12 jun. 2014

DEN 2. 8-El Vertedero

—Maldito bastardo —dijo Koral poniéndose de nuevo las gafas en la frente—. Voy a tener que darle mi taller.
El maldito bastardo, advirtió Jack, les seguía desde lejos por todo el Arrabal. Algo tramaba.
—¿Qué pasó con tu taller?
—Me entraron hace un mes y me lo desvalijaron.
—¿No tienes idea de quién pudo ser?
—¿Idea? ¡Vaya si tengo idea de quién fue!
—Y ¿por qué no haces nada? No te entiendo. En vez de coger al cabrón que te robó, pides un préstamo a un mafioso.
—El cabrón que me robó… ¿Te refieres a Bruga?
—¡¿Qué?! —Jack se detuvo. Por el rabillo del ojo vio al ogro y a sus lacayos acechando a lo lejos. Posó la mano en la empuñadura de la escopeta, por si acaso.
—Sí, Bruga es un puto extorsionaor con mucha fama. Dicen incluso que fue un Revientacalles. Un día se personaron sus lacayos mientras dormía, me dieron de palos y se llevaron tó tipo de herramientas. Las de más uso, por supuesto, pa dejarme en la ruina y hacerse con el local.
»No podía trabajar. Quien no tenía miedo de Bruga, veía en cuanto entraba en el taller que no tenía las herramientas necesarias pa arreglarles las motos y las tuberías de las casas. Luego vino Bruga y me ofreció pagarme lo robao, lo que él me había robao, con un mes de plazo pa devolverle el dinero y un cincuenta por ciento de intereses. Hace poco, sus lacayos me hicieron otra visita a plena luz del día y se llevaron el dinero que tenía ahorrao.
—He visto que hay una autoridad firme en Metrópolis. La Cruz Escarlata, ¿no? —dijo Jack—. ¿Por qué no pones una denuncia?
—Aer cómo te lo explico: Bruga es un simple granuja comparao con la Cruz Escarlata. Los tipos estos llegaron, le metieron una bala entre ceja y ceja al gobernador Wallace y echaron a tó el que no tenía cobres fuera de Metrópolis. No les importa un pimiento lo que suceda aquí, en el Arrabal —le contó Koral—. Sí que hay una policía, pero tiés que pagar una buena suma por sus servicios: cien dens por investigar y otros cien por actuar, tirando por lo bajo.
—Echaron…
—Sí. Ni el maldito Plan de Reubicación para Mejoría de Calidad del Ciudadano con Bajo Poder Adquisitivo del gobernador Wallace podría haberlo hecho mejor.
Jack no tenía palabras. La curiosidad lo estaba matando, necesitaba saber qué había pasado en aquellos años, pero reservó tantas incógnitas para su encuentro con Barry.
La frontera entre el Vertedero y el Arrabal era clara como el agua: sólo había que establecer una línea divisoria en el lugar en el que la basura y la chatarra comenzaban a amontonarse hasta formar auténticas paredes malolientes. Carreteras cortadas y semiderruidas colgaban sobre sus cabezas, hundiendo en las tinieblas el Vertedero. Éstas debían cruzar también el Arrabal, pero el Apocalipsis lo desintegró todo. Sólo quedaban tres autopistas en pie, que partían de Metrópolis y se alejaba muchos kilómetros fuera de la ciudad. Cientos de dunas, de verdaderas montañas de basura, conformaban el paisaje del Vertedero. Y contra todo lo que pudiera parecer, allí vivía gente. Y no poca.
—Cada vez que vengo por aquí, me se ponen los pelos como escarpias. —Koral había desenfundado la llave inglesa que colgaba de su cinto—.Unas semanas atrás hubo una batalla campal. Unos y otros, tós dándose porrazos y acuchillándose. Medio Vertedero participó; y la policía de la Cruz Escarlata lanzó algunas granadas desde allá arriba, desde la autopista, por diversión. El aburrimiento, que es malo.
A la media hora, en el camino, se derrumbó una montaña de chatarra. Docenas de ratas salieron disparadas por todos lados. Koral le contó a Jack que innumerables veces acudían las madres a los médicos llorando porque las ratas mordían a sus hijos, contagiándoles todo tipo de enfermedades. ¿Qué esperaban? Pero no eran capaces de relacionar la suciedad en la que convivían y con la cual colaboraban con la presencia de los peligrosos roedores. La ignorancia a veces sobrepasaba límites inimaginables.
—Estamos llegando. Por aquí, el vidente es bastante conocío, pero la gente piensa que es simplemente un viejo chocho —explicó Koral—. Por eso es difícil dar con él.
Estaban cerca de uno de los soportes de la autopista que pendía sobre sus cabezas. Pegada a la columna había una montaña enorme de mierda, y unas placas de metal amontonadas le daban forma de entrada, como si de una cueva se tratara. Un haz de luz surgía de su interior y el sonido de un televisor llegaba hasta sus oídos.
—Entra —urgió Koral.
Jack giró la cabeza con disimulo, quizás les habían perdido el rastro a Bruga y sus lacayos. Entró.

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