8 jul. 2014

DEN 2. 30-La pianista

En la puerta que daba a La Cueva había un póster. En él había una foto de una hermosa mujer con un vestido largo y negro sentada frente a un piano: «¡Celia en concierto! ¡La Rosa del Páramo presentará hoy su nueva largacanción, un auténtico y enternecedor drama que ya ha causado sensación en Metrópolis! Hoy, a las veintidós horas, aquí, en La Cueva. Cinco dens la entrada, una consumición gratis. Prohibida la entrada a menores de edad».
Era un buen dinero.
—¿Quién es? —Jack no la conocía.
—¡Ay, mi querida Celia! —Koral suspiró—. Desde hace cosa de cuatro años me ha robao el corazón…
—Y las putas del jardín te hincharon los huevos. —Jack meneó la cabeza—. Anda, entremos. —Le pagó al ogro que vigilaba la puerta. La primera entrada con dinero y la segunda con pólvora negra, y el guardia pesó seiscientos gramos que guardó en la caja con el dinero—. Ya no tengo nada, ni un mísero deni. Mañana, lo primero de todo, habremos de pedirle a Leon que nos devuelva todo el dinero gastado en su puñetero encargo.
—¡Qué ilusión, voy a poder ver en persona a Celia, a oírla en vivo! —Koral brincaba de la emoción—. Si escucharla en el viejo tocadiscos era genial, ¡esto será maravilloso!
Se apoyaron en una de las paredes, cerca del billar, pues no cabía ni un alfiler dentro y todas las sillas estaban ocupadas. Era increíble cómo aquella gente que con tanta facilidad se transformaba en una turba violenta y bravucona se comportaba ahora como niños pequeños escuchando las historias del cuentacuentos. Todos permanecían, sentados o de pie, en completo silencio: los borrachos humanos, los bárbaros ogros y los hiperactivos gremlins, reunidos sin peleas ni disputas raciales. Ocupaban la sala tantos individuos que el aire estaba viciado de humo de tabaco y olor de sobaco. La falta de oxígeno era notable.
—Va a ser imposible encontrar a Flint, si está aquí. —Jack se desanimó. Estaba cansado.
—Creo que sé quién es. —Koral se quedó pensativo, acariciándose la perilla—. ¡Sí, seguro que es él! Hay un gremlin que viene casi toas las noches. No habla mucho. Bueno, no habla ná. El día que te conocí, antes de que entraras, lo sacó fuera un hombretón.
—Lo vi, el renacuajo se cargó al tipo. Si está aquí, tendremos que esperar a que esto termine y se vacíe un poco el bar.
Celia entró en escena por una puerta que daba a la tarima. Como de una sola garganta, un sonoro grito de júbilo se alzó rompiendo el silencio y un centenar de manos aplaudieron a la vez. Era hermosa, de facciones angulosas y finas y cuerpo muy esbelto. Un profundo canalillo daba una idea aproximada del tamaño de lo que escondía bajo su sostén y la tela se pegaba a sus nalgas marcando una redondez exquisita, que enloquecía sólo con verla.
La artista saludó a la multitud exultante y se sentó en un taburete alto, frente al piano que se había ocultado en las sombras hasta que la luz de un foco lo iluminó. Un gremlin demasiado nervioso se desmayó; una jovenzuela se llevó las manos a la cabeza, arrancándose los pelos con psicópata emoción; otra se arrojó al suelo y comenzó a patalear; un ogro, con la cabeza gacha, sumiso —sus mejillas otrora verdes ardían con un rojo muy vivo—, le entregó un ramo de navajas del desierto; y a Koral se le saltaban las lágrimas y gritaba el nombre de la estrella una y otra vez como un completo gilipollas.
Una nota grave se elevó como una palabra de mando divina y la multitud volvió a callar, todos a una, cuando los dedos hábiles de la Rosa del Páramo empezaron a tejer una melodía celestial hechizando a la clientela del bar. Su voz se unió. Jack recordó unos dibujos de un viejo libro, Mitos y Leyendas, en el que se mostraba a los animales que habitaban antes del Apocalipsis: ogros peludos con cabezas astadas de toro, chacales alados con tres horrendas y deformadas cabezas y seres mitad pez y mitad mujer —o con cuerpo de ave y busto femenino— que embelesaban a sus víctimas con sus cánticos y las arrastraban hacia una muerte certera. Bien, pues Celia era una de esas sirenas.

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