11 jun. 2014

DEN 2. 7-Koral

—Sí, yo podría llevarte. El viejo ermitaño es un vidente, lo sabe tó. —Koral se limpió las manos empapadas de alcohol en la camiseta de tirantes que llevaba, toda sucia de sudor y grasa de maquinaria, y se ajustó las gafas de aviador que llevaba en la cabeza—. Un den y trato hecho.
—Toma, estáis todos empeñados en joderme. —Jack arrojó la moneda sobre la barra, bastante incrédulo ante la mención de videntes pero sin mucha alternativa.
—¡Quieto parao! —Barry atrapó la moneda al vuelo—. Me debes muchas más. Ésta es mía.
—No me hagas esto, Barry… —la voz quebrada del pelirrojo denotaba una gran desesperación. ¿A qué?
La respuesta llegó al momento: un gigantesco ogro alzó de los pantalones a Koral con ambas manos hasta situar ambos rostros a la misma altura.
—¡¿Dónde eztá mi dinero, mequetrefe?! —escupió el ogro. De entre los colmillos amarillentos de su boca surgía un olor hediondo, como a podrido. No le quedaban más dientes que éstos, y ceceaba como si la lengua le colgara muerta—. ¡Deberíaz eztar reuniéndolo, en vez de eztar tó el día aquí zentao!
—V-vaya, eh… Qué alegría, ¡tú p-por aquí! —tartamudeó Koral—. P-precisamente te he estao b-buscando pa decirte que c-casi he reunío tó tu d-dinero.
—¿Cazi?
—Sí, bueno… Tiés que darme unas semanas más, Bruga.
—¡Comemierda! —aulló el ogro—. ¡Haz tenío tó un mez para reunirlo! Tú vienez a Bruga llorando: «¡Porfa, porfa, necezito que me preztez dinero! ¡Ayuda, por favor, mi taller ze ha ío al carajo!». Yo, muy amable, te lo doy, como buen hermano. Luego me vuelvez con que te lo han vuelto a robar, penzando timarme pa no devolvérmelo, pero te lo dejo pazar. ¡¿Y tú me lo agradecez azí, pretendiendo quedártelo para ziempre?! Qué paza, ¿me tomaz por tonto? ¡Puez a lo mejor Bruga ez máz lizto que tú! ¡A lo mejor Bruga te va a partir laz piernaz como no me dez mi dinero!
—¡Te prometo que en dos semanas lo tengo tó! —Koral revoloteó con los brazos aterrorizado—. ¡Te lo prometo!
Los ojos del ogro ardieron con un fuego rabioso. Algo pasó por su cabeza. Jack se fijó en la escopeta de corredera negra que llevaba colgada a la espalda. Una buena arma; una Remington, como la que tuvo una vez, hace mucho, pero que al igual que muchas otras cosas perdió.
—¡Una zemana tienez, una! El próximo juevez te quiero de nuevo aquí, a la mizma hora. ¡Pero con el dinero en laz manoz, no ahogándote en cerveza aguada!
El ogro dejó caer a Koral y abandonó el local junto con sus secuaces.
—Estoy muerto. —Koral se quitó las gafas, apesadumbrado, y agachó la cabeza—. Déjame en paz. Pídele a Barry que te devuelva el den.
—¡Eh, a mí no me metáis!
—¡Oye, cumple con tu parte del trato o…! —le amenazó Jack.
—¿Cuánto le debes? —interrumpió el barman.
—En total, cien dens —dijo el mecánico.
—¡Por la Aulladora! Sí que estás muerto, bien fiambre. Y ¿cuánto te falta?
—¡Sesenta y cinco putas moneas, pero ese hijoputa no deja de acosarme tó los días! Barry, si tú pudieras…
—Mira, chico, que te conozca por tu nombre no significa que sea tu amigo. Bastantes copas me debes ya. Búscate la vida, no he llegado a ser dueño de esto siendo una hermanita de la caridad.
—Llévame al ermitaño y te daré otro den. Sentado no vas a hacer nada —insistió Jack.
Koral resopló, estaba angustiado. Jack conocía muy bien ese tipo de expresiones: eran las de los que sabían que no tenían oportunidad y se rendían, pero aún así tenían la esperanza de sobrevivir y de que un milagro les arreglara la vida. Mala combinación de sentimientos. Por lo general, acababan muriendo por falta de voluntad.
—¿Qué dices?
—Está bien, vamos. El viejo ermitaño vive en el Vertedero, muy pocos conocen su escondite.
—Jack, vuelve; tenemos muchas cosas de que hablar —rogó Barry.
El robot y el psicodélico grupo estaban ya recogiendo sus cosas.

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