7 jun. 2014

DEN 2. 4-Todo ha cambiado

La Cruz Escarlata. Sí que había transcurrido tiempo desde la última vez que estuvo en Metrópolis. Por aquel entonces, diez años atrás, no había más de unos pocos centenares de casuchas a las afueras de la ciudad. Ahora eran miles. No concebía cómo era posible, pero, como mínimo, media Metrópolis estaba allí. ¿Qué diablos había pasado en el Páramo? Habían cambiado muchas cosas desde que tomara la legendaria Ruta del Petróleo hacia el Lejano Este. Había visto lugares que jamás creerían las gentes del Páramo, vivido por diez años en una futurística e idílica ciudad llena de sirvientes robóticos e incluso había combatido en auténticas guerras. Y al volver, creyó haberlo hecho a un entorno familiar, había experimentado fugazmente una agradable sensación de regreso al hogar. ¡Cuán equivocado estaba! Mucho había cambiado, y estaba seguro de que esa Cruz Escarlata que había mencionado ese malnacido del matasanos tenía algo que ver.
Dio un paseo por la Calle Ancha del Arrabal, observando el entorno. La misma mierda, al menos: polvo y tierra como una manta cubriéndolo todo, niños sucios jugando entre las callejas y vendedores de toda la porquería del mundo abarrotando el espacio libre. Eso no había cambiado, salvo por su magnitud. Daba la sensación de que toda la mugre y todos los seres vivos del Páramo hubiesen sido atraídos por una especie de imán hacia la ciudad extramuros. Pero a pesar de ello se sentía ajeno, y la nostalgia no lo había abandonado.
La enorme puerta de acero de Metrópolis apareció enfrente. A ambos lados había sendos guardias apostados. Vestían corazas de cuero teñidas de blanco, y en ellas les cruzaban el pecho cruces gamadas de color rojo. ¿Quiénes eran? ¿Cinco años atrás? ¿Cómo habían conquistado Metrópolis? ¿Y por qué no lo iban a dejar pasar? No entendía nada.
—¿Dónde está tu permiso? —demandó uno de ellos.
—¿Acaso necesito uno para entrar? —respondió, despreocupado en apariencia, aunque ya sabía la respuesta. Lo hacía sólo para provocar.
—Éste nos ha salío listillo —El segundo guardia le escupió en la bota. Jack no dijo nada, se limitó a restregarla contra la tierra—. Da la vuelta y vete a darle por culo a tu puta madre.
Sí que habían cambiado las cosas, sí.

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