16 jul. 2014

DEN 2. 37-Bahamut

Como pudo, tratando de mantener el equilibrio entre todo aquel movimiento de tierra, Jack fue hacia el borde. La larga cola de cientos de metros de Bahamut iba enroscándose alrededor del promontorio y oprimía la roca que había debajo de la blanca capa de sal. Había círculos por todo el desierto, nidos, que hervían a pesar de ser de noche. Las mantarrayas, las babosas y los peces voladores se agitaban con nerviosismo por culpa del terremoto. Eran conscientes de quién lo provocaba.
Un intenso chillido le destrozó los tímpanos. Miró hacia atrás y alumbró con la linterna. De la pared surgía una colosal cabeza parecida a las de los peces voladores, que tapaba por completo la luz de la luna sumiendo la cima en la total oscuridad. Horadaba la pared, chillaba mostrando un millar de dientes que eran como agujas; y unas zarpas se movían también, escarbando con ahínco. Su ojo le miraba. Alrededor de él había incrustados más diamantes, que surgían por todas las juntas de su resquebrajada y pétrea cabeza. Dejó de alumbrar con la linterna y buscó cómo salir de ahí, pues el sendero natural estaba obstruido por la cola. A su alrededor cayeron cascotes e incluso algún que otro pez naranja. No iba a salir de ésta, no lo iba a hacer. Desesperanzado, disparó contra Bahamut hasta agotar la munición. Los perdigones habían rebotado todos en su dura coraza. El terror se adueñó de Jack. Los ojos de la criatura brillaron con fulminante cólera. Profirió otro chillido. Debía de apretar con fuerza con la cola, pues el promontorio entero se estaba resquebrajando. De esa manera, Bahamut logró liberar parte de su cuerpo y uno de sus raquíticos brazos. Un pez gigante, como si fuera un dios, con brazos. Sí, era una locura, pero imposible de negar. Su zarpa parduzca se aproximaba a él para apresarlo y entonces, cuando la cerraba en torno suyo, el suelo se abrió a sus pies. El promontorio explotó, un bloque de sal le golpeó en un hombro. Cerró los ojos para no presenciar su muerte.
El golpe contra el suelo lo dejó sin aliento, pero estaba vivo. Había aterrizado sobre un grupo de mantarrayas. Trató de incorporarse, pero se tambaleó cuando las mantas comenzaron a moverse. Se sujetó a una de ellas con fuerza para no resbalar. Los cascotes del promontorio caían a su alrededor, aplastando a muchas criaturas. Detrás, Bahamut gateaba con sus dos brazos hacia Jack. Otro agudo chillido y el colosal pez, de un impulso, se lanzó en su dirección, con la boca abierta. Arrasaba con todo a su paso, atrapando animales como si fuera una red y lanzando por los aires con una fuerza asombrosa de su cola a los que no caían en su boca. Pronto la tuvo medio llena de mantas y babosas y peces e ingentes cantidades de sal, y avanzaba con rapidez. No tardaría en darles alcance.
En cuanto tuvo la oportunidad, Jack rodó por una de las alas y cayó en la cima de una duna de sal. Lo hizo justo a tiempo para evitar que Bahamut se lo tragara. Su mochila estaba cerca, por un hueco asomaba su vieja recortada y el diamante, pero no había ni rastro de la escopeta de corredera ni del revólver. Maldiciéndose, corrió cuanto pudo hacia los límites de la Gran Salina. Oyó los lejanos chillidos de Bahamut y lloró de alegría por la suerte que había tenido. Siguió caminando el resto de la noche. Cuando amaneció, había puesto ya bastante distancia del desierto de sal, aunque no podía adivinar a dónde había ido a parar. Avistó una colina desde la cual podría localizar el promontorio, o lo que quedara de él, y así situarse un poco. Tenía un brazo magullado y le costaba moverlo, pero por lo menos no parecía estar dislocado ni roto. El Diamante del Desierto brillaba en la bolsa.

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