8 jun. 2014

DEN 2. 5-Música multirracial

El gremlin atravesó volando la puerta doble del bar y aterrizó sobre un charco. Para asombro de Jack, no presentaba los usuales tembleques de su especie.
—¡Te vas a enterar, renacuajo! —aulló un fornido hombre. Sostenía un pesado garrote con ambas manos y olía a alcohol rancio.
El humanoide, con una hábil cabriola, se incorporó, apuntó al hombre que avanzaba hacia él y apretó el gatillo del revólver que llevaba sujeto al cinto al modo del bandido, la bala rápida, de forma que al apoyar la mano en la empuñadura el cañón quedaba encarado hacia delante. Era un estilo muy popular entre la gente que vivía de la violencia, o sea, entre el noventa por ciento de la población del Páramo. El otro diez restante parecía no aprender la lección nunca. El hombre se desplomó levantando una nube de polvo. En su cara había quedado dibujada una mueca de espanto. Lo que decía: los gilipollas incondicionales no aprendían nunca. Nadie caía en semejante artimaña. El gremlin recogió su sombrero, se sacudió la ropa, echó pestes al verse cubierto de barro y desapareció por una esquina refunfuñando.
Una estruendosa música provenía del interior del garito. La Cueva. Quizás, ahora que el mundo parecía apelotonarse en el Arrabal, le sería más fácil seguirle la pista al hijoputa de Yak’i, al que había perdido en la peligrosa Ruta del Petróleo. Él era el motivo por el cual se había ausentado del Páramo, tras una larga persecución que acabó con sus fuerzas, hasta que se olvidó de él, desanimado, abandonándose al vicio y al sedentarismo; y también era él el motivo por el cual había vuelto, y no había mejor lugar en el que empezar a buscar que en los bares atestados de Metrópolis. Jack entró.
Gentío, humo, y alcohol; y una banda muy particular en una tarima. Un ogro tocaba la batería, o más bien la aporreaba con sus gruesas manos. Su piel verde resaltaba en las tinieblas del local. A su izquierda, una humana en cueros manejaba con la soltura propia de las mujeres un bajo que tapaba sus partes pudendas. Y a su derecha, un gremlin sostenía una guitarra eléctrica. Pero lo que le llamó más la atención a Jack fue el robot que, como si de un ser vivo se tratara, cantaba con su electrónica voz provista de todo tipo de emociones y tocaba una psicodélica melodía con un sintetizador. Tanto el robot como el instrumento provenían de Edén, de eso estaba seguro, pero nadie reparaba en ellos más allá del entretenimiento, y Jack se preguntaba cómo habían podido acabar allí. Parecía tener alma, e incluso ser el líder, aunque dedujo que se debía a una programación especial para darle cierto carácter a la banda. No era más que una simple máquina.
La letra, menuda porquería: algo sobre una mujer de plexiglás, hecha de metal, y de un hombre al que le gustaba más así. Se sentó en un taburete, apoyando los brazos en la barra, al lado de un tipo delgado con una pelambrera roja más grande que su cabeza.
—¿Qué quieres? —preguntó el barman.
—Dame algo fuerte.

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