7 jul. 2014

DEN 2. 29-El Terror Rojo

—Venga, brazos arriba. Como os encuentre algo os vais a enterar.
De nuevo en la entrada de Metrópolis, los guardias resoplaron decepcionados al no hallarles nada sospechoso, pues estaban muy aburridos y tenían ganas de follón. Abrieron la portezuela y les dejaron cruzar de nuevo al Arrabal.
—¿Puedo hacerte una pregunta? Es bastante personal.
—Dime. —Jack apuró el culo de la jarra que tenía en la mano.
Tras abandonar Metrópolis, habían decidido acercarse a uno de los puestos de comida del Arrabal. El puesto, una barra de bar debajo de una pérgola circular en mitad de una concurrida plaza, estaba inundado de vapores y humos malolientes provenientes de las freidoras. Mientras esperaban las hamburguesas que habían pedido, se tomaron una jarra de cerveza cada uno, y ya iban por la tercera cuando les sirvieron la comida. Había mucha gente.
—¿Qué te hizo Yak’i? En toa esta semana no me has hablao de él. Después de que me dieras esa patada en La Cueva no me enteré mucho de qué hablabais tú y Barry. Me hiciste daño, ¿eh?
»Siento meterme donde no me llaman, pero me resulta curioso que lleves toa tu vida detrás suyo. ¿Estás seguro de que no ha muerto? Quiero decir, el Páramo es muy vasto, pero hay pocos lugares lo bastante seguros pa esconderse. Y un tipo así, con la que lió, que todavía me acuerdo…
—No está muerto. —Jack arrancó media hamburguesa de un bocado—. ¿De veras quieres saber qué pasó?, es una historia larga.
Koral asintió.
—Mató a mi familia. —El rostro de Jack se ensombreció—. Hace veintidós años. Yo no era más que un crío que vivía con sus padres en un pequeño poblado. No era gran cosa: un centenar de casuchas resguardadas entre montañas, pero se vivía bien. Los monstruos pequeños apenas nos atacaban y los grandes no llegaban hasta el valle. Un día, Yak’i irrumpió con un ejército de saqueadores, mató a los guardias que protegían el puerto de montaña y llegó hasta el poblado.
Koral escuchaba con pasmo. La hamburguesa se le enfriaba en las manos.
—Yo me escondí entre unos tablones de madera amontonados. Escuché los gritos de terror, los tiros, los lamentos, los jadeos de los que forzaban a las mujeres… Fue horrible. Entre todo el jaleo lo pude ver. Un cabrón más, con su cresta, su barba de chivo, no muy diferente al resto de macarras que pululan por el Páramo, pero con un brazo quemado. Tendría la edad que tengo yo ahora. Buscaba a alguien, se llevó cautivos a dos hombres que habían llegado unos días antes. Dos tipos que reventaron la posada con media docena de bandidos dentro, ellos solitos. Ya debe de ser un viejales, así que debo apresurarme antes de que el tiempo me arrebate la posibilidad de matarlo con mis propias manos. Sé que es estúpido.
—¿Te quedaste solo?
—No. Cuando todo pasó pensé que sí, pero comenzaron a aparecer supervivientes. Un viejo al que todo el mundo tildaba de loco, el Viejo Mad, me adoptó, me crió; me enseñó a leer, a escribir, a luchar y a defenderme. Nunca me contó quién era, pero no alguien normal. Creo que siempre he estado rodeado de gente que no es normal… —Jack repasó mentalmente todas las personas que había conocido: Yak’i, el viejo que lo crió, Valek y sus secuaces, los Siete Eunucos, Teps el Inmortal, Leon, Madame Poppine, Koral… y tantos otros con los que se había cruzado a lo largo de su vida—. Al cabo de unos años el viejo Mad murió, y yo decidí buscar a Yak’i y vengarme. Me hice cazarrecompensas para sobrevivir.
—Tó esto es sobrecogedor. No sé qué decir. —Durante un minuto, Koral estuvo en silencio—. De verdad, espero que puedas cumplir tu venganza.
—Yo también lo espero, aunque ya no recuerdo a mis padres. Ya no sé por qué sigo con esto, si te soy sincero. Lo olvidé durante diez años, y aquí estoy, de vuelta donde todo empezó. —Y al barman—: Jefe, ¿cuánto te debo?
—Un den y diez denis.
Koral fue a sacar el dinero para pagar su parte, pero Jack pagó por ambos.
—Vaya, gracias —dijo el mecánico. Se levantaron—. Cuando hablabas con Barry mencionaste algo sobre Edén y que le perdiste la pista allí.
—Sí. Hubo una época en que lo tuve a mi alcance. Iba por el Páramo saqueando y matando allí por donde pasaba. No sé qué diablos busca, pero va tras algo. Cruzó la Ruta del Petróleo, por donde los caravaneros traen la gasolina de las refinerías del Lejano Este. Asedió la Puerta de Oriente, su ejército fue aniquilado y él escapó.
»Viví en Edén, como policía, ganduleando. Hace unos meses tropecé con uno de mis mayores enemigos, uno de los lugartenientes de Yak'i. Me enfrenté a él, me dijo que volviera al Páramo. Y, bueno, eso es todo.
—Tó esto es muy misterioso. —Koral esquivó un coche.
—Sí que lo es —coincidió Jack.
—Cuenta conmigo.
—¿Qué?
—Voy a ayudarte a encontrar al capullo ese, lo he decidío —declaró Koral con entusiasmo.
—No es un juego, lo sabes —repuso Jack, no sin asombro por aquel ofrecimiento.
—Ya estoy medio metío, y ya sé que no es un juego. En unos días m'han pasao más cosas que en toa la vida. ¡Necesitas un compañero! Al menos, un techo: el mío. Déjame ayudarte.
El cartel luminoso de La Cueva asomó al doblar una esquina.
—Lo pensaré. Acepto el techo —dijo Jack tras meditarlo—. Por cierto, gracias por escucharme.

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