, estaba cubierto de sal de la cabeza a los pies y un intenso escozor lo torturaba allá donde le habían aparecido heridas y rozaduras. Escupió, tenía también la boca llena. Le echó un trago a su cantimplora, se enjuagó la boca y volvió a escupir. Bebió con calma, vació la cantimplora. Aún tenía otra llena, pero no le duraría mucho. Debía encontrar el campamento lo más rápido posible. Cuando hubo saciado su sed trató de comer algo. Lamentablemente, el pez que había pescado en la Gran Salina estaba sucio y machacado. Había sido tan maltratado que apenas quedaba algo de él salvo su dura cabezota. Lo desenganchó y lo arrojó lejos. En su mochila había unas cuantas insulsas tabletas de soylent, nada más. Se las comió con asco. Estaba cansado, dolorido y hambriento, y lo que más deseaba era un mullido colchón e hincarle el diente a algo con sustancia. Pensando en la grasienta y negra pielecilla de un pollo asado se le caía la baba.
Acababa la última galleta cuando una nube de polvo se formó en el horizonte. Alzó la mano para cubrirse del sol, que empezaba a calentar la tierra con fuerza. La nube se acercaba, precedida por el ruido de muchos motores. Ascendió la colina para ocultarse entre un cúmulo de matorrales. Una veintena de motoristas. ¿Eran…? ¡Sí, eran corredores! Distinguió sus vehículos en el horizonte. Eran Buitres, llevaban sus motos decoradas con tantas plumas de buitre como podían y cráneos de estos pajarracos incrustados en los focos, con las mandíbulas abiertas. Abandonó la seguridad de los matorrales y descendió de nuevo agitando los brazos en el aire. Los corredores se detuvieron delante.
—Vaya, ¿a quién tenemos aquí?
Uno de los Buitres, un tipo alto y delgado con una larga gabardina verde y un casco de cuero alado, se bajó de su moto y se detuvo frente a él.
—¿Qué haces aquí, Jack? ¡Esto es una sorpresa!
—¿Murray? —Jack no se lo podía creer.
—Veo que todavía te acuerdas de tu viejo amigo. —Murray sonrió—. Pero, ¿cómo es posible? ¡No has envejecido nada!
—Es una larga historia.
—¿Te presentas de repente, con esa cara de crío veinteañero y tienes los santos cojones de decirme que es una larga historia? —Jack se sintió obligado a explicárselo—. Así que has estado en Edén… Y vuelves a esta pocilga.
—Tengo mis razones. ¿Y tú? Veo que sigues metido.
—Vaya si lo estoy. Ahora soy el Gran Corredor —fardó Murray—. ¡Eh, tíos! —Murray llamó a sus compañeros, todos muy jovencitos—. ¡Este tipo de aquí es un antiguo compañero corredor! ¡No era ni Buitre ni Serpiente! ¡Se creía más listo que todos y por eso no quería formar parte de ninguno!
Entre todos lo abuchearon. Jack se tensó y apoyó la mano en la recortada.
—¿Le zurramos, jefe? —dijo uno.
—¿Tú qué piensas, Jack? —Murray parecía divertirse como un niño con todo aquello.
—¡Oh, vamos! ¿De verdad estás todavía metido en esas estúpidas rencillas de pandilleros? ¡Han pasado por lo menos diez años, joder!
—No hago esto por eso, Jack, siempre nos hemos caído mal. ¿Acaso no recuerdas los viejos tiempos? Yo sí… —Murray se desabrochó un botón de la gabardina, mostrando una larga cicatriz en el pecho.
El Buitre que había preguntado si partirle la cara a Jack avanzó con una larga cadena de hierro en las manos. Jack empuñó su recortada y le apuntó al rostro.
—¡Venga, Jack, era broma! —Murray le hizo un gesto para que se alejara a su compañero—. ¡Es increíble que todavía conserves esa antigualla! ¡Bájala, anda, ya te he dicho que era broma! ¿De dónde vienes?
—De la Gran Salina.
—¿De verdad? No me lo creo. ¿Te has vuelto loco con los años o qué cojones te pasa? ¿Algún tontolaba de Metrópolis te ha pedido que busques el Diamante del Desierto? Nadie acepta ese tipo de encargos.
—Yo sí. —Lentamente, Jack cubrió el orificio de la bolsa con la mano libre.
—¿Encontraste algo?
—Mírame y deduce.
—No me extraña verte en este estado. ¿Vuelves a Metrópolis?, ¿quieres que te lleve de vuelta?
—¿Esperas que me lo crea?
—No, desde luego. —Murray lanzó una sonora carcajada. Los idiotas de sus compinches lo imitaron—. Anda y que te follen, Jack. Si logras sobrevivir, ya nos veremos las caras de nuevo.
Murray y su grupo arrancaron y se alejaron haciéndole cortes de manga. Un rezagado se le acercó con la moto, se tiró un estruendoso y maloliente cuesco en su cara y pisó el acelerador. Jack escupió toda clase de insultos e improperios, pero el ruido de las motos los ahogó todos.

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