28 jun. 2014

DEN 2. 22-Mart

Durante horas pudieron escuchar a los monstruos pululando por ahí fuera; luego dejaron de oírse. Pero aunque todo estuviera en silencio, sabían que no andarían muy lejos. Debía ser de noche ya. Sacaron una pequeña plancha, encendieron un fuego y cocinaron la carne de la anaconda. Comieron, bebieron e investigaron la habitación. Había otra puerta, cerrada, y Koral estuvo trasteando con la cerradura hasta que logró forzarla con una ganzúa. Otra vez con las mochilas a la espalda, vagaron desorientados por un extenso complejo de habitaciones y pasillos anexos al túnel principal, hasta que regresaron a éste a una buena distancia del lugar del derrumbe. Se habían retrasado bastante.
—¡Ay!, ¿qué vamos a hacer? No podremos volver por donde hemos venío.
—Ya pensaremos en ello. Tengo la espalda destrozada por culpa de esta puta mochila —se quejó Jack, que acusaba una dolencia crónica—. Estos monstruos son de la Metrópolis abandonada. Este túnel debe llegar hasta allí y de alguna manera han encontrado algún agujero por el que colarse.
Al poco tropezaron con varios cadáveres esparcidos por el suelo. Sus rostros eran irreconocibles, todos ellos devorados y convertidos en carne machacada. Una peste nauseabunda provenía de sus cuerpos en putrefacción y se mezclaba con el olor a mierda y meado que las víctimas habían dejado salir de sus cuerpos al morir.
—Por el Gran Espíritu… —Koral se tapó la nariz y contuvo las arcadas.
—No está. Si éstos llevaban algún cargamento de nuke, quien los mató lo debió de robar.
—Debajo de éste hay algunas pastillas sueltas. ¿Nos las repartimos?
—No, yo no me meto esa mierda. Son todas tuyas.
—Chachi.
—Apaga la linterna.
—¿Por qué? ¡No se ve ná! —protestó el mecánico.
—Quien quiera que haya matado a estos hombres puede seguir acechando por aquí. No olvides que el asesino busca a los hombres de Leon para sabotearlos y robarles el nuke. Míralos. Y te recuerdo que ahora nosotros somos los hombres de Leon —le aclaró Jack—. Usaremos sólo mi linterna, y la mantendremos apagada, realizando pequeñas pulsaciones para vislumbrar el camino y no tropezar. No es una buena solución, pero algo es algo.
Lo hicieron así y no sufrieron ninguna emboscada ni asalto. Delante, las sombras exageradas por una tenue luz les indicaron que por fin habían llegado al puesto de guardia.
—¿Quién anda ahí? —Uno de los ogros apuntó con su fusil.
Junto a él, otros dos miraban con cara de pocos amigos. Tenían un fuego encendido dentro de un barril metálico y jugaban a las cartas sobre una mesa coja, sujeta por unos cuantos cascotes que hacían las veces de patas.
—Nos envía Leon —dijo Jack.
—¡Ya era hora! ¡Una semana con el puto mono y vosotros ganduleando! —bramó el ogro, y a uno de sus compañeros—. ¡Llama al jefe!
—¿Acaso no sabéis que tenéis varios cadáveres tirados ahí detrás? —replicó Jack.
—¿Y?, el jefe nos tiene prohibido aventurarnos más allá del control. Lo que pase fuera de nuestros dominios nos la trae floja.
—Entonces, también os la trae floja que se estén cargando a los secuaces de Leon, que vienen a traeros vuestro tan necesitado nuke, delante de vuestras jodidas narices, ¿no?
El humanoide calló, sin saber qué decir. Detrás venía el segundo ogro más grande que Jack había visto en su larga y tormentosa vida. El suelo hasta temblaba a su paso. A la espalda le asomaban todo tipo de cañones y culatas de armas, todas ellas igual de peligrosas, que le conferían el aspecto de un dios de la guerra. Se puso delante del otro más pequeño, crujiéndose el cuello con las manos, y se encaró con Jack. Estaba muy excitado y nervioso, hasta tal punto que las venas del cuello se le habían hinchado y los ojos le brillaban con una furiosa ansiedad.
—Bien, traéis el nuke, ¿no? —dijo con una poderosa voz—. Media fanega, veinte mil dens. He oído lo de vuestros compañeros. Dile a Leon que se cuide de mandar a gente competente para este trabajo.
—Son… —fue a decir Jack, pero Koral le propinó un pisotón—. Pero ¿qué…?
Soltaron las mochilas y un suspiro de alivio salió de los labios de Koral. Dos ogros sopesaron su peso, miraron su contenido y se inyectaron una pastilla cada uno. Se tranquilizaron al instante.
—¿Qué cojones te pasa?
—Jack, robar el nuke es una cosa, pero el dinero… —susurró Koral—. ¿De verdad crees que Leon se enteraría de que nos quedamos con los otros cinco mil dens? ¿Quién se lo iba a decir?
—¿Qué murmuráis? —Mart estaba demasiado tenso. Hacía movimientos bruscos, violentos, y ladeaba la cabeza hacia ambos lados de forma extraña. La abstinencia lo estaba destrozando.
—Nada —dijo Jack. Temía que fuera a saltar de un momento a otro, que fuera a estallar por el mono—. ¿Está todo bien?
—Perfecto, jefe —dijo uno de los ogros.
—Bien, aquí tenéis…
Antes de que pudieran entregarles el dinero, una bala precedida de un silbido atravesó a uno de los ogros de lado a lado.
—¡Nos atacan! —aulló uno de sus compañeros.
—¡Jack, ocúpate del resto! —gritó una voz femenina. La oscura silueta de una mujer se dejó ver un segundo entre unos vagones.
—¿Qué significa esto? —Mart agarró a Jack por el cuello y lo levantó.
—¡Cogedla, ella es la que ha estado matando a los secuaces de Leon! —protestó Jack.
—¡Mentira, hablas escupiendo flemas! ¡Esa mujer sabía tu nombre!
Antes de que pudiera protestar más, antes de que pudiera atravesar el duro cráneo de aquel ogro, dejar atrás la neblina roja de la furia provocada por la abstinencia y hacerle entender que la supuesta emboscada era tan increíble como disparatada y que no tenía ni pies ni cabeza, Mart levantó el puño para estrellárselo en la cara... y Jack le propinó un fuerte puntapié en la entrepierna, liberándose.

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