13 jun. 2014

DEN 2. 9-El Viejo Ermitaño

—Je… —El viejo ermitaño babeaba.
En la pantalla del televisor, una voluptuosa mujer le hacía todo tipo de guarradas a un batallón de soldados. Los gritos de placer, los gemidos, tronaban en ese cuartucho donde vivía el anciano. El suelo se hallaba alfombrado de nuke. Las pastillas brillaban con una inquietante luminiscencia. ¡Genial! El supuesto vidente era un puñetero viejo verde, rico y adicto. No es que fuera un problema, la droga era tan normal y común como el soylent, e incluso como el agua. El mundo se consumía por culpa del nuke. No había, no existía otra cosa, pero confiar en un colgado no era precisamente lo que tenía en mente.
—¿Qué tal se encuentra hoy? —Koral alargó el brazo con la intención de coger una pastillita del tocador.
El viejo giró la cabeza y le propinó un bastonazo en los dedos. Koral, sumido en su dolor, no pudo ni emitir una queja. Jack reparó entonces en que el vidente era ciego. «Buena puntería —pensó en un principio, y después—: Coño, y ¿qué hace un ciego viendo una película porno?». Aquello tomaba un cariz que no le gustaba. El jodido mecánico podía tener razón, lo que empeoraría las cosas. Un vidente pervertido y drogadicto. Las canosas y largas cejas del anciano se arquearon.
—¿Qué hay, capullo? —le espetó a Koral—. ¿Qué te trae por aquí?, ¿quién te acompaña?
—Estamos buscando a una persona. Bueno, él. —El mecánico señaló a Jack. Un gesto que podría parecer estúpido, puesto que el vidente era, contrariamente y a pesar de todo, un invidente.
—Pues ya lo has encontrado.
La película concluyó de forma tan salvaje que a Jack le volvieron las náuseas. Era inconcebible que a alguien le gustara eso.
—Me refiero a que él necesita que le digas dónde se encuentra un tipo. —Koral resopló.
—¿A quién buscas?
El viejo se acarició con una pastilla de nuke el cuello, bajo el mentón. Sus ojos se tornaron aún más blancos y un suspiro de placer surgió de sus labios. La droga fue deshaciéndose a medida que entraba por los poros de su piel. El efecto era inmediato.
—Hala, ¿por qué a él no lo llamas capullo? —protestó Koral.
—Calla, capullo lameculos —le espetó el viejo.
—¡Ariooo, como la eztrella de laaa mañanaaa! —Por ahí fuera canturreaba Bruga una canción popular.
Jack se puso alerta. Koral, que miraba mosqueado al vidente y a las pastillas con codicia, ni se percató.
—Se llama Yak’i —le explicó Jack—. Hace diez años le perdí la pista. Era cono…
—No necesito saber más.
El viejo ermitaño cerró los ojos, en trance, por efecto del nuke. ¿De dónde sacaría el dinero? Cientos de paquetes y pastillas se amontonaban por todo y tenía hasta un televisor e incluso algunas cintas de vídeo. Comenzó a sospechar que Koral no sería el último en sonsacarle los dens. ¡Qué bien!, ya casi no le quedaba nada. Un par de días más en Metrópolis y acabaría más pobre que las ratas.
—¿Cuánto pide?
—Nada. Bueno, sí, algo sí que quiero: tráeme una buena película cuando logres atrapar al tío que buscas.
—¡¿Cómo?! —gritaron Jack y Koral al unísono.
—¡De ti dezeo yo el calooor, fuego en la zangre noz corre a loz doooz! —gritaba, a lo lejos, Bruga—. ¡A mí por dentrooo y a ti por fueraaa, cuando por mi puño tú te mueraaaz!
Se escucharon risas. Koral miró a Jack, aterrorizado. Sus ojos abiertos como platos suplicaron.
—La persona que buscas está en Metrópolis —dijo el vidente sin más—. Ahora, largaos. No quiero peleas en mi casa.
—¿En Metrópolis? ¿Cómo que en Metrópolis?, ¿qué quieres decir? —balbució, indignado, Jack—. Mira, tengo dinero para pagarte. Dime exactamente dónde está.
—Yo ofrezco facilidades, no soluciones. Cada uno debe esforzarse en lograr sus objetivos por su propia cuenta.
—Jack —Koral temblaba—, si da una orden es mejor obedecer, te lo aseguro. Ya es más de lo que has podío averiguar en años. ¡Ay, que me voy a morir!
—¡No, no puede quedar esto así! ¿Qué pinta Yak’i allí?, ¡es absurdo! ¡Llevo veinte años detrás de él! ¿Qué significa eso de que cada uno debe apañárselas solo?
—Escúchame, sé otra manera, ¡pero ayúdame! —le suplicó Koral.
—¡Ni hablar, no te creo una palabra! ¡Y mira en lo que me has metido!
—¡Te presentaré a Leon! ¡Él lleva el cotarro fuera de Metrópolis! ¡Con lo que ya sabemos, no le será difícil averiguarte dónde está ese hijoputa!
—¡Joder!
El viejo ermitaño reproducía una cinta de vídeo nueva. Jack salió, con temor, imaginándose un perdigón de la escopeta de corredera del ogro impactándole de lleno. Koral se escondió detrás de él.

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