4 jul. 2014

DEN 2. 27-El Jardín del Placer

Un frondoso jardín de setos, flores y árboles frutales circunvalaba el puticlub. Jack había estado con anterioridad allí, cuando el cuerpo le pedía una marcha que aún no conocía.
—No ha cambiado nada —comentó Jack.
—Ahora es de lujo, por supuesto, teniendo en cuenta que en el barrio sólo viven los ricos. Bueno, y la Cruz Escarlata —aclaró Koral.
—Han debido de perder dinero, pues.
—¡No, qué va! Los ricos pagan más, van más. Dicen que las putas de ahora están limpias, que no entra garrancha sucia en el puticlub. Y Madame Poppine está muy contenta, por lo que he oído.
»Al principio, la Cruz Escarlata lo permitió, pero hace tres años, ante las quejas de los ricos, prohibieron el paso a cualquiera que no viviera en Metrópolis. Se armó un revuelo enorme y hubo mucha sangre. Un tal Roshi proclamó que el Jardín debía de ser pa tó el mundo, que tós teníamos derecho a disfrutar de su belleza y que debía de convertirse en un lugar de peregrinación. Y reunió a un montón de gente pa asaltar Metrópolis. Esos tipos, la Cruz Escarlata, no tienen miramientos, son fríos y duros como la piedra. Se vertió mucha sangre, sí…
—Y ¿qué pasó después?
—Ná… El que tié cobres pué sobornar a los guardias y a los seguratas del puticlub, pero debe ir bien vestío y limpio, no vaya a ser que Madame Poppine descubra que han dejao entrar a chusma del Arrabal. Tié mucho poder, ella.
—¿Y Roshi?
—No sé. Algunos dicen que se volvió ciego, que desapareció, llorando y gritando que no podía vivir sin sus princesas. Otros aseguran que murió en el altercao, como tós los demás.
A la entrada, un grupo de prostitutas los recibieron con gráciles movimientos de cadera y ardientes insinuaciones; deseosas no de sexo, sino de dinero. Jack golpeó el bulto que sobresalía de la entrepierna de Koral. Las putas se echaron a reír.
—¡Ay! ¿Qué haces? —Koral se arrodilló, sujetándose con ambas manos el paquete.
—La entrada cuesta cuatro dens, cada uno —informó uno de los guardias de seguridad.
—Tome. —Jack le puso las monedas en la mano.
—Oye, Jack, ¿y yo? —Koral veía cuatro monedas en las manos del gorila.
—Tú verás —respondió Jack—. ¿Tienes cuatro dens? Entra. Si no, será mejor que esperes por aquí.
—Pensaba que me lo ibas a pagar…
—Pero ¿tú qué te crees? Además, sólo voy a hablar con Madame Poppine, no a flirtear con las mozuelas.
—Ya, pero no se entra así como así en el Jardín del Placer. Pa una vez que puedo. ¡Jolines! —Cabizbajo, Koral se sentó en un banco y sacó una de las dosis de nuke.
—Adelante —dijo el guardia.
Jack le echó un vistazo al cartel luminoso de color rosa que pendía sobre él y entró. En un pequeño recibidor le ordenaron bajarse los pantalones y lo examinaron de arriba abajo, tal como le había dicho Koral. Primero cobraban, luego decidían, ¡qué listos! Lo dejaron entrar.
Una belleza de casi dos metros le dio un beso en la mejilla y le puso la mano en uno de sus turgentes pechos.
—Toma. Tómate algo.
La puta aceptó el dinero. Fue a la barra del bar, sonriente, y regresó con una copa en la mano y un sujetador de menos.
—¿Te gustan? —Se echó la larga melena rojiza por detrás de los hombros con garbo, sin dejar de mirar a Jack a los ojos con fingido apetito.
—Sí, son muy… suaves. —Jack no pudo evitar clavar los ojos en los pechos de la mujer, incluso se permitió alargar la mano para palpar uno de ellos.
Acto seguido, la mujer se dio la vuelta, apretó el culo contra el paquete de Jack y comenzó a menearlo mientras vaciaba la copa y pedía que le invitara a otra. Sonrió al sentir el creciente bulto entre sus nalgas. Jack cerró los ojos con fuerza, y los abrió de nuevo con brusquedad, quitándose de encima a la puta.
—¿No te gusta? ¡Ah!, ¿tienes ya ganas? ¡Qué poco aguante, el pervertidillo! Treinta dens y te haré conocer el cielo, amor. Pero antes invítame a otra copa, que tengo mucha sed.
—No. Disculpa, no he venido para esto, aunque quizás otro día. —Jack se despejó.
—¿No? ¡Ah, tú eres un mariposón de ésos! ¿Quieres hacértelo con un humano, un ogro o acaso con un gremlin? Puedo traértelos a todos, si quieres, pero no olvides mencionar que he sido yo.
—¡No, no! Verás, quiero hablar con la señora, con Madame Poppine. ¿Podría ser?
—Sí, claro, hablar… Madame Poppine no habla con cualquiera.
—No soy cualquiera, vengo de parte de Leon.
—¿Leon? —La mujer volvió a colocarse el sostén—. ¿Tienes algo que confirme eso?
—Tengo este pase que me entregó para entrar en Metrópolis.
—Yo de estas cosas no entiendo, pero se lo mostraré a la señora. De todas maneras, debes pagar igual. Te costará sesenta dens.
Eso era demasiado dinero. ¡Vaya si el lugar era sólo para ricos! Había gastado muchísimo en el viaje al metro y en la puñetera pistola para Koral. Menos mal que le había cobrado al mecánico el dinero recaudado para el extorsionador Bruga, y también se había quedado con los treinta dens que encontraron en la casa blindada. Pero aún así no le llegaba para pagar la cita.
—Cuarenta es más que suficiente, no tengo más, y no pido más que cinco minutos. Llama a tu señora —sentenció.
—Espera. —La pelirroja subió las escaleras al segundo piso y entró por la puerta frontal.
Jack juró que, a pesar del temor que le tenía a Leon, le haría pagarle hasta el último deni. A fin de cuentas, era su problema. Se sentó en un mullido sofá, espantando con la mano a las mozas que revoloteaban alrededor como si fueran moscas. Un ogro sudoroso, con una toalla enredada sobre la cadera, pasó por delante y se paró. Un ligero tufillo se le introdujo por las fosas nasales a Jack, un olor como a grasa, como a dulzón. Asqueroso. Entonces, algo que sobresalía por debajo de la toalla le llamó la atención, y aunque ya sabía qué era, no pudo evitar bajar los ojos hasta el colgajo verde oscuro que se columpiaba, balanceándose de un lado a otro. Al instante apartó la mirada, deseando tener la escopeta en la mano para meterle un tiro en los cojones al cabrón. El ogro rió, le lanzó un cariñoso besito y siguió caminando.
La pelirroja apareció de nuevo. Detrás de ella, una anciana regordeta y excesivamente maquillada bajó las escaleras levantando la falda de su traje violeta de brillantes lentejuelas para no tropezarse con los pies.

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