2 jul. 2014

DEN 2. 25-Suave interrogatorio

El viaje de vuelta fue triste y agotador. Jack estaba destrozado por las numerosas contusiones provocadas por el encontronazo con Mart. Koral estaba traumatizado por la aventura y de vez en cuando experimentaba tembleques involuntarios en las piernas y tartamudeos. Había jurado, además, que nunca más volvería a salir «ahí fuera». Por nada del mundo.
Nada más entrar en el Arrabal, comieron en abundancia y fueron al palacio de Leon. El cacique entró en cólera cuando se enteró de lo sucedido. Un evidente cambio lo había alterado. Lejos de la persona tranquila y metódica que Jack había conocido, el Leon de ahora parecía poco menos que un loco, un psicópata. Bramaba de tal manera que sus gritos habrían ahogado la poderosa voz de Mart, obligándolos a cubrirse los oídos con las manos.
—¿Cómo es posible? ¡Estúpidos, inútiles!
El rostro de Leon mostraba unas ojeras que le llegaban hasta la barbilla y un feo morado las había coloreado. Se llevó las manos a la cabeza y hundió los dedos en la maraña que anteriormente había conformado una hermosa melena.
—Hemos hecho mejor trabajo que cualquiera de tus lacayos —objetó Jack, temeroso—. Hemos entregado el nuke, que es lo importante. No fue culpa nuestra que esa panda de analfabetos nos tomara por ladrones.
—¿Y los envíos anteriores?
—Ni rastro.
—Tres putos cargamentos, casi cien kilos de nuke tirados a la basura. ¿Os imagináis el dineral que es eso? Da igual, ya me he cansado, enviaré un buen grupo para rastrear el túnel. Quien quiera que esté robándome mi droga aparecerá.
Leon anduvo de un lado a otro de la habitación, nervioso, resoplando. Se aplicó otra pastilla de nuke, de aquella nueva droga roja, y cerró los ojos. La marca del cuello se le había agrandado, y tenía algunas más repartidas.
—Isaac.
—¿Qué?
—Isaac, Isaac, ¡Isaac! Ése es el nombre del mal parío que vende esta mierda.
«Que vende esta mierda de la que te estás colgando», pensó Jack. Le echó una rápida mirada de reojo a Liz, quien miraba a su señor y sufría en un rincón.
—Hemos atrapado a uno de sus camellos —prosiguió Leon—. Los muy capullos echaban a correr en cuanto veían venir a mis hombres, pero éste tenía las piernas destrozadas y no podía ni caminar.
—¿Ha soltado algo? —preguntó Jack.
—No, estaba tan acojonado que se cagó encima. Liz, que a veces no sabe medirse, lo noqueó de un puñetazo y aún no ha despertado. En cuanto lo haga le voy a romper los brazos también.
Quiso la fortuna —o la mala fortuna, según a quién se le aplicara— que el prisionero despertara en aquel momento y que el guardia que lo custodiaba corriera a informar a Leon.
—Vosotros dos vais a ver quién soy yo —les dijo éste.
El tullido camello gimoteaba, encadenado a una pared de una poco iluminada habitación, desnudo. En cuanto Leon entró, con Jack y Koral detrás, dos fortachones lo aliviaron de los grilletes y lo tendieron, entre forcejeos, sobre una camilla, sólo para volver a atarlo a ella. Liz acudió también, enfundándose unos guantes de cuero con tachuelas.
—No —Leon le paró los pies—, esta vez no.
Liz lo miró con gesto interrogante.
—Eres demasiado bruta para este tipo de trabajo.
—Está bien. —Liz se apartó.
—¿ Qué me vais a hacer? —tartamudeó el camello.
—¿Que qué te vamos a hacer? —repitió Leon, entre sonrisas—. ¿Qué esperas?, ¿cuál crees que será tu castigo?
—¡P-por favor, señor Leon! ¡Yo no he hecho ná, se lo prometo!
—¿No? —Leon sostenía un bisturí a la luz de una lámpara, apreciando su brillo con fascinación—. Entonces, ¿por qué te vieron mercadeando con esto? —Le arrojó encima un plástico lleno de pastillas de nuke rojo.
—E-eso…
—¿Qué, eso qué?
—¡Señor Leon, p-por favor, perdóneme usté! —Un ataque de histeria se adueñó del camello—. ¡P-por favor!
—¿Quién es Isaac?, ¿quién te entrega la droga?
—¡No lo sé, se lo juro!
Leon lo rajó con el bisturí en una pierna, abriéndole un buen surco del que empezó a manar sangre. El tullido aulló.
—¡No lo sé! ¡Ay!
—¿Quién es Isaac?
—¡No lo sé, se lo juro! ¡N-nunca he llegao a conocerlo, ni siquiera he salío del V-vertedero! ¡No sé quién es ni dónde vive! ¡Lo juro!
—¿Quién te suministra la droga? —Leon volvió a rajarlo, esta vez en un brazo.
El camello aulló como un loco, histérico, y comenzó a confesar todo lo que sabía. A los cobardes no hacía falta dedicarles mucha atención.
—¡No sé quién es Isaac, ni dónde vive! ¡Le estoy diciendo la verdá! N-nina es quien me da la mercancía, ella viene una vez por semana y n-nos entrega el nuke rojo pa que lo vendamos. ¡Ella lo sae tó, es la única que lo pué saber! P-por favor, no me haga más daño, señor Leon, ¡le juro que no sé ná más! ¡Le juro que no volveré a d-darle la espalda!
—¿Nina, la famosa cazarrecompensas?
—¡Sí, ella, ella! ¡Trabaja pa Isaac!
—Soltadlo —ordenó Leon a sus secuaces—. ¿Dónde vive?
—No lo sé —dijo el tullido, más relajado, aunque aún temblando—. Se a-ausenta a menúo, desde hace un mes. Viene y va del Arrabal al norte del Páramo.
—Vaya… ¿Has oído eso, Jack?
—Sí, y sé lo que significa. Esa puta nos tendió la trampa. Debió espiarnos y por eso sabía nuestros nombres, pero no alcanzo a comprender por qué esperó.
—Yo he conocío antes a esa mujer —dijo Koral—. Se ha vuelto muy famosa y está muy solicitá pa tó tipo de trabajos. Menos matar. No entiendo por qué lo hará ahora.
—L-lo único que sé es que la suelen ver cruzando la Puerta los Cobres —El camello se frotó los cortes y se enjugó las lágrimas—. Tengo frío.
—Dadle sus ropas —ordenó Leon.
—¡Gracias, señor Leon, muchas gracias!
—¡Ah!, y cortadle las manos y los pies. Nadie se burla de mí.
Se lo llevaron a rastras. Koral se tapaba los oídos y cerraba los ojos para ahogar los sonoros gritos del pobre desgraciado, Leon se metía otra de aquellas pastillas rojas, y Jack callaba, preocupado por el cambio que veía en él y perturbado por ese halo de majestuosidad, reverencia y peligro mortal que surgía de su cuerpo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario