6 jun. 2014

DEN 2. 3-Un antirad por un riñón

—Le he dicho que no, quiero un antirad y algunas cosas más —repitió Jack—. Ya me las apañaré por mi propia cuenta.
—Está bien, como usted mande —se resignó el doctor—. Si muere por esa mordedura, no dirá que no se lo advertí. Claro que muerto poco podrá abrir la boca…
Era un hombre delgaducho y enclenque que más que un matasanos parecía un chorizo. El hecho de que intentara por tres ocasiones venderle sus servicios reforzaba esta comparación. Jack se echó un vistazo a la herida, una mordedura de no más de tres centímetros de largo en la cadera y medio de profundidad. Ni le dolía ya. Era desesperante cómo ese médico se afanaba en sacarle los cuartos.
El matasanos volvió de un cuartucho de esa desvencijada chabola que llamaba consulta con una caja repleta de cápsulas. Le tendió una a Jack, quien estudió su contenido tratando de averiguar si aquel líquido transparente era de verdad un antirad o simple alcohol. Miró de reojo al doctor por si hacía algún gesto que lo pudiera delatar. Nada. Abrió el tapón, no olía a nada. El matasanos le arrancó la cápsula de las manos.
—¿Tiene con qué pagarlo?
—Claro, dígame el precio y devuélvame el maldito frasco.
—Nueve dens, un kilo y cien gramos de pólvora negra o veamos qué tiene.
—¡¿Me toma el pelo?! —bramó Jack.
—Es lo que hay —replicó el doctor—, no puedo hacerme ni con una docena de estos frascos al mes y de clientela viene el doble al día demandándolos. Además, no encontrará en ningún otro lugar salvo en Metrópolis, y sin un permiso de la Cruz Escarlata ya sabe que no se puede entrar.
—¿La Cruz Escarlata? —Jack frunció el ceño. Sabía que el tipo mentía en todo, pero esto último le pareció extraño.
—Sí, ¿cuánto hace que no viene por aquí? Ellos gobiernan Metrópolis desde hace cinco años. Qué, ¿lo toma o lo deja?
—Dámela, joder. —Jack, olvidando del todo las buenas maneras, arrojó las monedas sobre la mesa—. Tome.
Ahora vendría lo malo. Cerró los ojos con fuerza y se bebió la mitad del frasco. El doctor corrió a por un cubo. El dolor que llevaba soportando desde el día anterior le taladraba la cabeza. Las náuseas también aumentaron. La otra mitad del frasco se la inyectó con una jeringuilla en la herida infectada. Gimió y echó hasta las tripas en el cubo. Se tumbó un rato sobre una viga de madera que hacía las veces de camilla. El dolor, las náuseas y el malestar fueron desvaneciéndose con rapidez a medida que el antirad neutralizaba la contaminación en su organismo, hasta remitir del todo los síntomas de envenenamiento. Aliviado ya, su semblante demudó por completo en uno más jovial. ¡A la mierda los perros! Una vez más había sobrevivido sin ninguna consecuencia. Bueno, en cuanto se curara y desinfectara la herida, le quedaría una bonita cicatriz.
—Necesito algún antibiótico, alcohol y una antirrábica —le pidió al matasanos.
—¿Una qué?
—No me joda, ¿qué clase de doctor es usted? —Jack no reparaba en que alternaba entre el tuteo y las buenas formas de cortesía sin criterio alguno.
—El que ha evitado que se convierta en un muerto o, lo que es peor, en un necrófago.
—Bah, es igual. Tráeme lo que tengas.
Se lavó la herida con agua, jabón y un poco de alcohol; se tomó el antibiótico y por último cubrió la herida con una venda.
—¿Cuánto te debo? Y tenga cuidado, ya me ha cobrado lo que vale un riñón.
—Mmm… Por el antibiótico, las vendas y el alcohol, me vale con treinta denis. Descuento de la casa.
Jack abandonó la consulta maldiciéndose, de vuelta al Arrabal.

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