26 jun. 2014

DEN 2. 20-Una verdadera fortaleza

No durmieron en lo que quedaba de noche. La adrenalina había hecho mejor trabajo que cualquier droga. Además, no quedaba ya círculo de rocas donde resguardarse. Todo ocurrió muy rápido, el destrozo era indescriptible. Las rocas se habían desplomado y desmenuzado sobre la hoguera. Entre el montón asomaban las astillas de los postes y retazos de lona desgarrada. Un bonito montón de mierda. Y con una suerte antinatural, pudieron sacar de entre las rocas las dos mochilas de nuke intactas, junto con sus propios zurrones.
A unos metros, la cola de la anaconda había dejado de sufrir espasmos y yacía inmóvil. Jack se acercó y comenzó a pelar las escamas y a cortar en finas lonchas la carne de debajo.
—Joder, me he meao encima —dijo Koral—. Pensaba que sólo las lagartijas soltaban la cola.
—Pues, o estas serpientes son realmente particulares, o bien no son lo que aparentan. Quizás sean lagartos sin patas.
—¡Buaj! Tó esto me da repelús. —Koral se dobló sobre sí mismo y echó la cena por la boca.
—No tendría que haberte traído —expresó Jack, aunque reconocía que tener delante a dos de los monstruos más temibles del desierto impresionaba sobremanera. Habían tenido muchísima suerte. Se reprochó aquel descuido. No había creído que pudieran ser atacados por semejantes bestias en aquella zona, pero el Páramo había cambiado en su ausencia.
Al mediodía llegaron a la estación: una simple casucha de piedra con una entrada que descendía a la red de metro. En las cercanías, rodeada por una arboleda muerta, había una casa forrada de metal, toda ella blindada. Ni siquiera el behemot podría hacerle más que unas pocas abolladuras. Era una verdadera fortaleza en medio de la nada.
—Koral, escóndete con las mochilas.
Jack dio unos suaves toquecitos en la puerta, que se entreabrió con un chirrido. El interior estaba sumido en tinieblas. Permaneció alerta, con la escopeta cargada. En la puerta había una docena de cerrojos, pero un detalle le llamó la atención: no había ningún tipo de visor con el que escudriñar el exterior. Enfrente había luz, que caía en haz desde el techo. Avanzó con cautela. Fuera se escuchaba el molesto ruido de las chicharras.
En el salón se topó con una escena dantesca: un niño y sus padres yacían inertes en el ensangrentado suelo. Sus cuerpos presentaban innumerables cuchilladas. Sobre un colchón medio quemado por un farolillo, un anciano desnutrido luchaba por liberarse del abrazo de un doppel muerto. Jack lo apartó de una patada. El pequeño humanoide verde envuelto en la túnica de cuero propia de su execrable raza cayó boca arriba, mostrando un boquete en su pecho.
—Nos engañó —dijo el viejo—. Nos engañó a todos. El hermano de mi nuera salió ayer para comprar en el Arrabal. —Se echó a llorar—. Regresó al rato, gritando que le perseguían. Nos lo creímos, por supuesto, y abrimos sin pensárnoslo. ¡Ay, qué error! Su voz no daba lugar a dudas, pero lo que entró asesinando fríamente a mi hijo era esto. Cuando logré recuperarme de la conmoción y apretar el gatillo, ya estaba sobre mí.
—Tienes una herida muy fea.
—No importa —le costaba hablar—. Ya les dije que no nos fuéramos de la ciudad, que era mejor pagarle a ese cabrón el dinero que le debíamos. Que el Páramo no es lugar para el ser humano, pero la maldita droga les había arrebatado la capacidad de juicio. Y ahora…, ahora…, déjame. Coge lo que quieras y vete.
Jack no cogió nada salvo las llaves caídas cerca de la entrada, ni el revólver, que bien le podía servir al viejo moribundo. Cerró bien. A su vuelta echaría los cuerpos fuera y buscaría todo lo que pudiera serle útil, pues no tenía ganas para detenerse.
—¿Hay alguien? —le preguntó Koral.
—No por mucho tiempo. Tenemos una bonita casa con vistas al Páramo. —Jack le mostró las llaves de la casa.
Cogieron las mochilas y descendieron al oscuro túnel.

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