1 jul. 2014

DEN 2. 24-Luceros nocturnos

Exhaustos, Jack y Koral se derrumbaron a la entrada de la estación. Descansaron largo rato, tumbados, contemplando el cielo estrellado y sin decirse nada.
—Estabas preocupado por cómo volver —dijo Jack palpándose el labio, que había dejado de sangrar—. Pues ha sido mucho más sencillo que la ida. Malnacido…
—¡Oye!
—No iba por ti. Por cierto, gracias por lo del vagón, pero la próxima vez no toques mi escopeta, podrías haberme dado.
—Cuando vi que el ogro volvía a levantarse, me se subieron los cojones aquí arriba.
—Le disparaste de lejos y llevaba una buena coraza —explicó Jack—. De todas maneras, le tienes que haber jodido bien el pecho. Si vive, te recordará toda su vida.
—He perdío mi bolsa.
—En cuanto Leon se entere de lo sucedido desearás haber perdido sólo eso.
—Ojalá no te hubiera conocío.
—Bruga te habría matado.
—Quizás habría podío seguir vivo.
—Aún lo estás, hablaremos con Leon y lo solucionaremos —dijo Jack—. Dijiste que él se encarga de suministrar el nuke a todas las tribus del Norte, ¿no? Pues este clan ya lo tiene, ya se encargará de lidiar con ellos para recuperar el dinero. Y otra cosa, ¿para qué puñetas te compré la pistola?
—Lo siento, me se olvida que la tengo —se disculpó Koral—. Nunca he llevao armas.
—Pues para no haberlo hecho sabías perfectamente cómo apretar el gatillo. En fin, vayamos a la casa, a ver qué rescatamos.
Jack buscó la llave de la casa blindada y abrió los cerrojos.
—¡Buaj, qué peste! —El olor putrefacto de los cadáveres en descomposición inundó las fosas nasales de Koral, provocándole arcadas—. ¿Qué es esto?
—¿El qué?
—Esto.
Una de las paredes del pasillo estaba rasgada; en su interior había una placa de corcho azul, forrándola por entero.
—Es para el calor. Para…
—Pa que la casa no se convierta en un infierno, vale. Pensaron en tó.
—Si hubieran pensado en todo no estarían muertos. Tú busca en el salón, yo iré a la cocina. Necesitamos agua, no nos queda mucha.
Jack metió todos los utensilios que pudo en una bolsa y abrió la nevera, que todavía funcionaba con algún generador eléctrico. Dentro había agua, bastante, y algunas soylent colas y cervezas. Cogió una lata y la abrió. Parecía mentira que los dueños tuvieran que largarse del Arrabal porque debieran dinero, teniendo en cuenta la de lujos y cosas que tenían allí, pensó. La misma casa debía de haberles costado un buen trabajo, mucha mano de obra y una guardia armada para protegerse de los monstruos.
—¿Qué encuentras? —le gritó a Koral.
—Pues…, ¡buaj!, unos treinta dens; éste tiene unas buenas botas, y un abrigo.
—Coge también el revólver del viejo.
—¡Ah! ¿Qué es esto? Pero ¿qué clase de monstruo es éste?
—Está muerto, no te preocupes.
—¿Esta cosa enana se cargó a toa esta gente?
—¡Coge la maldita pistola y deja de remugar!
—¡Está bien! ¡Qué asco de olor! —Koral alargó el brazo para hacerse con el arma que reposaba junto al cuerpo del viejo cuando un gemido lo sobresaltó—. ¡Está vivo!
—¿Qué?
—¡El viejo, está vivo!
—¡No puede ser! —Jack fue al salón; el cuerpo del anciano seguía en la misma posición en que lo había dejado—. Koral, déjate de tonterías.
—No es ninguna tontería. Estoy seguro de haberlo oído.
—Ñiii…
Jack dio un brusco giro, apuntando con la escopeta. No había nadie, pero el ruido había provenido claramente del pasillo.
—Jack…
—No es el viejo, tonto, pero sí su voz.
—¿Qué quieres decir?
—Los doppels son criaturas engañosas. Imitan la voz de los seres con los que se topan; y si te cogen, estás muerto.
—¡Ay!
—Coge el revólver del viejo y tus cosas.
Koral lo hizo, y Jack también recogió su mochila y la bolsa con los enseres de cocina y las bebidas.
—Creo que ha venido de esa habitación —dijo Jack sin apartar la mirada del dormitorio, antes cerrado, de donde provenía una tenue luz parpadeante—. Corre afuera, ¡ya!
Koral echó a correr, últimamente se le daba muy bien. Jack, detrás, disparó una sola vez a habitación y lo imitó. Luego se paró y miró de nuevo a la casa, alumbrando con la linterna. Justo en la entrada, inmóvil, un doppel encapuchado los observaba con rostro inexpresivo. Los ojos amarillos y la falta de una boca —el modo en que hablaba era todo un misterio— le conferían un extraño aspecto. Era imposible dilucidar las intenciones de la criatura, pero para Jack, que ya se había topado antes con estos mutantes, estaba bien claro.
—Hijo —dijo el doppel con la voz del anciano, caminando a paso lento hacia ellos. El cuchillo que blandía en la mano estaba rojo y en la zurda sostenía un farolillo encendido—. Si quieres echar por tierra tu vida, hazlo, pero no le des esa porquería a mi nieto.
Jack le abrió un agujero en el estómago con la escopeta. El mutante soltó el cuchillo, se miró la herida, sin proferir ni un solo alarido de dolor, ni nada que pudiera dar la sensación de que le dolía, y se dejó caer. Koral sacó su pistola y apretó el gatillo una, dos veces, a la cabeza del doppel.
—¡Ya basta! —gritó Jack.
Algo les llamó la atención. En el horizonte, al norte, una línea de lucerillos, de farolillos, se extendía de lado a lado hasta donde abarcaba la vista, partiendo la oscuridad de la noche en dos. Se movían con un tranquilo vaivén.
—Vayámonos cuanto antes —murmuró Jack.

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