15 jul. 2014

DEN 2. 36-La Gran Salina

Jack esperó en el límite del desierto de sal, mirando en silencio la puesta de sol. El calor llegaba hasta él. Al anochecer, empezó a caminar, cerciorándose de que el aire ya no quemaba. El roce de la sal en la suela de sus botas lo intranquilizaba, no quería imaginarse el fin horroroso que sufriría si el día lo cogía dentro. «¡Al diablo con la cautela de Nina!», farfulló; y aceleró el paso, siempre hacia el noreste. ¡Cric, cric, cric! Era difícil caminar por aquel tortuoso terreno, pero al menos podía ver, pues la luna brillaba con fuerza. Tal como dijo Nina, comenzó a distinguir pequeñas lucecitas que parpadeaban por todas partes. Una, bastante cerca, supuso Jack que sería la que la cazarrecompensas le había mencionado.
De repente, el terreno por delante comenzó a removerse. Retiró el seguro de la escopeta de corredera. Se abrió un socavón enorme, toda la sal se hundió en lo que parecía una caverna subterránea y Jack retrocedió nervioso cuando brincaron fuera de la madriguera cientos de extraños peces. Permaneció alerta, sin mover un músculo de su cuerpo, hasta que se alejaron rebotando como pulgas. Uno lo golpeó en la cara y Jack, instintivamente, lo agarró al vuelo por la cola y lo estrelló contra el suelo.
—Pero ¿qué puñetas eres? —le preguntó al pez.
¡No tenía sentido! Pero ahí estaba. Tenía un cabezón que parecía de piedra, e igual de duro; unas protuberancias, como patitas; y unos colmillos —toda una hilera— con los que pretendía morderle el brazo impulsándose hacia arriba. Pero el aturdimiento le impedía llegar con los dientes y pronto se cansó. El resto del cuerpo era escamoso, similar al de cualquier otro pez, naranja y con cinco largas aletas, como abanicos, que salían de ambos lados de su cuerpo, cola y de su espina dorsal. Jack clavó su daga por detrás del cabezón, hacia el cerebro de la criatura. Cuando dejó de luchar, habiéndose vaciado su sangre en el suelo, Jack lo colgó de un gancho de la mochila y prosiguió su camino.
Había una pronunciada pendiente más adelante. Descendió como pudo, medio caminando medio patinando, y a mitad del recorrido tropezó con una piedra. Terminó la pendiente rodando como una pelota y chocando con algo blando. Fue zarandeado por el animal que había oculto entre la sal, y acabó descubriendo un cuerpo plano, blanco, como si fuera una manta embadurnada de mucosa. Pensó en las babosas de las cuales Nina le había hablado. Sacó su pistola y disparó hacia abajo, abriendo varios agujeros que atravesaron de lado a lado aquel cuerpo. El bicho dejó de moverse. Jack se apartó de él profiriendo una maldición, la sal se le había metido en los ojos. Se secó las lágrimas con la camisa y estudió al monstruo: no parecía una babosa, no tenía esas características manchas naranjas que en teoría debían tener. Con un pie le levantó una de las aletas, y entonces un tentáculo naranja salió disparado de un oscuro agujero, se pegó a la mantarraya y la remolcó sin dificultad alguna. Jack cogió la linterna y alumbró al hueco, a unos cinco metros de él.
Aquello sí que tenía pinta de ser una babosa escupidora de alquitrán. Era más pequeña que la mantarraya. Su cuerpo era parecido a un calamar, con numerosos tentáculos larguísimos y naranjas, manchurrones también por todo el cuerpo y una serie de pelillos del mismo color, como cerdas de escoba, rodeándolo por completo. Masticaba ahora ruidosamente con una voracidad que aterraba.
Cuando Jack quiso retroceder, la babosa asomó una trompa corta, bombeó, se hinchó y le lanzó un manguerazo de un líquido negro y aceitoso que era, efectivamente, alquitrán. Pudo esquivarlo por poco, aunque el olor era tan fuerte que se mareó. Disparó mientras ponía distancia y fue a parar a un nido de mantarrayas. Aquella babosa debía haberse acercado con sigilo para atacarlas, y Jack le había ahorrado trabajo. Pero el porqué le seguía, teniendo ya una presa en su poder, era todo un misterio. ¿Cuánta carne necesitaba para alimentarse? Las mantarrayas, sintiendo el peligro, desplegaron sus alas y se deslizaron levitando por encima del desierto. Jack se agachó para esquivar otro escupitajo negro y disparó de nuevo, haciendo saltar trozos de babosa por los aires. Una de las mantas se retorcía pegada al suelo, el alquitrán la había alcanzado de lleno. La criatura depredadora se preparaba otra vez para lanzarle un escupitajo. Su trompa se hinchó y Jack apuntó y apretó el gatillo, reventándosela y salpicando al monstruo con su propio aceite.
Huyó de allí y descansó cinco minutos al otro lado de la hondonada. El promontorio se encontraba cerca. El brillo del Diamante del Desierto alumbraba el cielo por encima de él. Siguió caminando una hora más, cuesta arriba. Al llegar a la cumbre no podía ni respirar. El resplandor de la joya era de un fulgor misterioso, pues emitía verdadera luz desde dentro, y lo cegó. Cuando se acostumbró, se acercó a ella.
El Diamante del Desierto se hallaba clavado en una pared de sal semitransparente. Lo palpó y notó que era como un verdadero diamante. Escarbó con la daga. Fue un trabajo arduo, pero logró extraerlo de la pared. Eufórico de alegría, ansiando salir de la Gran Salina y pensando en lo que podría hacer con su parte del dinero, se volvió y desanduvo sus pasos. Oyó a su espalda el sonido de la sal cayendo. Una sensación de peligró le erizó el vello de la nuca. Se giró, con el pesado Diamante del Desierto en sus manos. Un gran ojo sin párpado, vidrioso, más grande que cualquier monstruo del Páramo, lo miraba a través de un agujero en la pared. Jack escondió el diamante en su bolsa. Le temblaban las manos y el corazón parecía que se le fuera a salir del pecho, pues comprendía qué es lo que tenía delante. Sus ojos…, no podía creer lo que veían sus ojos.
Un terremoto sacudió la Gran Salina. Jack cayó al suelo. Una larga cola de reptil llena de afiladas espinas y placas rodeaba lentamente el promontorio.

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