13 jul. 2014

DEN 2. 34-Emboscada

A las ocho de la mañana levantaron el campamento. Había dejado de lloviznar, los nubarrones se habían desplazado despejando el cielo. Una de las crías de wombat yacía muerta a escasos metros de la cueva. Las demás chilloteaban acurrucadas entre las raíces del árbol.
Durante todo el día y parte del siguiente los estuvieron siguiendo una manada de chacales, pero esta vez Jack no estaba preocupado, pues tenía armas más que suficientes y no estaba solo. A media tarde se adentraron en la garganta de un cañón que cruzaba en línea recta el yermo. Era el único camino seguro hacia la Gran Salina. Su estrechez impedía que los rayos del sol penetraran en el desfiladero. Estarían a salvo de cualquier depredador grande, excepto de los chacales, por supuesto, que desde una relativa distancia, a unos cientos de metros, continuaban siguiéndolos, deteniéndose de vez en cuando con la lengua fuera, lamiéndose los morros. Estaban famélicos. La mitad de ellos los seguía desde arriba de la garganta, esperando hallar la manera de bajar por delante y hacerles la encerrona. Sus sombras se proyectaban en la parte superior de la pared y se fundían con las tinieblas.
Llegaron a una explanada con dos torres de roca natural en el centro, dos delgadas agujas que sobresalían incluso por encima de las paredes de la garganta, como si quisieran perforar el cielo. En una de ellas había un arbolillo. El suelo era arenoso. A medio camino la llama de Koral se encabritó y comenzó a chillotear de dolor, arrojando al mecánico al suelo.
—¡Ay!
Había sangre en la arena. El animal trataba de librarse de algo que lo tenía cogido por los cuartos traseros. De repente, unas pinzas metálicas surgieron de la arena, engancharon a la llama a la altura del muslo y se cerraron con un sonoro chasquido. Una de las patas voló por los aires.
—¡Koral, ven, corre! —gritó Jack, disparando al misterioso enemigo. El disparo levantó la arena y lo que les había atacado se descubrió como un alacrán, un tipo de robot de manufactura gremlin.
Koral se dio la vuelta y contempló aterrorizado al robot de un metro de altura que se preparaba para atacar de nuevo. Gritó. Otro disparo la hizo retroceder, abollándole el casco. Koral sacó su pistola y disparó también. Vació el cargador en un tris, y la mala suerte quiso que su bolsa con la munición estuviera tirada cerca del alacrán.
—¡Cúbrete detrás del bramarán! —Jack le lanzó su revólver.
El robot saltó muy alto y aterrizó en un saliente que sobresalía de la pared. Por encima, sobre el acantilado, se recortaba una oscura figura de espaldas al sol. A Jack le era familiar. Cuando un virote salió disparado, clavándose en una raíz al otro lado de la garganta, no le cupo ninguna duda de quién les había tendido la trampa. Flint aterrizó en otro saliente, arrancó el virote de la raíz y le echó mano al carcaj. Extrajo uno de aquellos virotes acabados en pelotillas y cargó su ballesta. Los chacales avanzaban hacia la explanada con rapidez. El gremlin disparó, Jack saltó, y una explosión hizo temblar el suelo y destrozó el pilar en el que se protegía. Los chacales frenaron su carrera y huyeron de allí.
—¡Arriba! —gritó Koral.
Jack levantó la vista: media columna se inclinaba hacia él. Logró evitar a duras penas acabar aplastado echándose hacia un lado. Tosió, el polvo y la arena se le habían metido en la boca y lo habían cegado. Tanteó, arrodillado, el suelo, buscando su arma y enjugándose las lágrimas. Cuando la tuvo en sus manos, disparó de nuevo hacia donde creía que se encontraba Flint, pero ya no estaba allí. Oyó tiros, Koral disparaba hacia lo alto de la otra aguja de roca. Flint preparaba otro de sus peligrosos virotes explosivos. Una de las balas de Koral le perforó el sombrero, obligándolo a guardar la ballesta y a saltar de nuevo con el virote-cuerda hacia un árbol por encima del acantilado.
Jack se acordó de la araña, que avanzaba por detrás de Koral. Justo cuando iba a saltar hacia él la destrozó de un escopetazo. Centró de nuevo su atención en Flint. El gremlin lo apuntaba con la ballesta. Estaba perdido, no podría alejarse de la explosión a tiempo; y como por interferencia divina, los chacales que se habían separado de la manada y habían ido por arriba se le echaron encima al gremlin. Lo vio correr, con sus piernas menudas, disparándoles con su revólver a ciegas. Lo último que atisbó, por encima de la cornisa, fue el pico de su sombrero y a uno de los chacales saltando.

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