10 jun. 2014

DEN 2. 6-Un viejo conocido

Jack apuró el whisky en un par de sorbos.
—Un momento… —El barman se le acercó—. ¿Jack? ¡No es posible! Sí, qué coño, ¡eres tú!
—Vaya, has cambiado mucho. —Jack le dio un efusivo abrazo, un reencuentro que tal como estaban las cosas, solo en un mundo distinto al que recordaba, le resultó una mano ayudándolo a salir de un pozo—. Te recordaba mucho más famélico. ¿Qué es de tu vida? Deduzco que este bar es tuyo, nadie paga tanto a sus empleados como para que se llenen la panza de esta manera. Estás gordo.
—Pues sí, y no te creas que no me trae problemas. Tengo que llevar conmigo a dos guardaespaldas a todas partes. Esta barriga está clamando: ¡soy rico, clavadme un cuchillo de carnicero y llevaros todo mi dinero! ¡Y me acaba de salir una rima! —exclamó Barry—. Pero, ¡¿cómo es posible?! Estás exactamente igual que la última vez que te vi. ¿Qué clase de brujería es esta?
—Narcisina, una sustancia que usan en el Lejano Este como condimento para la comida. Su fin es poco más que estético, alarga algo la vida, y ya estoy envejeciendo de nuevo —dijo Jack, y Barry poco entendió—. ¿Y tu familia?
—Mi mujer murió de tuberculosis y Charlie estará ganduleando por ahí.
—Lo siento por tu mujer.
—Nada, nada. —Barry chasqueó la lengua—. Esa puta me amargó la vida. El día que murió agarré un coma etílico.
Hablaron largo rato. El barman le contó cómo llegó a tener un bar y una buena reputación, justo después de la muerte de su mujer, y Jack le relató algunas de sus vivencias en el Lejano Este. El chico de los pelajos rojos tenía el oído pegado a la conversación. Jack le dio una patada en la pantorrilla.
—¿Y cómo has sufrido tanto para volver? ¿No lo hiciste en vehículo?
—No quiero hablar de ello —contestó Jack con hosquedad, dando a entender que había pasado por mil perrerías.
El robot de Edén cantaba ahora algo sobre un tipo que trabajaba en una mina de carbón. Todos los miembros de la banda se habían colocado unos cascos de obrero, sustituyendo los redondos maceteros escalonados de color rojo que habían llevado antes. La barra se llenó de botellas de cerveza vacías que bailaban peligrosamente sobre un charco de whisky derramado. Flotaba en el ambiente el espeso humo del tabaco y el hedor a alcohol y a sudor se adhería a la ropa y a la piel. El gremlin que había matado al tipo fornido en la calle había vuelto, echó de su sitio a un par de borrachos y se sentó. Había canguelo en los rostros de la clientela, parecía ser alguien conocido… y peligroso.
—¿Crees que el Terror Rojo ha vuelto al Páramo?
—No lo creo, lo sé —afirmó Jack.
—¿Cómo estás tan seguro?
—No supe de él en desde que llegué a Edén en adelante, pero me crucé con Valek, ¿te acuerdas? Está muerto, pero antes de morir me dijo: «vuelve por donde viniste». Secuestró a algunos científicos de Edén. Algo relacionado con Yak'i. No sé para qué.
—Pues vaya nuevas que traes. No lo vayas diciendo por ahí; su sombra aún perdura. Ya se me están subiendo a mí las pelotas a la garganta de pensar que ese energúmeno pueda volver a las andadas. Y ese Edén del que hablas me pone los pelos de punta, no me preguntes por qué.
—¿Por qué? —dijo Jack sin pensárselo dos veces.
—¡¿Robots por todas partes que te sirven cóctel de nuke y te liman las uñas de los pies?! Eso no puede ser bueno, cualquier día se les cruzan los circuitos y montan una buena escabechina. Sin ir más lejos, mira esa lata de ahí. —El barman señaló al robot que cantaba—. ¡Joder, si parece una persona!
—Tonterías, no son más que máquinas. —Jack le restó importancia al asunto con un gesto de la mano—. De cualquier manera, si sigue vivo, sólo puede estar aquí, en el Arrabal. A un tipo como él no lo dejarían entrar nunca en Metrópolis.
—No me ha llegado nada a los oídos de Yak’i ni de su despreciable banda. La última vez saliste por patas hacia esa Ruta del Petróleo, cuando lo del pobre Andrew. Yo creo que la ha palmado, pero hay alguien que quizá… —Barry pensó, y al tipo del pelo rojo—: Koral, tú conoces al ermitaño, ¿no?

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