9 jul. 2014

DEN 2. 31-La costa del sosiego

La largacanción tomó tal viveza que arrancó a Jack del suelo y lo transportó más allá de Metrópolis, del Páramo, y le mostró una costa. No una de esas playas frías como las del oeste de la ciudad, llenas de hierrajos flotando medio hundidos en el mar embravecido y anegadas por una niebla perpetua. La costa que describía vívidamente la voz de Celia era de una calma tal que sosegaba el cuerpo y el espíritu. Un manto de arena tan blanca que desprendía un intenso y doloroso fulgor rodeaba, formando un semicírculo, un mar de agua cristalina que se estrechaba una docena de metros y volvía a ensancharse hasta el infinito. Una bahía circular. Dos largos brazos de acantilado arbolado, troncos altísimos y hojas verdísimas, la resguardaban.
Jack caminó descalzo por la suave arena, miró la laguna y la titubeante y tímida marea que le mojaba los tobillos y se adentró hundiéndose hasta el fondo del lecho marino. Un lecho lleno de algas y corales y de bancos de coloridos peces.
Cuando el concierto terminó y Celia abandonó el local nadie se movió. Diez minutos más tarde las peleas y las discusiones comenzaron, la cerveza y el whisky manaron a raudales, muchos salieron por la puerta doble —los más honestos— dejando el lugar medio vacío, y todo volvió a la normalidad.
—Ya me puedo morir en paz. —Koral lloraba y se sonaba los mocos con la manga de la camisa—. ¿Qué te ha parecío, Jack?
Jack no respondió, aún estaba aturdido. Se quedó clavado en su sitio mientras el mecánico iba a la barra y saludaba a Barry. Recuperado el dominio de sí mismo, se sentó al lado de Koral. El barman manipulaba una cámara fotográfica. Le temblaban las manos. A Jack le pareció que había pasado mucho desde que viera por última vez a su viejo conocido, tanto como los años que pasó en el Lejano Este, pero no hacía ni una semana desde que se reencontró con él.
—¡Jack, he conseguido una foto de Celia! Me ha costado mucho convencer a sus representantes de que este bar era adecuado para ella, y mucho dinero. Cuando la revele, le haré un marco bien bonito y lo pondré al lado de éste. —Señaló un cuadro con la foto de un tipo feo, de rostro grave e impasible, con una tirita negra como bigotillo y el pelo hacia un lado como un lametón de llama.
—¿Quién es?
—Ah, pues no sé —Barry se encogió de hombros—, pero me cae simpático; parece un tipo majo.
—Jack —susurró Koral—, allí está.

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