14 jul. 2014

DEN 2. 35-Nina

El resto de la tarde anduvieron por la garganta con los nervios a flor de piel. Por suerte, el asunto se quedó en eso y no sufrieron más percances desagradables. Sin la llama tuvieron que cargar todo el peso en el bramarán e ir a pie los dos. Mataron de un tiro al agonizante animal y lo abandonaron para los chacales, después de introducir en una bolsa algunos filetes para proceder a su conserva en cuanto hicieran una pausa.
El terreno, al salir del cañón, formaba una pronunciada pendiente cuesta abajo. Al final de ella un desierto blanco, muy diferente al yermo pedregoso que era el Páramo, se expandía hasta el horizonte. La tarde llegaba a su fin, pero el desierto de sal aún brillaba con un poderoso fulgor blanco y más parecía un espejismo que algo tangible, pues el calor producía ondulaciones en el aire.
Aliviaron al bramarán de su carga y se tomaron un descanso. Koral se tumbó y abrió los brazos, agotado. Jack se dedicó a limpiar sus dos escopetas con un paño.
—Jack, mira allí. —Koral señaló un punto diminuto que se alejaba de la salina.
Una bandada de buitres carroñeros sobrevolaba la zona. Jack y Koral bajaron la pendiente, acercándose con prudencia.
—Es ella —dijo Jack—. Vamos a tener suerte, a pesar de todo, de no tener que adentrarnos en la salina.
—Le ha pasao algo —dijo Koral—. Parece que se va a caer, pero se ha enganchao el pie en el estribo de su montura.
La mercenaria se encontraba semiinconsciente, malherida, con los brazos sueltos y el pecho y la cabeza apoyados en la llama, y la sangre goteaba por un costado del animal. La bajaron y la posaron con delicadeza en el suelo, pesaba tan poco como una pluma.
Al mirarla, le entró tal escozor ahí abajo —a pesar de las circunstancias— que tuvo que meterse la mano dentro del pantalón y subírsela para que no le abultara tanto. Tenía el rostro de una veinteañera, aunque debía de tener algunos años más; un cabello hasta los hombros, corto por detrás, curvado como si fuera un casco al estilo Bob, con un flequillo largo y rubio pero despeinado; unos pechos y una cadera interesantes y un particular lunar cerca del ombligo, que asomaba por debajo de su chaqueta corta de cuero. Además del vientre, llevaba los hombros desnudos y se cubría las manos con unos guantes largos, con numerosas fundas y bolsillos, que le llegaban hasta los codos. Era mirarla, y toparse con la chica que tantos años atrás lo había encandilado y con la que por poco no se había casado. Tenía una herida en la espalda, como un latigazo, y algunos pequeños cortes y desgarrones en el resto del cuerpo. Algo se había ensañado con ella, pero no parecía correr peligro mortal.
—Así que tú eres la zorra del túnel, ¿eh? —Jack sabía que Nina no podía oírlo. Le dio un par de tortazos para despertarla y de paso desfogarse un poco del susto del metro.
—Jack, mírala —protestó Koral—. ¿No podías darle un poco de agua en vez de esos sopapos?
—No estamos para malgastar el agua —dijo Jack—. Además, ¿acaso no recuerdas que por poco nos matan en el túnel por su culpa? ¿A cuántos asesinó?
—¿Pasas pena por los secuaces de Leon? —Nina entreabrió los ojos, tragó saliva—. Eran una panda de criminales, no tuve muchos remordimientos.
—¿Acaso los tienes por alguien?
—¿Te crees mejor que yo?
Nina cerró los ojos, a punto de volver a desmayarse. Le limpiaron y curaron las heridas como pudieron. No fue un buen trabajo, pero al menos la herida más grave, la de la espalda, no iría a peor. Jack se mosqueó, había tenido que desperdiciar agua. Al cabo de un rato, la mujer volvió a abrir los ojos.
—Tuviste la ocasión de matarnos en el túnel, como hiciste con los demás —prosiguió Jack.
—Os estuve siguiendo, escuchando vuestras conversaciones; por eso supe vuestros nombres. Cuando quise actuar los reptadores os dieron por el culo. Lo que no me explico es cómo pudisteis libraros de los ogros. El tipo ese, Mart, estaba demasiado mal para atender a razones. Parecía muy furioso. —Nina sonrió burlona—. No os parecéis a vuestros compañeros. ¿Leon se ha cansado de enviar a inútiles a hacer el trabajo sucio?
La mano de Jack atrapó con una rapidez increíble el cuello de Nina.
—Yo no soy un lacayo de Leon.
—T-trabajas para él, e-eres su c-criado.
—¡Basta! —Jack se salió de sus casillas, la soltó—. Vas a largar todo lo que sabes. ¡¿Quién es Isaac?!, ¡¿dónde se esconde?! ¡Habla, o ya podrá buscarse a otra zorra que mate por él!
—Tendrá que buscársela igual, tanto si me matas como si me dejas vivir.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que ya no trabajo para él. He decidido mandarlo a tomar por saco.
—¿Por eso estás aquí?
—¿Cómo habéis averiguado que era yo?
—Un camello lo largó todo, dijo que eras tú.
—¿Y cómo habéis dado conmigo?
—Tu amigo, el gremlin, tenía una carta.
—¡¿Qué le habéis hecho?!
A Nina se le empañaron los ojos de lágrimas.
—¿Nosotros?, nada. El muy cabrón casi acaba con nosotros, pero una manada de chacales nos lo quitó de encima. A estas alturas no debe ser más que un montón de mierda de chucho.
Nina sollozó, primero débilmente y luego con más fuerza. Jack tenía su corazoncito y decidió esperar a que se calmara. Al cabo de unos largos segundos, reinició su interrogatorio:
—¿Y bien?
—¿Quieres saberlo? Pareces alguien con sentido de la palabra, tendrás que prometerme tres cosas.
Jack entrecerró los párpados.
—Primero, promete que me vas a perdonar la vida. A fin de cuentas ya no trabajo para Isaac, no me importas ya y no te soy un peligro.
—¿Cómo sé que dices la verdad?
—Porque, dos, me llevarás de vuelta a Metrópolis. Una vez allí te lo explicaré todo, mis motivos para hacer todo lo que he hecho, y sabrás que digo la verdad.
—¿Y la tercera?
—¿Ves ese bonito desierto de sal? —Con un gesto de cabeza, Nina señaló la Gran Salina—. Vas a entrar y…
—El Diamante del Desierto no existe, Nina. Es una locura.
—Sí que existe, es real como las historias que se cuentan de la salina. Ayer, cuando oscureció, vi uno de esos diamantes. Está sobre un promontorio, a unas tres horas al noreste. ¿Sabes por qué es tan difícil conseguir una de esas gemas? Porque no hay quien tenga huevos para entrar de día y porque todos los malditos bichos que moran allí tienen insomnio. Pero si uno es precavido, puede incluso pasar ahí dentro toda una noche sin verse molestado. Y con buen ojo podrá avistar numerosos puntitos, como estrellas que titilan, brillar aquí y allá de forma intermitente. Son esas preciadas gemas que los ricachones de Metrópolis desean más que a sus propias vidas.
—¿Qué te pasó?
—Que la emoción me pudo, abandoné toda cautela cuando vi el Diamante del Desierto y éste es el resultado.
—Tienes suerte de haber conseguido salir antes de que saliera el sol. —Jack volvió la vista hacia el caldero blanco, donde espesas columnas de humo daban una ligera idea del calor que abrasaba la Gran Salina.
—Y bien, ¿qué decides?
—¿Por qué no mejor entregarte a Leon y que él te sonsaque lo que necesita? —quiso saber Jack. Nina removió dentro de su boca con la lengua y mostró una píldora.
—El Bahamut, ¿lo has visto? —Koral necesitaba saciar su curiosidad.
—No, pero no pondría la mano en el fuego asegurando que no existe como muchos escépticos piensan.
—Puedes estar tendiéndonos una trampa.
—¿Crees que podría regresar sola en este estado, o haceros algo?
—Iré, pero nos repartiremos las ganancias a partes iguales.
—No hay problema.
—Koral también entra.
—Vaaale.
—Jack, es demasiao peligroso. Es una locura —protestó Koral—. Yo no me fío. Ya sé que está buena, pero…
—Tú quédate cuidando de ella. Si al amanecer no he regresado, volveos y olvídate de toda esta historia. Si intenta algo, métele un tiro en la sien y a tomar por culo.
—Jack —dijo Nina—. Ten especial cuidado con una especie de babosas blancas. Se camuflan con facilidad, pero podrás reconocerlas por los pegotes naranjas que surcan su cuerpo. Escupen un aceite pringoso, parecido al alquitrán.
—¿Algo más que deba saber?
—No, bueno, ten cuidado con todo en general, pero sobre todo con esos bichos.
—Jack, no me dejes solo con ella —gimió Koral, mirándola de reojo.

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