31 jul. 2014

DEN 2. 42-Sangre negra

—¿Alguien sabe que te dedicas a matar? —le preguntó Koral.
—Sólo vosotros, Leon y sus lacayos. Pero mis vecinos me ocultan, ninguno diría nada.
—Sabes que te buscarán, y a pesar de la precaución de tus vecinos, me parece a mí que con tu popularidad no es éste un lugar muy escondío, por mucho que te empeñes en creértelo —la avisó Koral—. Lo único que le ha parao los pies es que nosotros te hemos ío a buscar a la Gran Salina, pero querrá vengarse por tó lo que le has hecho.
—Ya lo sé —dijo Nina, preocupada—.Me llevaré a mi abuelo a una posada hasta que encuentre otro lugar donde vivir.
—Dime todo lo que quiero saber, dónde vive Isaac, y todo lo que nos pueda ser de utilidad, e intercederé por ti —dijo Jack.
—¿Te hará caso?
—No lo sé, no lo conozco. ¿Tú qué opinas, Koral?
—Pues qué quieres que te diga. No te pués fiar de él, y menos en el estao en el que se encuentra. Parece que en cualquier momento va a salir a la calle con una metralleta a disparar a discreción.
—¿Por qué te dedicas a matar? —Jack miró a la chica—. Koral dice que siempre has tenido una buena reputación.
—Verás… —Nina resopló. Su semblante serio denotaba tristeza y preocupación—. ¿Habéis visto lo que tiene en la piel mi abuelo?
Jack y Koral asintieron.
—Es Sangre Negra, una enfermedad muy rara. No se sabe qué la origina, pero hay medicamentos que adormecen sus efectos. La cogió hace unos años.
—¿Qué efectos tiene?
—La sangre, si no se le suministra al paciente cierta pastilla una vez por semana, se vuelve negra. Al cabo de dos, esa sangre se prende y el enfermo muere por una combustión interna.
—¡Qué horror! —dijo Koral con los ojos bien abiertos.
—Sí, es una muerte lenta y muy dolorosa. Por eso me hice cazarrecompensas, para poder pagarle la medicación a mi abuelo. Son muy caras esas pastillas, ¿sabéis? Y sólo las hacen en Metrópolis. Hay además una cura completa, pero es tan cara que ni con cien encargos podría pagarla. Por eso me uní a Isaac, me prometió que por cada trabajo que hiciera para él me pagaría diez veces más que cualquier otro desgraciado de Metrópolis. Podría ahorrar.
—Ya entiendo, dijiste que ya no trabajabas para él. Estabas desesperada y decidiste buscar un modo más rápido de conseguir el dinero que necesitas para la cura —dijo Jack.
—Yo… —Nina se llevó las manos a la cabeza, cansada—. No me gusta matar, pero lo tenía que hacer. No le digáis nada a mi abuelo. He hecho ya muchos encargos para Isaac, aunque todavía no he visto un den. Dice que a final de mes me pagará, como si fuera un sueldo. Ríe, sonríe, se divierte cuando me dice esas cosas, y estoy segura de que miente.
—Pero buscar el diamante era una locura.
—¿Tú crees?, ¿por qué no abres tu bolsa?
—Vale, vale, lo pillo. ¿Cuánto podemos sacar por él?
—Hay un rico excéntrico que tiene un museo; allá en Metrópolis, por supuesto. Ofrece cuarenta mil dens por el diamante, pero no pienso bajar de cincuenta.
—¡Ugh! —Koral se atragantó con el té y comenzó a toser—. ¿Cincuenta mil dens? ¡Eso es un dineral!
—No lo entiendo —dijo Jack—. Los hombres que mataste en el túnel, los lacayos de Leon, llevaban cargamentos de nuke de muchísimo valor. ¿Qué hiciste con ellos?, ¿por qué no los vendiste?
—Tenía órdenes de entregárselos a Isaac. No es un tipo normal, Jack. Jamás se me pasaría por la cabeza robarle.
—¿Y cuánto cuesta esa cura?
—Treinta y cinco mil…
—Eso no es lo que habíamos acordado —protestó Jack—. Se supone que lo dividiríamos en cuatro partes iguales. Además, fui yo quien lo cogió.
—Pero sin mí no habrías podido. Por favor, Jack, te lo suplico.
—Jack, nos toca a cinco mil por cabeza, yo creo que no está ná mal —dijo Koral.
—Tú no estuviste allí, Koral, no viste a Bahamut con tus propios ojos.
—Jack…
—¡Está bien, vale!
—¡Gracias! —Nina estaba eufórica, y a punto de romper a llorar.
—Ahora, dime.

30 jul. 2014

DEN 2. 41-Té

La caminata de vuelta fue dura, pero con la ayuda de Flint regresaron sin graves problemas. Jack casi prefirió sufrir una herida que le incapacitara para caminar largas distancias, como Nina. Verla tumbada en la parihuela que habían confeccionado y atado a lomos del bramarán le provocaba mucha envidia. Hablaron poco durante el trayecto, estaban demasiado cansados y sedientos como para desperdiciar energía moviendo los labios. Cuando llegaron al borde del Arrabal les dolía a todos muchísimo la cabeza por la falta de agua y estaban tan deshidratados que parecían pasas.
Después de pasar por las camillas de un centro médico —mucho mejor que la chabola del doctor que le vendió el antirad a Jack— se dirigieron a la casa de Nina. La cazarrecompensas aún se encontraba bastante mal. La herida que había sufrido en la espalda tardaría muchos días en cerrarse del todo. Le habían aconsejado que no hiciera movimientos bruscos en al menos tres días, pero por lo menos podía caminar.
La casa de Nina era una choza de dos pisos de ladrillos de adobe, enlucida con estuco naranja. No distaba mucho de la entrada principal del Arrabal, pero estaba muy oculta dentro de un laberinto de callejuelas y casas. Tuvieron que dejar en unos establos custodiados por un sucio mozo al bramarán, fuera del barrio. La gente saludaba a Nina con afabilidad, como si la tuvieran en muy alta estima, pero procuraban no mencionar su nombre en alto. Flint introdujo a la llama de Nina en un pequeño cobertizo adosado a la casa.
En el porche de madera, adornado por varios cactus en enormes maceteros, aguardaba un viejo con un bastón y una pistola que sujetaba con una temblorosa mano.
—No te preocupes, abuelo, baja el arma; vienen conmigo. —Nina le dio un cariñoso abrazo—. ¿Cómo estás?
—Pensé que no volverías esta vez. ¿Dónde has estado, Nina?
Jack notó que no sólo le temblaban las manos al anciano, sino que todo su cuerpo parecía preso de una constante convulsión. Además, unas gruesas venas negras sobresalían del pellejo sin grasa ni músculo que le colgaba por todo, incluso por su calvicie.
—Casi no te veo —dijo el viejo entrando por la puerta, cogido de la mano de su nieta—. He llegado a creer varias veces que ibas a abandonarme.
—¡Abuelo, no digas eso! —le suplicó Nina. Los ojos se le inundaron, una lágrima describió un arco por su mejilla—. He tenido mucho trabajo, por eso no he podido estar contigo, pero te juro que eso va a cambiar.
—Nina. —Jack le rogaba urgencia.
—Ahora. —Nina le echó una mirada de reproche. Se volvió a su abuelo—: Escúchame, acuéstate. ¿Te has tomado la medicina? —El viejo respondió que sí—. Pues descansa.
Nina le dio un beso en la frente y el anciano subió las escaleras que llevaban al segundo piso.
—Sentaos donde queráis —les dijo a Jack y Koral. Flint ya hacía rato que lo había hecho, y fumaba tabaco en pipa, siempre con su revólver cerca—. ¿Queréis té, alguna otra cosa?
—¿Té, qué es té? —quiso saber Koral.
—Una infusión de hierbas. Las cultivan en Metrópolis —explicó Nina—. La planta del té no crece en el Páramo.
—Bueno, me gustaría probarlo.
—Yo quiero una cerveza, si tienes —añadió Jack.
Nina fue a la cocina y volvió al cabo de un rato con una bandeja en las manos. La sala de estar era espaciosa, luminosa y tenía buenos muebles.
—¿Esto es té? ¿Qué es este saquito?
—Hunde el sobre dentro y déjalo cinco minutos. Luego te lo podrás tomar.
—¡Buaj, qué asco! ¡Y cómo quema!
—¡Te he dicho que esperes unos minutos, burro!

25 jul. 2014

DEN 2. 40-Escondite

Antes de salir en busca de Koral y Nina, y a pesar de disponer de la comida que le habían dejado, Jack se cocinó un par de peces y un trozo de aleta de mantarraya. Examinó la carne de ambos animales con detenimiento: era muy gelatinosa. Lo torró todo a conciencia, probó un poco y aguardó: ningún veneno parecía hacer efecto, incluso estaban deliciosos, aunque con mucho músculo por debajo de la primera capa. Comió sin masticar y no dejó ni la raspa del pescado. Eructó. Satisfecho y con energías renovadas, prosiguió su camino siguiendo la indicación de la nota.
Había pisadas que se adentraban en una pequeña hondonada, huellas de zapatos y de patas de bramarán. Al cabo de un rato tropezó con un montoncito de ramas imitando otra hoguera y rebuscó en él. Además de una nueva nota, Koral había dejado una lata de soylent cola. Todavía estaba fresca, pues el mecánico la había enterrado en la tierra y cubierto con cubitos de hielo que formaban ahora un diminuto charco. No debían de estar muy lejos. Jack sonrió contento y abrió la lata. Un par de sorbos bastaron para vaciarla. Si aún viviera, le besaría el culo al genio que inventó los freezers, esas máquinas portátiles para hacer cubitos con cualquier líquido. Todo viajero del Páramo conocía el valor que estos cacharros cobraban en el desierto, pues no había nada mejor que una soylent cola bien fresquita para mitigar el agobiante calor; aunque había que tener cuidado de no malgastar el agua. Por eso, a menudo, los cubitos se hacían con orina o agua sucia. Leyó la nota: «jira en el siguiente recodo».
—¿Esto es todo? Pero ¿qué clase de broma es ésta?
Al girar como indicaba la nota, a sólo una docena de pasos, había una abertura poco profunda en la roca: Koral, Nina y hasta el bramarán dormían cerca de un fuego, la llama escupía una y otra vez al suelo y babeaba, y Flint estaba a la entrada con las piernas cruzadas y la ballesta entre ellas.
—¡Apártate de ellos!
Todos despertaron al oír el grito. El gremlin escupió la vinagreta que mascaba y le sacó la lengua.
—¡Jack, quieto! —gritó Nina incorporándose con esfuerzo.
—¡Estás vivo! —Koral se le echó encima—. ¡Estás hecho polvo!, ¿estás herío? ¡Cómo me alegro de verte!
—¡Basta, mi hombro! ¿Qué coño es eso de «gira en el siguiente recodo»? ¿A qué viene semejante pitorreo? ¿Y qué hace él aquí?
—¿Pensabas que había muerto?—dijo Nina refiriéndose al gremlin—. Me lo hiciste pasar mal, Jack, pero la culpa es mía por no confiar en Flint. Baja el arma, ha estado protegiéndonos desde que huimos del campamento.
—¿Te crees que soy imbécil o qué?
—Pues sí.
—Jack…
—Como deis un solo paso aprieto el gatillo.
—Jack…
—¡¿Qué?!
—Baja el arma —le pidió Koral.
—No me da la gana.
—Por favor, Nina tiene razón —dijo Koral—. Si no hubiese sío por Flint, uno de esos monstruos que cayeron sobre el campamento me habría comío.
Jack los miró uno a uno varias veces. Accedió.
—Está bien, pero no pienso quitaros el ojo de encima.
—Gracias —dijo Nina.
—Veo que te encuentras mejor.
—Sí, tu colega, aparte de mecánico, vale para médico. Puedo caminar y todo.
—¿Lo viste? —le preguntó Koral, expectante.
—¿Quién te crees que me ha hecho esto?
—¡Por Gea, es increíble! ¿Cómo te las apañaste?
—Bueno, no era tan duro después de todo… —fardó Jack, pero por dentro se cagaba en la madre que parió al bicho.
—¿Lo has traído?
Jack les mostró el Diamante del Desierto, que todavía brillaba con una mortecina luz. Todos quedaron boquiabiertos. Nina lloró.
—¡Estoy salvada!
—¡Quieta! —Jack volvió a esconder la joya. Flint desenfundó un cuchillo con una rapidez increíble y lo apoyó en su garganta.
—¡Dásela!
—No antes de que ella conteste a mis preguntas —sentenció Jack tanteando su arma.
—Bien, pues te diré dónde localizar a Isaac —dijo Nina.
—No, aquí no. Iremos de vuelta a Metrópolis, todos juntos, como dijiste. Una vez en tu casa me lo largarás todo, y también esos motivos por los cuales pretendes excusarte de la que nos liaste en el metro. Cuando esté seguro de que dices la verdad, venderemos el diamante y nos repartiremos los beneficios. Él no entra.
—Flint entra —protestó Nina—, ha estado toda la noche y toda la mañana cuidando de que no nos pasara nada.
—Jack, venga, tié razón. No son mala gente —la apoyó Koral.
—Ya discutiremos a la vuelta —añadió Flint—. No nos queda mucha agua y hay un largo camino por recorrer.
—Está bien. Volvamos.

20 jul. 2014

DEN 2. 39-Tocar madera

Extinguida la nube de polvo, Jack emprendió la subida. La pendiente se hizo más acusada a medio camino y tuvo que valerse de las manos y gatear. El ascenso fue trabajoso. Al llegar arriba, tenía el hombro y el brazo malheridos tan entumecidos que ya no sentía dolor alguno. Desde lo alto del cerro pudo situar el promontorio de la Gran Salina. O lo que quedaba de él. Seguía habiendo una montaña, pero ahora estaba compuesta por una masa informe de sal y cascotes amontonados. Bahamut no estaba por ningún lado. A pesar de haberle dicho a Koral que podía creer en él, todavía, tras verlo con sus propios ojos, pensaba que todo había sido un mal sueño. Un animal así era imposible, toda la Gran Salina era imposible. ¿Qué misterioso capricho o milagro de la naturaleza había creado animales marinos en un entorno carente de agua, seco y, valga la redundancia, seco como aquél? La propia sal consumía la humedad del cuerpo. No tenían lugar allí, no podían.
Apartó tan perturbador pensamiento y localizó la dirección en la que se suponía que debía estar el campamento. Cerró los ojos con fuerza maldiciéndose al recordar que ¡le había ordenado a Koral que se largara si no se reunía con ellos al amanecer! Ya no había nada que hacer, pues habían pasado muchas horas y no les daría alcance, salvo intentar llegar a Metrópolis por su propio pie, lo cual era imposible sin comida, con escasa agua y una escopeta vieja. Aquella situación de desamparo le recordó demasiado la noche en que le persiguieron los chacales y a situaciones aún peores sufridas.
Por el momento, decidió acercarse hasta el campamento. Quizás aún estuvieran allí, ¡ojalá estuvieran allí! Cuando llegó, contempló una gran cantidad de monstruos de la salina diseminados alrededor. Estaban todos muertos, salvo alguna mantarraya que movía aún las aletas. Debían de haber sido arrojados por los coletazos de Bahamut. Por suerte, Koral y Nina habían puesto pies en polvorosa. No estaban ni sus cuerpos ni sus cosas allí y, además, había heridas de bala en algunas criaturas. Rió al recrear la escenita: los bichos cayendo alrededor y el mecánico histérico. Se pasó una mano por el rostro, recriminándose tal despreocupación. Aquello no era ninguna broma, podía haberles pasado algo.
Se quedó mirando el horizonte embobado, su cuerpo balanceándose por la debilidad de sus piernas. La situación era realmente mala y los nervios amenazaban con destruirlo. Se obligó a relajarse. Comenzó a silbar una melodía de los Perros Rabiosos. ¿Seguirían tocando? Cuando era joven, cuando formaba parte de los Corredores, la banda de rock era muy popular. Eran como dioses. Aunque desde que marchó a la Ruta del Petróleo no había vuelto a saber de ellos, lo más seguro era que estuvieran muertos. Como todo grupo que se precie, estaban demasiado enganchados al nuke. Canturreó su famosa canción, Tocar madera, y gracias a ella se percató de un detalle de la hoguera que había pasado por alto: las ramas y los arbustos de encima no estaban quemados. Lo apartó todo a manotazos, Koral había ocultado debajo comida, agua y una nota doblada. ¡Bendito sea! Desdobló la nota y leyó: «Jack si les esto dirijete acia las montañas que ay justo en direcion contraria a la gran salina a abido un terremoto a medianoche y no te lo creeras comenzaron a llober bichos del cielo. no se de donde diablos an salido pero nos atacaron unas estrañas babosas. dice Nina que proceden de la salina que fueron eyas las que la irieron. tambien cayeron peces raros y una especie como de sabanas blancas que se rebolbian era todo muy asqueroso. estamos bien pero emos uido a las montañas por si acaso caen mas de esas cosas buscanos por ellas dejare mas notas. Koral».

18 jul. 2014

DEN 2. 38-Buitres

Jack se detuvo a descansar en la base de la colina. Sentía un frío atroz y el hombro le dolía horrores. Además, estaba cubierto de sal de la cabeza a los pies y un intenso escozor lo torturaba allá donde le habían aparecido heridas y rozaduras. Escupió, tenía también la boca llena. Le echó un trago a su cantimplora, se enjuagó la boca y volvió a escupir. Bebió con calma, vació la cantimplora. Aún tenía otra llena, pero no le duraría mucho. Debía encontrar el campamento lo más rápido posible. Cuando hubo saciado su sed trató de comer algo. Lamentablemente, el pez que había pescado en la Gran Salina estaba sucio y machacado. Había sido tan maltratado que apenas quedaba algo de él salvo su dura cabezota. Lo desenganchó y lo arrojó lejos. En su mochila había unas cuantas insulsas tabletas de soylent, nada más. Se las comió con asco. Estaba cansado, dolorido y hambriento, y lo que más deseaba era un mullido colchón e hincarle el diente a algo con sustancia. Pensando en la grasienta y negra pielecilla de un pollo asado se le caía la baba.
Acababa la última galleta cuando una nube de polvo se formó en el horizonte. Alzó la mano para cubrirse del sol, que empezaba a calentar la tierra con fuerza. La nube se acercaba, precedida por el ruido de muchos motores. Ascendió la colina para ocultarse entre un cúmulo de matorrales. Una veintena de motoristas. ¿Eran…? ¡Sí, eran corredores! Distinguió sus vehículos en el horizonte. Eran Buitres, llevaban sus motos decoradas con tantas plumas de buitre como podían y cráneos de estos pajarracos incrustados en los focos, con las mandíbulas abiertas. Abandonó la seguridad de los matorrales y descendió de nuevo agitando los brazos en el aire. Los corredores se detuvieron delante.
—Vaya, ¿a quién tenemos aquí?
Uno de los Buitres, un tipo alto y delgado con una larga gabardina verde y un casco de cuero alado, se bajó de su moto y se detuvo frente a él.
—¿Qué haces aquí, Jack? ¡Esto es una sorpresa!
—¿Murray? —Jack no se lo podía creer.
—Veo que todavía te acuerdas de tu viejo amigo. —Murray sonrió—. Pero, ¿cómo es posible? ¡No has envejecido nada!
—Es una larga historia.
—¿Te presentas de repente, con esa cara de crío veinteañero y tienes los santos cojones de decirme que es una larga historia? —Jack se sintió obligado a explicárselo—. Así que has estado en Edén… Y vuelves a esta pocilga.
—Tengo mis razones. ¿Y tú? Veo que sigues metido.
—Vaya si lo estoy. Ahora soy el Gran Corredor —fardó Murray—. ¡Eh, tíos! —Murray llamó a sus compañeros, todos muy jovencitos—. ¡Este tipo de aquí es un antiguo compañero corredor! ¡No era ni Buitre ni Serpiente! ¡Se creía más listo que todos y por eso no quería formar parte de ninguno!
Entre todos lo abuchearon. Jack se tensó y apoyó la mano en la recortada.
—¿Le zurramos, jefe? —dijo uno.
—¿Tú qué piensas, Jack? —Murray parecía divertirse como un niño con todo aquello.
—¡Oh, vamos! ¿De verdad estás todavía metido en esas estúpidas rencillas de pandilleros? ¡Han pasado por lo menos diez años, joder!
—No hago esto por eso, Jack, siempre nos hemos caído mal. ¿Acaso no recuerdas los viejos tiempos? Yo sí… —Murray se desabrochó un botón de la gabardina, mostrando una larga cicatriz en el pecho.
El Buitre que había preguntado si partirle la cara a Jack avanzó con una larga cadena de hierro en las manos. Jack empuñó su recortada y le apuntó al rostro.
—¡Venga, Jack, era broma! —Murray le hizo un gesto para que se alejara a su compañero—. ¡Es increíble que todavía conserves esa antigualla! ¡Bájala, anda, ya te he dicho que era broma! ¿De dónde vienes?
—De la Gran Salina.
—¿De verdad? No me lo creo. ¿Te has vuelto loco con los años o qué cojones te pasa? ¿Algún tontolaba de Metrópolis te ha pedido que busques el Diamante del Desierto? Nadie acepta ese tipo de encargos.
—Yo sí. —Lentamente, Jack cubrió el orificio de la bolsa con la mano libre.
—¿Encontraste algo?
—Mírame y deduce.
—No me extraña verte en este estado. ¿Vuelves a Metrópolis?, ¿quieres que te lleve de vuelta?
—¿Esperas que me lo crea?
—No, desde luego. —Murray lanzó una sonora carcajada. Los idiotas de sus compinches lo imitaron—. Anda y que te follen, Jack. Si logras sobrevivir, ya nos veremos las caras de nuevo.
Murray y su grupo arrancaron y se alejaron haciéndole cortes de manga. Un rezagado se le acercó con la moto, se tiró un estruendoso y maloliente cuesco en su cara y pisó el acelerador. Jack escupió toda clase de insultos e improperios, pero el ruido de las motos los ahogó todos.

16 jul. 2014

DEN 2. 37-Bahamut

Como pudo, tratando de mantener el equilibrio entre todo aquel movimiento de tierra, Jack fue hacia el borde. La larga cola de cientos de metros de Bahamut iba enroscándose alrededor del promontorio y oprimía la roca que había debajo de la blanca capa de sal. Había círculos por todo el desierto, nidos, que hervían a pesar de ser de noche. Las mantarrayas, las babosas y los peces voladores se agitaban con nerviosismo por culpa del terremoto. Eran conscientes de quién lo provocaba.
Un intenso chillido le destrozó los tímpanos. Miró hacia atrás y alumbró con la linterna. De la pared surgía una colosal cabeza parecida a las de los peces voladores, que tapaba por completo la luz de la luna sumiendo la cima en la total oscuridad. Horadaba la pared, chillaba mostrando un millar de dientes que eran como agujas; y unas zarpas se movían también, escarbando con ahínco. Su ojo le miraba. Alrededor de él había incrustados más diamantes, que surgían por todas las juntas de su resquebrajada y pétrea cabeza. Dejó de alumbrar con la linterna y buscó cómo salir de ahí, pues el sendero natural estaba obstruido por la cola. A su alrededor cayeron cascotes e incluso algún que otro pez naranja. No iba a salir de ésta, no lo iba a hacer. Desesperanzado, disparó contra Bahamut hasta agotar la munición. Los perdigones habían rebotado todos en su dura coraza. El terror se adueñó de Jack. Los ojos de la criatura brillaron con fulminante cólera. Profirió otro chillido. Debía de apretar con fuerza con la cola, pues el promontorio entero se estaba resquebrajando. De esa manera, Bahamut logró liberar parte de su cuerpo y uno de sus raquíticos brazos. Un pez gigante, como si fuera un dios, con brazos. Sí, era una locura, pero imposible de negar. Su zarpa parduzca se aproximaba a él para apresarlo y entonces, cuando la cerraba en torno suyo, el suelo se abrió a sus pies. El promontorio explotó, un bloque de sal le golpeó en un hombro. Cerró los ojos para no presenciar su muerte.
El golpe contra el suelo lo dejó sin aliento, pero estaba vivo. Había aterrizado sobre un grupo de mantarrayas. Trató de incorporarse, pero se tambaleó cuando las mantas comenzaron a moverse. Se sujetó a una de ellas con fuerza para no resbalar. Los cascotes del promontorio caían a su alrededor, aplastando a muchas criaturas. Detrás, Bahamut gateaba con sus dos brazos hacia Jack. Otro agudo chillido y el colosal pez, de un impulso, se lanzó en su dirección, con la boca abierta. Arrasaba con todo a su paso, atrapando animales como si fuera una red y lanzando por los aires con una fuerza asombrosa de su cola a los que no caían en su boca. Pronto la tuvo medio llena de mantas y babosas y peces e ingentes cantidades de sal, y avanzaba con rapidez. No tardaría en darles alcance.
En cuanto tuvo la oportunidad, Jack rodó por una de las alas y cayó en la cima de una duna de sal. Lo hizo justo a tiempo para evitar que Bahamut se lo tragara. Su mochila estaba cerca, por un hueco asomaba su vieja recortada y el diamante, pero no había ni rastro de la escopeta de corredera ni del revólver. Maldiciéndose, corrió cuanto pudo hacia los límites de la Gran Salina. Oyó los lejanos chillidos de Bahamut y lloró de alegría por la suerte que había tenido. Siguió caminando el resto de la noche. Cuando amaneció, había puesto ya bastante distancia del desierto de sal, aunque no podía adivinar a dónde había ido a parar. Avistó una colina desde la cual podría localizar el promontorio, o lo que quedara de él, y así situarse un poco. Tenía un brazo magullado y le costaba moverlo, pero por lo menos no parecía estar dislocado ni roto. El Diamante del Desierto brillaba en la bolsa.

15 jul. 2014

DEN 2. 36-La Gran Salina

Jack esperó en el límite del desierto de sal, mirando en silencio la puesta de sol. El calor llegaba hasta él. Al anochecer, empezó a caminar, cerciorándose de que el aire ya no quemaba. El roce de la sal en la suela de sus botas lo intranquilizaba, no quería imaginarse el fin horroroso que sufriría si el día lo cogía dentro. «¡Al diablo con la cautela de Nina!», farfulló; y aceleró el paso, siempre hacia el noreste. ¡Cric, cric, cric! Era difícil caminar por aquel tortuoso terreno, pero al menos podía ver, pues la luna brillaba con fuerza. Tal como dijo Nina, comenzó a distinguir pequeñas lucecitas que parpadeaban por todas partes. Una, bastante cerca, supuso Jack que sería la que la cazarrecompensas le había mencionado.
De repente, el terreno por delante comenzó a removerse. Retiró el seguro de la escopeta de corredera. Se abrió un socavón enorme, toda la sal se hundió en lo que parecía una caverna subterránea y Jack retrocedió nervioso cuando brincaron fuera de la madriguera cientos de extraños peces. Permaneció alerta, sin mover un músculo de su cuerpo, hasta que se alejaron rebotando como pulgas. Uno lo golpeó en la cara y Jack, instintivamente, lo agarró al vuelo por la cola y lo estrelló contra el suelo.
—Pero ¿qué puñetas eres? —le preguntó al pez.
¡No tenía sentido! Pero ahí estaba. Tenía un cabezón que parecía de piedra, e igual de duro; unas protuberancias, como patitas; y unos colmillos —toda una hilera— con los que pretendía morderle el brazo impulsándose hacia arriba. Pero el aturdimiento le impedía llegar con los dientes y pronto se cansó. El resto del cuerpo era escamoso, similar al de cualquier otro pez, naranja y con cinco largas aletas, como abanicos, que salían de ambos lados de su cuerpo, cola y de su espina dorsal. Jack clavó su daga por detrás del cabezón, hacia el cerebro de la criatura. Cuando dejó de luchar, habiéndose vaciado su sangre en el suelo, Jack lo colgó de un gancho de la mochila y prosiguió su camino.
Había una pronunciada pendiente más adelante. Descendió como pudo, medio caminando medio patinando, y a mitad del recorrido tropezó con una piedra. Terminó la pendiente rodando como una pelota y chocando con algo blando. Fue zarandeado por el animal que había oculto entre la sal, y acabó descubriendo un cuerpo plano, blanco, como si fuera una manta embadurnada de mucosa. Pensó en las babosas de las cuales Nina le había hablado. Sacó su pistola y disparó hacia abajo, abriendo varios agujeros que atravesaron de lado a lado aquel cuerpo. El bicho dejó de moverse. Jack se apartó de él profiriendo una maldición, la sal se le había metido en los ojos. Se secó las lágrimas con la camisa y estudió al monstruo: no parecía una babosa, no tenía esas características manchas naranjas que en teoría debían tener. Con un pie le levantó una de las aletas, y entonces un tentáculo naranja salió disparado de un oscuro agujero, se pegó a la mantarraya y la remolcó sin dificultad alguna. Jack cogió la linterna y alumbró al hueco, a unos cinco metros de él.
Aquello sí que tenía pinta de ser una babosa escupidora de alquitrán. Era más pequeña que la mantarraya. Su cuerpo era parecido a un calamar, con numerosos tentáculos larguísimos y naranjas, manchurrones también por todo el cuerpo y una serie de pelillos del mismo color, como cerdas de escoba, rodeándolo por completo. Masticaba ahora ruidosamente con una voracidad que aterraba.
Cuando Jack quiso retroceder, la babosa asomó una trompa corta, bombeó, se hinchó y le lanzó un manguerazo de un líquido negro y aceitoso que era, efectivamente, alquitrán. Pudo esquivarlo por poco, aunque el olor era tan fuerte que se mareó. Disparó mientras ponía distancia y fue a parar a un nido de mantarrayas. Aquella babosa debía haberse acercado con sigilo para atacarlas, y Jack le había ahorrado trabajo. Pero el porqué le seguía, teniendo ya una presa en su poder, era todo un misterio. ¿Cuánta carne necesitaba para alimentarse? Las mantarrayas, sintiendo el peligro, desplegaron sus alas y se deslizaron levitando por encima del desierto. Jack se agachó para esquivar otro escupitajo negro y disparó de nuevo, haciendo saltar trozos de babosa por los aires. Una de las mantas se retorcía pegada al suelo, el alquitrán la había alcanzado de lleno. La criatura depredadora se preparaba otra vez para lanzarle un escupitajo. Su trompa se hinchó y Jack apuntó y apretó el gatillo, reventándosela y salpicando al monstruo con su propio aceite.
Huyó de allí y descansó cinco minutos al otro lado de la hondonada. El promontorio se encontraba cerca. El brillo del Diamante del Desierto alumbraba el cielo por encima de él. Siguió caminando una hora más, cuesta arriba. Al llegar a la cumbre no podía ni respirar. El resplandor de la joya era de un fulgor misterioso, pues emitía verdadera luz desde dentro, y lo cegó. Cuando se acostumbró, se acercó a ella.
El Diamante del Desierto se hallaba clavado en una pared de sal semitransparente. Lo palpó y notó que era como un verdadero diamante. Escarbó con la daga. Fue un trabajo arduo, pero logró extraerlo de la pared. Eufórico de alegría, ansiando salir de la Gran Salina y pensando en lo que podría hacer con su parte del dinero, se volvió y desanduvo sus pasos. Oyó a su espalda el sonido de la sal cayendo. Una sensación de peligró le erizó el vello de la nuca. Se giró, con el pesado Diamante del Desierto en sus manos. Un gran ojo sin párpado, vidrioso, más grande que cualquier monstruo del Páramo, lo miraba a través de un agujero en la pared. Jack escondió el diamante en su bolsa. Le temblaban las manos y el corazón parecía que se le fuera a salir del pecho, pues comprendía qué es lo que tenía delante. Sus ojos…, no podía creer lo que veían sus ojos.
Un terremoto sacudió la Gran Salina. Jack cayó al suelo. Una larga cola de reptil llena de afiladas espinas y placas rodeaba lentamente el promontorio.

14 jul. 2014

DEN 2. 35-Nina

El resto de la tarde anduvieron por la garganta con los nervios a flor de piel. Por suerte, el asunto se quedó en eso y no sufrieron más percances desagradables. Sin la llama tuvieron que cargar todo el peso en el bramarán e ir a pie los dos. Mataron de un tiro al agonizante animal y lo abandonaron para los chacales, después de introducir en una bolsa algunos filetes para proceder a su conserva en cuanto hicieran una pausa.
El terreno, al salir del cañón, formaba una pronunciada pendiente cuesta abajo. Al final de ella un desierto blanco, muy diferente al yermo pedregoso que era el Páramo, se expandía hasta el horizonte. La tarde llegaba a su fin, pero el desierto de sal aún brillaba con un poderoso fulgor blanco y más parecía un espejismo que algo tangible, pues el calor producía ondulaciones en el aire.
Aliviaron al bramarán de su carga y se tomaron un descanso. Koral se tumbó y abrió los brazos, agotado. Jack se dedicó a limpiar sus dos escopetas con un paño.
—Jack, mira allí. —Koral señaló un punto diminuto que se alejaba de la salina.
Una bandada de buitres carroñeros sobrevolaba la zona. Jack y Koral bajaron la pendiente, acercándose con prudencia.
—Es ella —dijo Jack—. Vamos a tener suerte, a pesar de todo, de no tener que adentrarnos en la salina.
—Le ha pasao algo —dijo Koral—. Parece que se va a caer, pero se ha enganchao el pie en el estribo de su montura.
La mercenaria se encontraba semiinconsciente, malherida, con los brazos sueltos y el pecho y la cabeza apoyados en la llama, y la sangre goteaba por un costado del animal. La bajaron y la posaron con delicadeza en el suelo, pesaba tan poco como una pluma.
Al mirarla, le entró tal escozor ahí abajo —a pesar de las circunstancias— que tuvo que meterse la mano dentro del pantalón y subírsela para que no le abultara tanto. Tenía el rostro de una veinteañera, aunque debía de tener algunos años más; un cabello hasta los hombros, corto por detrás, curvado como si fuera un casco al estilo Bob, con un flequillo largo y rubio pero despeinado; unos pechos y una cadera interesantes y un particular lunar cerca del ombligo, que asomaba por debajo de su chaqueta corta de cuero. Además del vientre, llevaba los hombros desnudos y se cubría las manos con unos guantes largos, con numerosas fundas y bolsillos, que le llegaban hasta los codos. Era mirarla, y toparse con la chica que tantos años atrás lo había encandilado y con la que por poco no se había casado. Tenía una herida en la espalda, como un latigazo, y algunos pequeños cortes y desgarrones en el resto del cuerpo. Algo se había ensañado con ella, pero no parecía correr peligro mortal.
—Así que tú eres la zorra del túnel, ¿eh? —Jack sabía que Nina no podía oírlo. Le dio un par de tortazos para despertarla y de paso desfogarse un poco del susto del metro.
—Jack, mírala —protestó Koral—. ¿No podías darle un poco de agua en vez de esos sopapos?
—No estamos para malgastar el agua —dijo Jack—. Además, ¿acaso no recuerdas que por poco nos matan en el túnel por su culpa? ¿A cuántos asesinó?
—¿Pasas pena por los secuaces de Leon? —Nina entreabrió los ojos, tragó saliva—. Eran una panda de criminales, no tuve muchos remordimientos.
—¿Acaso los tienes por alguien?
—¿Te crees mejor que yo?
Nina cerró los ojos, a punto de volver a desmayarse. Le limpiaron y curaron las heridas como pudieron. No fue un buen trabajo, pero al menos la herida más grave, la de la espalda, no iría a peor. Jack se mosqueó, había tenido que desperdiciar agua. Al cabo de un rato, la mujer volvió a abrir los ojos.
—Tuviste la ocasión de matarnos en el túnel, como hiciste con los demás —prosiguió Jack.
—Os estuve siguiendo, escuchando vuestras conversaciones; por eso supe vuestros nombres. Cuando quise actuar los reptadores os dieron por el culo. Lo que no me explico es cómo pudisteis libraros de los ogros. El tipo ese, Mart, estaba demasiado mal para atender a razones. Parecía muy furioso. —Nina sonrió burlona—. No os parecéis a vuestros compañeros. ¿Leon se ha cansado de enviar a inútiles a hacer el trabajo sucio?
La mano de Jack atrapó con una rapidez increíble el cuello de Nina.
—Yo no soy un lacayo de Leon.
—T-trabajas para él, e-eres su c-criado.
—¡Basta! —Jack se salió de sus casillas, la soltó—. Vas a largar todo lo que sabes. ¡¿Quién es Isaac?!, ¡¿dónde se esconde?! ¡Habla, o ya podrá buscarse a otra zorra que mate por él!
—Tendrá que buscársela igual, tanto si me matas como si me dejas vivir.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que ya no trabajo para él. He decidido mandarlo a tomar por saco.
—¿Por eso estás aquí?
—¿Cómo habéis averiguado que era yo?
—Un camello lo largó todo, dijo que eras tú.
—¿Y cómo habéis dado conmigo?
—Tu amigo, el gremlin, tenía una carta.
—¡¿Qué le habéis hecho?!
A Nina se le empañaron los ojos de lágrimas.
—¿Nosotros?, nada. El muy cabrón casi acaba con nosotros, pero una manada de chacales nos lo quitó de encima. A estas alturas no debe ser más que un montón de mierda de chucho.
Nina sollozó, primero débilmente y luego con más fuerza. Jack tenía su corazoncito y decidió esperar a que se calmara. Al cabo de unos largos segundos, reinició su interrogatorio:
—¿Y bien?
—¿Quieres saberlo? Pareces alguien con sentido de la palabra, tendrás que prometerme tres cosas.
Jack entrecerró los párpados.
—Primero, promete que me vas a perdonar la vida. A fin de cuentas ya no trabajo para Isaac, no me importas ya y no te soy un peligro.
—¿Cómo sé que dices la verdad?
—Porque, dos, me llevarás de vuelta a Metrópolis. Una vez allí te lo explicaré todo, mis motivos para hacer todo lo que he hecho, y sabrás que digo la verdad.
—¿Y la tercera?
—¿Ves ese bonito desierto de sal? —Con un gesto de cabeza, Nina señaló la Gran Salina—. Vas a entrar y…
—El Diamante del Desierto no existe, Nina. Es una locura.
—Sí que existe, es real como las historias que se cuentan de la salina. Ayer, cuando oscureció, vi uno de esos diamantes. Está sobre un promontorio, a unas tres horas al noreste. ¿Sabes por qué es tan difícil conseguir una de esas gemas? Porque no hay quien tenga huevos para entrar de día y porque todos los malditos bichos que moran allí tienen insomnio. Pero si uno es precavido, puede incluso pasar ahí dentro toda una noche sin verse molestado. Y con buen ojo podrá avistar numerosos puntitos, como estrellas que titilan, brillar aquí y allá de forma intermitente. Son esas preciadas gemas que los ricachones de Metrópolis desean más que a sus propias vidas.
—¿Qué te pasó?
—Que la emoción me pudo, abandoné toda cautela cuando vi el Diamante del Desierto y éste es el resultado.
—Tienes suerte de haber conseguido salir antes de que saliera el sol. —Jack volvió la vista hacia el caldero blanco, donde espesas columnas de humo daban una ligera idea del calor que abrasaba la Gran Salina.
—Y bien, ¿qué decides?
—¿Por qué no mejor entregarte a Leon y que él te sonsaque lo que necesita? —quiso saber Jack. Nina removió dentro de su boca con la lengua y mostró una píldora.
—El Bahamut, ¿lo has visto? —Koral necesitaba saciar su curiosidad.
—No, pero no pondría la mano en el fuego asegurando que no existe como muchos escépticos piensan.
—Puedes estar tendiéndonos una trampa.
—¿Crees que podría regresar sola en este estado, o haceros algo?
—Iré, pero nos repartiremos las ganancias a partes iguales.
—No hay problema.
—Koral también entra.
—Vaaale.
—Jack, es demasiao peligroso. Es una locura —protestó Koral—. Yo no me fío. Ya sé que está buena, pero…
—Tú quédate cuidando de ella. Si al amanecer no he regresado, volveos y olvídate de toda esta historia. Si intenta algo, métele un tiro en la sien y a tomar por culo.
—Jack —dijo Nina—. Ten especial cuidado con una especie de babosas blancas. Se camuflan con facilidad, pero podrás reconocerlas por los pegotes naranjas que surcan su cuerpo. Escupen un aceite pringoso, parecido al alquitrán.
—¿Algo más que deba saber?
—No, bueno, ten cuidado con todo en general, pero sobre todo con esos bichos.
—Jack, no me dejes solo con ella —gimió Koral, mirándola de reojo.

13 jul. 2014

DEN 2. 34-Emboscada

A las ocho de la mañana levantaron el campamento. Había dejado de lloviznar, los nubarrones se habían desplazado despejando el cielo. Una de las crías de wombat yacía muerta a escasos metros de la cueva. Las demás chilloteaban acurrucadas entre las raíces del árbol.
Durante todo el día y parte del siguiente los estuvieron siguiendo una manada de chacales, pero esta vez Jack no estaba preocupado, pues tenía armas más que suficientes y no estaba solo. A media tarde se adentraron en la garganta de un cañón que cruzaba en línea recta el yermo. Era el único camino seguro hacia la Gran Salina. Su estrechez impedía que los rayos del sol penetraran en el desfiladero. Estarían a salvo de cualquier depredador grande, excepto de los chacales, por supuesto, que desde una relativa distancia, a unos cientos de metros, continuaban siguiéndolos, deteniéndose de vez en cuando con la lengua fuera, lamiéndose los morros. Estaban famélicos. La mitad de ellos los seguía desde arriba de la garganta, esperando hallar la manera de bajar por delante y hacerles la encerrona. Sus sombras se proyectaban en la parte superior de la pared y se fundían con las tinieblas.
Llegaron a una explanada con dos torres de roca natural en el centro, dos delgadas agujas que sobresalían incluso por encima de las paredes de la garganta, como si quisieran perforar el cielo. En una de ellas había un arbolillo. El suelo era arenoso. A medio camino la llama de Koral se encabritó y comenzó a chillotear de dolor, arrojando al mecánico al suelo.
—¡Ay!
Había sangre en la arena. El animal trataba de librarse de algo que lo tenía cogido por los cuartos traseros. De repente, unas pinzas metálicas surgieron de la arena, engancharon a la llama a la altura del muslo y se cerraron con un sonoro chasquido. Una de las patas voló por los aires.
—¡Koral, ven, corre! —gritó Jack, disparando al misterioso enemigo. El disparo levantó la arena y lo que les había atacado se descubrió como un alacrán, un tipo de robot de manufactura gremlin.
Koral se dio la vuelta y contempló aterrorizado al robot de un metro de altura que se preparaba para atacar de nuevo. Gritó. Otro disparo la hizo retroceder, abollándole el casco. Koral sacó su pistola y disparó también. Vació el cargador en un tris, y la mala suerte quiso que su bolsa con la munición estuviera tirada cerca del alacrán.
—¡Cúbrete detrás del bramarán! —Jack le lanzó su revólver.
El robot saltó muy alto y aterrizó en un saliente que sobresalía de la pared. Por encima, sobre el acantilado, se recortaba una oscura figura de espaldas al sol. A Jack le era familiar. Cuando un virote salió disparado, clavándose en una raíz al otro lado de la garganta, no le cupo ninguna duda de quién les había tendido la trampa. Flint aterrizó en otro saliente, arrancó el virote de la raíz y le echó mano al carcaj. Extrajo uno de aquellos virotes acabados en pelotillas y cargó su ballesta. Los chacales avanzaban hacia la explanada con rapidez. El gremlin disparó, Jack saltó, y una explosión hizo temblar el suelo y destrozó el pilar en el que se protegía. Los chacales frenaron su carrera y huyeron de allí.
—¡Arriba! —gritó Koral.
Jack levantó la vista: media columna se inclinaba hacia él. Logró evitar a duras penas acabar aplastado echándose hacia un lado. Tosió, el polvo y la arena se le habían metido en la boca y lo habían cegado. Tanteó, arrodillado, el suelo, buscando su arma y enjugándose las lágrimas. Cuando la tuvo en sus manos, disparó de nuevo hacia donde creía que se encontraba Flint, pero ya no estaba allí. Oyó tiros, Koral disparaba hacia lo alto de la otra aguja de roca. Flint preparaba otro de sus peligrosos virotes explosivos. Una de las balas de Koral le perforó el sombrero, obligándolo a guardar la ballesta y a saltar de nuevo con el virote-cuerda hacia un árbol por encima del acantilado.
Jack se acordó de la araña, que avanzaba por detrás de Koral. Justo cuando iba a saltar hacia él la destrozó de un escopetazo. Centró de nuevo su atención en Flint. El gremlin lo apuntaba con la ballesta. Estaba perdido, no podría alejarse de la explosión a tiempo; y como por interferencia divina, los chacales que se habían separado de la manada y habían ido por arriba se le echaron encima al gremlin. Lo vio correr, con sus piernas menudas, disparándoles con su revólver a ciegas. Lo último que atisbó, por encima de la cornisa, fue el pico de su sombrero y a uno de los chacales saltando.

12 jul. 2014

DEN 2. 33-Artículos y leyendas

La urgencia impidió que Jack y Koral tuvieran su merecido descanso. Nada más abandonar a Flint con el tendero, fueron a la guarida de Leon. Lo encontraron aún más demacrado. Por extraño que pudiera parecer, se comportaba con una mansedumbre inaudita, como si estuviera muy débil y enfermo. Cuando Jack le exigió el dinero gastado en su dichoso trabajo, el dirigente del Arrabal le ordenó a Liz que le entregara cien dens, muchos más de los que había gastado. También les pidió que fueran detrás de Nina —para consternación de Koral, que se puso a lloriquear—, y les proporcionó un bramarán y una llama para el camino. Después de la visita compraron los víveres necesarios, y a la mañana siguiente lo cargaron todo a lomos de los animales y montaron ellos también. Jack se echó a reír al ver a Koral montado en la llama. La escena le recordaba a algo: un caballero loco en un corcel y su sirviente sobre un estúpido burro.
—Todavía no me creo que vayamos a la Gran Salina. ¡De ésta no vamos a salir vivos!
El transporte no palió la angustia de Koral, estaba agotado y tenía unas agujetas tan grandes que no podía moverse. Tras días dando vueltas por el Páramo y durmiendo malamente, el corto descanso en su querido lecho no había hecho más que contribuir a su malestar; y para colmo, se encaminaban a un lugar cien veces más terrible. Al cabo de una hora ya estaba hasta los cojones de montar la llama y le dolía de tal modo que parecía que le hubiera perforado el trasero uno de los ogros de Madame Poppine. Para colmo de males, el cielo se encapotó de negros nubarrones, augurando tormenta. El mecánico cayó por completo en el desánimo.
La Gran Salina era una extensión de dunas de sal que ocupaba toda la parte sureste del Páramo, a noventa kilómetros de la ciudad. De día era imposible poner un pie en ella, pues se convertía en una auténtica sartén al fuego debido a un fenómeno que nadie había logrado explicar aún.
Iban oteando el camino, no fuera que se cruzaran con Nina y no la vieran. Podría estar ya de vuelta, si había sobrevivido. Al atardecer decidieron resguardarse en una cuevecilla bajo las nudosas raíces de un árbol moribundo. Había algunos wombats agazapados en su interior. La tierra se había desprendido y una piedra estaba taponando la entrada a su madriguera.
—Koral, sácalos de ahí —dijo Jack.
—¿Cómo quieres que lo haga? —protestó el mecánico—. ¿Estás viendo cómo me miran? La madre me está bufando… Será mejor que busquemos otro sitio.
—¿Tú has visto esas nubes? No, ocúpate de ellas. Tienes la pistola.
Koral la sacó. Jack le quitó el seguro a su recortada. Aun teniendo la otra escopeta, la de corredera, le tenía demasiado cariño a su vieja arma como para relegarla al olvido y no precisaría mayor potencia en caso de que los wombats se le echaran encima a su compañero.
—Dispara a la madre —le ordenó a Koral, sabedor de que era la única manera de sacarlos.
Ésta, una especie de pequeña rata oso de un metro de largo, abrió la boca y bufó con fuerza, intuyendo el peligro, mostrando unos colmillos como agujas. Koral apretó el gatillo y se desplomó. Las crías huyeron y se perdieron en la noche. Cenaron wombat.
Jack se arrebujó en su saco de dormir, haciendo su turno de guardia en la entrada. La Aulladora no había hecho aún acto de presencia, estaba esperando a que las negras nubes estallaran. Un crujido ensordecedor, como si el cielo se partiera, restalló durante unos segundos.
—Jack. —Koral, tumbado cerca de la cálida hoguera que habían encendido, miraba con detenimiento la pared rocosa, absorto en las sombras bailantes producidas por el fuego—. La Gran Salina… ¿Crees que será cierto?
—No sé. Sí, supongo, o puede que sea solo una invención. El ser humano tiende a buscar monstruos para todas las desgracias y milagros para todas las soluciones —respondió Jack—. Ahora duerme, que dentro de seis horas has de despertarte para hacer tu turno.
—Jack.
—¿Qué?
—¿Y si Bahamut existe?, ¿y si es real? Dicen que es cien veces más grande que cualquier monstruo del Páramo y ya viste la que armaron la anaconda y el behemot.
Las nubes reventaron al fin. Sin embargo, extrañamente caían sólo cuatro gotas; chispeaba.
—Si existe, más vale que no nos topemos con él. —Jack sacó una lata de soylent cola de la neverita portátil y bebió.
—Cuando era un crío, leí un artículo sobre Bahamut en aquel periódico, La Voz del Páramo. ¿Te acuerdas, Jack?
—¡Vaya si me acuerdo! Del periódico y de la empresa, digo. Su dueño, Roger, era un cabronazo. Trabajé ahí. El muy desgraciado publicó un libro de poemas, de niño de diez años: «Si fuese príncipe, me casaría con la humildad. Sólo le pido a Gea que me dé valores de esta calidad». —Jack le dio otro sorbo a la soylent cola—. ¿Sabes cuánto nos pagaba? Dos dens por una jornada de diez horas.
—Sí, recuerdo el revuelo que se formó cuando sus empleaos decidieron resolver el asunto a hostias. Tomaron el control, pero la cosa no funcionó. Me acuerdo que el gobernador Wallace la declaró ilegal porque se volvió demasiao sensacionalista y alejá de la verdad  —dijo Koral, concentrado en la viva e hipnotizante llama. Le dolían todos los huesos del cuerpo—. El caso es que decía aquel artículo que Bahamut era uno de los protectores del mundo, un arma de la naturaleza creada pa eliminar cualquier peligro pa ella. Decía también que tenía forma de pez, y que de la cola a la cabeza alcanzaba un millar de metros. Decía que era inmortal.
—Nada es inmortal, Koral, ya viste con la anaconda y el behemot que siempre hay un bicho mayor. No hay nada inmortal, ni siquiera el Gran Espíritu es inmortal.

10 jul. 2014

DEN 2. 32-Flint

Jack miró hacia donde el mecánico apuntaba con el dedo: efectivamente, era el gremlin que se había cargado a un hombre frente al bar. Fumaba de una larga pipa en un rincón del local, solo. Vestía unos raídos vaqueros cortados a medida y un poncho que había perdido sus colores. Sólo algunos retazos de rojo difuminado podían apreciarse a la luz de la lámpara de su mesa. Un sombrero de ala demasiado ancho —parecía llevar una sombrilla sobre su cabeza— terminaba por poner el punto final a una estampa muy peculiar. Su revólver yacía sobre la mesa y una ballesta con culata de escopeta y resortes, cajas y engranajes colgaba de un perchero de pared. Había también algunos virotes junto al revólver, con curiosas puntas en forma de globo. Gea sabría para qué puñetas servirían esos proyectiles.
—¿Eres Flint? —Jack se puso en tensión, pues ya lo había visto en acción.
—¿Quién pregunta? —Su aguda y rasposa voz era como una espina que hurgaba en los oídos de Jack. Acercó su mano al revólver con naturalidad.
—Me llamo Jack. Busco a Nina —respondió Jack, y cuando la mencionó notó que el gremlin fruncía el ceño, inquisitivo, y que el pelo marrón de sus codos se rizaba.
Koral entró en escena, cada paso una invitación a la gresca, tratando vanamente de impresionar.
—Leon…
Flint agarró el revólver y apretó el gatillo, pero Jack acertó a darle un manotazo apartando el cañón de su dirección y evitando que la bala perforara el estómago de Koral. Reventó una lámpara, y todo el bar empuñó las armas. Barry cogió la Winchester que guardaba bajo la barra —no iba a permitir que agredieran a Jack, aunque fuese alguien tan peligroso como Flint—, pero el gremlin estampó en el suelo una pelota y un humo rojizo se expandió por el local.
—¡Maldito imbécil! —recriminó Jack a su compañero, tosiendo—. ¿Cómo se te ocurre mencionar a Leon? ¡Corre, joder, no podemos permitir que escape!
—¡Jack, toma! —Barry le lanzó su arma y se puso una máscara de gas que guardaba bajo la barra. El barman lo guardaba todo debajo de la barra.
Un tapón se había formado en la entrada, los clientes luchaban para salir de allí. Koral tomó carrerilla y brincó por encima de todos, pisando cabezas y salvando el obstáculo. Jack, anonadado, lo imitó, o lo intentó, dándose de morros con la espalda de un ogro. Volvió a probar, lanzó el arma fuera y saltó sobre el ogro, gateando por encima de las cabezas y recibiendo algún que otro puñetazo. Cayó de espaldas fuera del bar, levantando una nube de polvo. Corrió tras el mechón de pelo rojo que doblaba por la izquierda. Koral corría a unos veinte metros por delante, esquivando carros y llamas y niños porculeros. Flint se hallaba por lo menos al doble de distancia, pero el mecánico le ganaba terreno. Jack ya había aprendido que, a pesar de ser algo cobarde, en cuanto se le azuzaba con algún grito, Koral perdía el miedo y hacía lo que se le decía con rápida obediencia. Aceleró, tratando de apuntar a Flint con el rifle. Los transeúntes se apartaban para no ser arrollados por el trío, profiriendo insultos y haciendo cortes de manga. Ya estaban pisándole los talones al gremlin cuando Flint disparó con su ballesta a la viga de una casa y un virote con una fina cuerda atada a él salió despedido clavándose en ella. Accionó otro dispositivo y la cuerda comenzó a recogerse, tirando del gremlin y haciéndolo elevarse por los aires, dando una vuelta al poste de madera y aterrizando con los pies encima. Arrancó el virote y retomó la carrera como alma que lleva el diablo por los tejados de las chozas de adobe a la vez que efectuaba algunos disparos hacia ellos. Las balas no acertaban en la oscuridad, pero impactaban peligrosamente cerca. «El jodido gremlin es bueno, muy bueno», se decía Jack. Y si él se detenía para dispararle, no lo atraparía nunca. Gritos de sobresalto, y tiros provenientes de media docena de arrabaleros perturbaban la noche. Jack comenzó a pensar que todo estaba perdido cuando, al girar una esquina, Flint saltó a otro tejado con la mala suerte de quedarse colgado en el borde sólo por sus pequeñas manos.
—¡Tú!
Koral le lanzó una piedra del tamaño de su mano, acertándole en el cogote. El gremlin cayó sobre el toldo de un puesto de tintes y sobre las mismas cajas y botellas que guardaban la preciada mercadería. Algunos cristales se rompieron y el tinte se le cayó encima, manchándolo de arriba abajo de rojo, azul y naranja. El dueño del puesto atizó con saña al gremlin con una escoba. Jack tuvo que detener al dueño del puesto antes de que lo matara.
—¡Este bastardo lo ha destrozao tó, el pan de mis hijos! —bramaba el hombre.
—Permítanos dos minutos con él, ¡se lo ruego! —le imploró Jack, sin apartar su arma de Flint—. Luego será todo suyo.
Entretanto Jack trataba de amansar al mercader, Koral le había estado registrando el zurrón al gremlin, y leía una carta.
—¡Dime dónde se esconde esa bruja! —exigió Jack al gremlin.
—¡No vas a sonsacarme nada! —Flint hizo una pedorreta con la lengua. Jack lo cogió bien del cuello, cerrando cada vez más la mano como si fuera una tenaza—. Ge te jogan. ¡Ugh!
—¡Dime dónde cojones está la puta de tu amiga o te juro que…!
—Jack —lo interrumpió Koral.
—¿Y tú qué quieres? —refunfuñó Jack.
—Pues que no hace falta que lo sigas con él.
El mecánico le enseñó la carta, el nombre de Nina firmaba el remitente. Jack la cogió y leyó sin soltar al gremlin: «Flint, tenías razón. No puedo seguir con esto. Tendría que haberte hecho caso cuando me lo advertiste. No sé si será demasiado tarde. He decidido tomar un camino aún más difícil: voy a buscar el Diamante del Desierto. Sé lo que estás pensando. Estoy loca, ¿verdad? No me sigas, por favor. Y no te preocupes por mí, si alguien puede hacerlo soy yo. Estaré bien. Volveré en unos días. Pero si algo me pasa, cuida de él».
—¿El Diamante del Desierto? ¡No es más que una leyenda, esa mujer está chalada!
—Me cago en tó lo que se menea. —Koral se echó las manos a la cabeza—. ¿Se ha ío a la Gran Salina? ¡Ay, bien majara que está!
No temieron darle la espalda al gremlin, pues el mercader, furioso, reanudó su castigo a base de palos.

9 jul. 2014

DEN 2. 31-La costa del sosiego

La largacanción tomó tal viveza que arrancó a Jack del suelo y lo transportó más allá de Metrópolis, del Páramo, y le mostró una costa. No una de esas playas frías como las del oeste de la ciudad, llenas de hierrajos flotando medio hundidos en el mar embravecido y anegadas por una niebla perpetua. La costa que describía vívidamente la voz de Celia era de una calma tal que sosegaba el cuerpo y el espíritu. Un manto de arena tan blanca que desprendía un intenso y doloroso fulgor rodeaba, formando un semicírculo, un mar de agua cristalina que se estrechaba una docena de metros y volvía a ensancharse hasta el infinito. Una bahía circular. Dos largos brazos de acantilado arbolado, troncos altísimos y hojas verdísimas, la resguardaban.
Jack caminó descalzo por la suave arena, miró la laguna y la titubeante y tímida marea que le mojaba los tobillos y se adentró hundiéndose hasta el fondo del lecho marino. Un lecho lleno de algas y corales y de bancos de coloridos peces.
Cuando el concierto terminó y Celia abandonó el local nadie se movió. Diez minutos más tarde las peleas y las discusiones comenzaron, la cerveza y el whisky manaron a raudales, muchos salieron por la puerta doble —los más honestos— dejando el lugar medio vacío, y todo volvió a la normalidad.
—Ya me puedo morir en paz. —Koral lloraba y se sonaba los mocos con la manga de la camisa—. ¿Qué te ha parecío, Jack?
Jack no respondió, aún estaba aturdido. Se quedó clavado en su sitio mientras el mecánico iba a la barra y saludaba a Barry. Recuperado el dominio de sí mismo, se sentó al lado de Koral. El barman manipulaba una cámara fotográfica. Le temblaban las manos. A Jack le pareció que había pasado mucho desde que viera por última vez a su viejo conocido, tanto como los años que pasó en el Lejano Este, pero no hacía ni una semana desde que se reencontró con él.
—¡Jack, he conseguido una foto de Celia! Me ha costado mucho convencer a sus representantes de que este bar era adecuado para ella, y mucho dinero. Cuando la revele, le haré un marco bien bonito y lo pondré al lado de éste. —Señaló un cuadro con la foto de un tipo feo, de rostro grave e impasible, con una tirita negra como bigotillo y el pelo hacia un lado como un lametón de llama.
—¿Quién es?
—Ah, pues no sé —Barry se encogió de hombros—, pero me cae simpático; parece un tipo majo.
—Jack —susurró Koral—, allí está.

8 jul. 2014

DEN 2. 30-La pianista

En la puerta que daba a La Cueva había un póster. En él había una foto de una hermosa mujer con un vestido largo y negro sentada frente a un piano: «¡Celia en concierto! ¡La Rosa del Páramo presentará hoy su nueva largacanción, un auténtico y enternecedor drama que ya ha causado sensación en Metrópolis! Hoy, a las veintidós horas, aquí, en La Cueva. Cinco dens la entrada, una consumición gratis. Prohibida la entrada a menores de edad».
Era un buen dinero.
—¿Quién es? —Jack no la conocía.
—¡Ay, mi querida Celia! —Koral suspiró—. Desde hace cosa de cuatro años me ha robao el corazón…
—Y las putas del jardín te hincharon los huevos. —Jack meneó la cabeza—. Anda, entremos. —Le pagó al ogro que vigilaba la puerta. La primera entrada con dinero y la segunda con pólvora negra, y el guardia pesó seiscientos gramos que guardó en la caja con el dinero—. Ya no tengo nada, ni un mísero deni. Mañana, lo primero de todo, habremos de pedirle a Leon que nos devuelva todo el dinero gastado en su puñetero encargo.
—¡Qué ilusión, voy a poder ver en persona a Celia, a oírla en vivo! —Koral brincaba de la emoción—. Si escucharla en el viejo tocadiscos era genial, ¡esto será maravilloso!
Se apoyaron en una de las paredes, cerca del billar, pues no cabía ni un alfiler dentro y todas las sillas estaban ocupadas. Era increíble cómo aquella gente que con tanta facilidad se transformaba en una turba violenta y bravucona se comportaba ahora como niños pequeños escuchando las historias del cuentacuentos. Todos permanecían, sentados o de pie, en completo silencio: los borrachos humanos, los bárbaros ogros y los hiperactivos gremlins, reunidos sin peleas ni disputas raciales. Ocupaban la sala tantos individuos que el aire estaba viciado de humo de tabaco y olor de sobaco. La falta de oxígeno era notable.
—Va a ser imposible encontrar a Flint, si está aquí. —Jack se desanimó. Estaba cansado.
—Creo que sé quién es. —Koral se quedó pensativo, acariciándose la perilla—. ¡Sí, seguro que es él! Hay un gremlin que viene casi toas las noches. No habla mucho. Bueno, no habla ná. El día que te conocí, antes de que entraras, lo sacó fuera un hombretón.
—Lo vi, el renacuajo se cargó al tipo. Si está aquí, tendremos que esperar a que esto termine y se vacíe un poco el bar.
Celia entró en escena por una puerta que daba a la tarima. Como de una sola garganta, un sonoro grito de júbilo se alzó rompiendo el silencio y un centenar de manos aplaudieron a la vez. Era hermosa, de facciones angulosas y finas y cuerpo muy esbelto. Un profundo canalillo daba una idea aproximada del tamaño de lo que escondía bajo su sostén y la tela se pegaba a sus nalgas marcando una redondez exquisita, que enloquecía sólo con verla.
La artista saludó a la multitud exultante y se sentó en un taburete alto, frente al piano que se había ocultado en las sombras hasta que la luz de un foco lo iluminó. Un gremlin demasiado nervioso se desmayó; una jovenzuela se llevó las manos a la cabeza, arrancándose los pelos con psicópata emoción; otra se arrojó al suelo y comenzó a patalear; un ogro, con la cabeza gacha, sumiso —sus mejillas otrora verdes ardían con un rojo muy vivo—, le entregó un ramo de navajas del desierto; y a Koral se le saltaban las lágrimas y gritaba el nombre de la estrella una y otra vez como un completo gilipollas.
Una nota grave se elevó como una palabra de mando divina y la multitud volvió a callar, todos a una, cuando los dedos hábiles de la Rosa del Páramo empezaron a tejer una melodía celestial hechizando a la clientela del bar. Su voz se unió. Jack recordó unos dibujos de un viejo libro, Mitos y Leyendas, en el que se mostraba a los animales que habitaban antes del Apocalipsis: ogros peludos con cabezas astadas de toro, chacales alados con tres horrendas y deformadas cabezas y seres mitad pez y mitad mujer —o con cuerpo de ave y busto femenino— que embelesaban a sus víctimas con sus cánticos y las arrastraban hacia una muerte certera. Bien, pues Celia era una de esas sirenas.

7 jul. 2014

DEN 2. 29-El Terror Rojo

—Venga, brazos arriba. Como os encuentre algo os vais a enterar.
De nuevo en la entrada de Metrópolis, los guardias resoplaron decepcionados al no hallarles nada sospechoso, pues estaban muy aburridos y tenían ganas de follón. Abrieron la portezuela y les dejaron cruzar de nuevo al Arrabal.
—¿Puedo hacerte una pregunta? Es bastante personal.
—Dime. —Jack apuró el culo de la jarra que tenía en la mano.
Tras abandonar Metrópolis, habían decidido acercarse a uno de los puestos de comida del Arrabal. El puesto, una barra de bar debajo de una pérgola circular en mitad de una concurrida plaza, estaba inundado de vapores y humos malolientes provenientes de las freidoras. Mientras esperaban las hamburguesas que habían pedido, se tomaron una jarra de cerveza cada uno, y ya iban por la tercera cuando les sirvieron la comida. Había mucha gente.
—¿Qué te hizo Yak’i? En toa esta semana no me has hablao de él. Después de que me dieras esa patada en La Cueva no me enteré mucho de qué hablabais tú y Barry. Me hiciste daño, ¿eh?
»Siento meterme donde no me llaman, pero me resulta curioso que lleves toa tu vida detrás suyo. ¿Estás seguro de que no ha muerto? Quiero decir, el Páramo es muy vasto, pero hay pocos lugares lo bastante seguros pa esconderse. Y un tipo así, con la que lió, que todavía me acuerdo…
—No está muerto. —Jack arrancó media hamburguesa de un bocado—. ¿De veras quieres saber qué pasó?, es una historia larga.
Koral asintió.
—Mató a mi familia. —El rostro de Jack se ensombreció—. Hace veintidós años. Yo no era más que un crío que vivía con sus padres en un pequeño poblado. No era gran cosa: un centenar de casuchas resguardadas entre montañas, pero se vivía bien. Los monstruos pequeños apenas nos atacaban y los grandes no llegaban hasta el valle. Un día, Yak’i irrumpió con un ejército de saqueadores, mató a los guardias que protegían el puerto de montaña y llegó hasta el poblado.
Koral escuchaba con pasmo. La hamburguesa se le enfriaba en las manos.
—Yo me escondí entre unos tablones de madera amontonados. Escuché los gritos de terror, los tiros, los lamentos, los jadeos de los que forzaban a las mujeres… Fue horrible. Entre todo el jaleo lo pude ver. Un cabrón más, con su cresta, su barba de chivo, no muy diferente al resto de macarras que pululan por el Páramo, pero con un brazo quemado. Tendría la edad que tengo yo ahora. Buscaba a alguien, se llevó cautivos a dos hombres que habían llegado unos días antes. Dos tipos que reventaron la posada con media docena de bandidos dentro, ellos solitos. Ya debe de ser un viejales, así que debo apresurarme antes de que el tiempo me arrebate la posibilidad de matarlo con mis propias manos. Sé que es estúpido.
—¿Te quedaste solo?
—No. Cuando todo pasó pensé que sí, pero comenzaron a aparecer supervivientes. Un viejo al que todo el mundo tildaba de loco, el Viejo Mad, me adoptó, me crió; me enseñó a leer, a escribir, a luchar y a defenderme. Nunca me contó quién era, pero no alguien normal. Creo que siempre he estado rodeado de gente que no es normal… —Jack repasó mentalmente todas las personas que había conocido: Yak’i, el viejo que lo crió, Valek y sus secuaces, los Siete Eunucos, Teps el Inmortal, Leon, Madame Poppine, Koral… y tantos otros con los que se había cruzado a lo largo de su vida—. Al cabo de unos años el viejo Mad murió, y yo decidí buscar a Yak’i y vengarme. Me hice cazarrecompensas para sobrevivir.
—Tó esto es sobrecogedor. No sé qué decir. —Durante un minuto, Koral estuvo en silencio—. De verdad, espero que puedas cumplir tu venganza.
—Yo también lo espero, aunque ya no recuerdo a mis padres. Ya no sé por qué sigo con esto, si te soy sincero. Lo olvidé durante diez años, y aquí estoy, de vuelta donde todo empezó. —Y al barman—: Jefe, ¿cuánto te debo?
—Un den y diez denis.
Koral fue a sacar el dinero para pagar su parte, pero Jack pagó por ambos.
—Vaya, gracias —dijo el mecánico. Se levantaron—. Cuando hablabas con Barry mencionaste algo sobre Edén y que le perdiste la pista allí.
—Sí. Hubo una época en que lo tuve a mi alcance. Iba por el Páramo saqueando y matando allí por donde pasaba. No sé qué diablos busca, pero va tras algo. Cruzó la Ruta del Petróleo, por donde los caravaneros traen la gasolina de las refinerías del Lejano Este. Asedió la Puerta de Oriente, su ejército fue aniquilado y él escapó.
»Viví en Edén, como policía, ganduleando. Hace unos meses tropecé con uno de mis mayores enemigos, uno de los lugartenientes de Yak'i. Me enfrenté a él, me dijo que volviera al Páramo. Y, bueno, eso es todo.
—Tó esto es muy misterioso. —Koral esquivó un coche.
—Sí que lo es —coincidió Jack.
—Cuenta conmigo.
—¿Qué?
—Voy a ayudarte a encontrar al capullo ese, lo he decidío —declaró Koral con entusiasmo.
—No es un juego, lo sabes —repuso Jack, no sin asombro por aquel ofrecimiento.
—Ya estoy medio metío, y ya sé que no es un juego. En unos días m'han pasao más cosas que en toa la vida. ¡Necesitas un compañero! Al menos, un techo: el mío. Déjame ayudarte.
El cartel luminoso de La Cueva asomó al doblar una esquina.
—Lo pensaré. Acepto el techo —dijo Jack tras meditarlo—. Por cierto, gracias por escucharme.