12 jul. 2014

DEN 2. 33-Artículos y leyendas

La urgencia impidió que Jack y Koral tuvieran su merecido descanso. Nada más abandonar a Flint con el tendero, fueron a la guarida de Leon. Lo encontraron aún más demacrado. Por extraño que pudiera parecer, se comportaba con una mansedumbre inaudita, como si estuviera muy débil y enfermo. Cuando Jack le exigió el dinero gastado en su dichoso trabajo, el dirigente del Arrabal le ordenó a Liz que le entregara cien dens, muchos más de los que había gastado. También les pidió que fueran detrás de Nina —para consternación de Koral, que se puso a lloriquear—, y les proporcionó un bramarán y una llama para el camino. Después de la visita compraron los víveres necesarios, y a la mañana siguiente lo cargaron todo a lomos de los animales y montaron ellos también. Jack se echó a reír al ver a Koral montado en la llama. La escena le recordaba a algo: un caballero loco en un corcel y su sirviente sobre un estúpido burro.
—Todavía no me creo que vayamos a la Gran Salina. ¡De ésta no vamos a salir vivos!
El transporte no palió la angustia de Koral, estaba agotado y tenía unas agujetas tan grandes que no podía moverse. Tras días dando vueltas por el Páramo y durmiendo malamente, el corto descanso en su querido lecho no había hecho más que contribuir a su malestar; y para colmo, se encaminaban a un lugar cien veces más terrible. Al cabo de una hora ya estaba hasta los cojones de montar la llama y le dolía de tal modo que parecía que le hubiera perforado el trasero uno de los ogros de Madame Poppine. Para colmo de males, el cielo se encapotó de negros nubarrones, augurando tormenta. El mecánico cayó por completo en el desánimo.
La Gran Salina era una extensión de dunas de sal que ocupaba toda la parte sureste del Páramo, a noventa kilómetros de la ciudad. De día era imposible poner un pie en ella, pues se convertía en una auténtica sartén al fuego debido a un fenómeno que nadie había logrado explicar aún.
Iban oteando el camino, no fuera que se cruzaran con Nina y no la vieran. Podría estar ya de vuelta, si había sobrevivido. Al atardecer decidieron resguardarse en una cuevecilla bajo las nudosas raíces de un árbol moribundo. Había algunos wombats agazapados en su interior. La tierra se había desprendido y una piedra estaba taponando la entrada a su madriguera.
—Koral, sácalos de ahí —dijo Jack.
—¿Cómo quieres que lo haga? —protestó el mecánico—. ¿Estás viendo cómo me miran? La madre me está bufando… Será mejor que busquemos otro sitio.
—¿Tú has visto esas nubes? No, ocúpate de ellas. Tienes la pistola.
Koral la sacó. Jack le quitó el seguro a su recortada. Aun teniendo la otra escopeta, la de corredera, le tenía demasiado cariño a su vieja arma como para relegarla al olvido y no precisaría mayor potencia en caso de que los wombats se le echaran encima a su compañero.
—Dispara a la madre —le ordenó a Koral, sabedor de que era la única manera de sacarlos.
Ésta, una especie de pequeña rata oso de un metro de largo, abrió la boca y bufó con fuerza, intuyendo el peligro, mostrando unos colmillos como agujas. Koral apretó el gatillo y se desplomó. Las crías huyeron y se perdieron en la noche. Cenaron wombat.
Jack se arrebujó en su saco de dormir, haciendo su turno de guardia en la entrada. La Aulladora no había hecho aún acto de presencia, estaba esperando a que las negras nubes estallaran. Un crujido ensordecedor, como si el cielo se partiera, restalló durante unos segundos.
—Jack. —Koral, tumbado cerca de la cálida hoguera que habían encendido, miraba con detenimiento la pared rocosa, absorto en las sombras bailantes producidas por el fuego—. La Gran Salina… ¿Crees que será cierto?
—No sé. Sí, supongo, o puede que sea solo una invención. El ser humano tiende a buscar monstruos para todas las desgracias y milagros para todas las soluciones —respondió Jack—. Ahora duerme, que dentro de seis horas has de despertarte para hacer tu turno.
—Jack.
—¿Qué?
—¿Y si Bahamut existe?, ¿y si es real? Dicen que es cien veces más grande que cualquier monstruo del Páramo y ya viste la que armaron la anaconda y el behemot.
Las nubes reventaron al fin. Sin embargo, extrañamente caían sólo cuatro gotas; chispeaba.
—Si existe, más vale que no nos topemos con él. —Jack sacó una lata de soylent cola de la neverita portátil y bebió.
—Cuando era un crío, leí un artículo sobre Bahamut en aquel periódico, La Voz del Páramo. ¿Te acuerdas, Jack?
—¡Vaya si me acuerdo! Del periódico y de la empresa, digo. Su dueño, Roger, era un cabronazo. Trabajé ahí. El muy desgraciado publicó un libro de poemas, de niño de diez años: «Si fuese príncipe, me casaría con la humildad. Sólo le pido a Gea que me dé valores de esta calidad». —Jack le dio otro sorbo a la soylent cola—. ¿Sabes cuánto nos pagaba? Dos dens por una jornada de diez horas.
—Sí, recuerdo el revuelo que se formó cuando sus empleaos decidieron resolver el asunto a hostias. Tomaron el control, pero la cosa no funcionó. Me acuerdo que el gobernador Wallace la declaró ilegal porque se volvió demasiao sensacionalista y alejá de la verdad  —dijo Koral, concentrado en la viva e hipnotizante llama. Le dolían todos los huesos del cuerpo—. El caso es que decía aquel artículo que Bahamut era uno de los protectores del mundo, un arma de la naturaleza creada pa eliminar cualquier peligro pa ella. Decía también que tenía forma de pez, y que de la cola a la cabeza alcanzaba un millar de metros. Decía que era inmortal.
—Nada es inmortal, Koral, ya viste con la anaconda y el behemot que siempre hay un bicho mayor. No hay nada inmortal, ni siquiera el Gran Espíritu es inmortal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario