5 jul. 2014

DEN 2. 28-Madame Poppine

Jack se levantó del sofá y saludó con una inclinación de cabeza.
—Sasha —la voz de Madame Poppine sonó vaga, caprichosa—. Prepara el jacuzzi y cámbiame las sábanas.
La pelirroja subió de nuevo las escaleras, contoneando el trasero. Jack luchó contra el deseo de embobarse con esas nalgas que asomaban por debajo de su corta falda.
—¿A qué se debe esta agradable visita? —Madame Poppine repasó a Jack de arriba abajo con unos ojos pequeños— ¿Te envía Leon?, ¿qué quiere?
—¿Sabe usted…?
—Espera, mozuelo. —La madame alzó su rechoncha mano—. Éste no es lugar para pláticas, acompáñame.
La siguió por las escaleras hasta la habitación frontal por la que había salido. Era su dormitorio: una amplia habitación enmoquetada y revestida de azulejos hasta el techo. Resaltaba entre todos los lujos una suntuosa cama de matrimonio con sábanas rojas e incluso mosquitera, y una bañera que más bien era una piscina. La puta pelirroja estaba abriendo unas llaves y la bañera comenzó a llenarse de agua caliente que salía de diversos agujeros. Acabado el trabajo, hizo una reverencia y por orden de Madame Poppine la despojó de su vestido. Cuando la tela cayó y se mostraron todas las lindezas de su cuerpo abotargado, Jack se dio la vuelta para no mirar, horrorizado. Oyó el chapoteo de su cuerpo introduciéndose en la bañera y se olió lo peor.
—Acércate —le ordenó la mujer.
Se acercó, esforzándose en imaginar a la pelirroja ahí dentro, en vez de a la gorda llena de pliegues grasientos que se frotaba los pechos con una esponja.
—Sasha, puedes irte. —La pelirroja abandonó el dormitorio, no sin antes dedicarle una divertida sonrisa a Jack—. ¿Cómo te llamas?
—Jack.
—Bien, Jack, ¿a qué debo el placer de tu visita? Toma el jabón y frótame la espalda. Y rasca bien.
Jack esbozó una mueca de asco al untar el gel sobre su piel. Bajo sus uñas fue acumulándose mugre y piel muerta. Una alegre y seductora musiquita contribuía a aumentar la repugnancia que aquella situación le producía.
—Me han dicho que usted podría saber dónde está Nina.
—¿Nina?, ¿para qué quiere Leon verla? Masajea bien. ¡Sí, así!, con fuerza en los hombros. ¡Oh!
—Leon, ya sabe usted, quiere cerrar un contrato con ella —Jack mintió.
La comida del mediodía se le estaba subiendo a la garganta. Frotar y masajear aquel cuerpo era como palpar la goma.
—Hace mucho que no viene a verme. Ese señorón, gobernando entre la chusma del Arrabal. No lo entiendo. Podría vivir aquí, en Metrópolis. En fin… ¿Para qué quiere a Nina? Tiene todo un ejército a su disposición. Aunque esa panda de patanes que tiene por secuaces son unos inútiles.
—No lo sé, señora —dijo Jack. El olor a sudor rancio se mezcló con el del jabón. La espuma iba tornándose parduzca—. Yo sólo obedezco órdenes. Supongo que será por lo que usted dice.
—Nina, Nina, Nina. ¡Mi querida Nina! No te puedes ni imaginar qué manos y qué dedos tiene. Esa joven tendrá un futuro brillante: vigorosa, ágil, inteligente, guapa, elegante… Algún día será alguien importante.
—¿Sabe dónde está?
—No, lo cierto es que no. Ya me gustaría saberlo. Nadie sabe dónde vive, excepto Flint.
—¿Flint?
—Sí, es su único amigo. Suele frecuentar ese tugurio del Arrabal, La Cueva. Habla con él, quizás sepa ayudarte. Si te encuentras con Nina, dile que la echo de menos. Y dale saludos de mi parte a Leon.
—Por cierto, ¿le suena el nombre de Yak’i?
Temió que la mujer se le quedara mirando como Leon, recordando algún remoto pasado. El cacique y la señora putilla eran muy parecidos.
—¿Yak’i?, no. ¿Acaso tendría que saber quién es?
—No, claro —respondió, notando cómo la espuma ya negra de mierda se introducía entre sus dedos.
Cuando Jack abandonó el puticlub, supo que jamás podría olvidar lo que había sucedido allí dentro. Encontró a Koral colocado en el banco del jardín, con el plástico del nuke en la mano.
—Oye.
—¿Qué? —Koral reaccionó y se rascó el cuello, donde una sombra iba formándose—. Sí que has tardao. Menos mal que no veníamos a flirtear. Y yo aquí, solo. No lo olvidaré, Jack. Ésta te la guardo. Hoy duermes en el sofá.
—Está bien. No pienso volver nunca más —sentenció Jack.

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