5 jun. 2014

DEN 2. 2-Soylent rosa

—¡Soylent verde, amarillo, azul! ¡Soylent de tó los colores y tó los tipos! ¡Hasta rosa, si queréis! —gritaba una vendedora a la entrada del Arrabal.
Cajones llenos de pastillas de muchos colores y de latas se agolpaban detrás de ella. Jack se acercó, esforzándose en dominar las náuseas que se habían aliado con su dolor de cabeza.
—¿Sabe de algún médico? —le demandó a la tendera.
A la mujer, gorda y arrugada, le salían unos horripilantes bigotes negros y gruesos como lombrices. Casi podía verlos contonearse de forma sinuosa.
—¿Tiés gana?, ¡compra un poco de soylent verde y llénate la panza! ¿Acaso sufres de dolores?, ¡aquí tiés de amarillo! ¿Quieres algo dulce que sus quite ese sabor agrio de la boca?, ¡soylent azul, tómate el capricho! ¿Tiés sed?, ¿no sus apetece una refrescante soylent cola? —la gorda habló, o más bien le gritó a la cara, lanzando pollos y escupitajos cada vez que sus labios esbozaban una palabra.
Jack se limpió el rostro con la manga de la camisa. Le entraron unas ganas de vomitar que apenas pudo contener, si bien no sabía si se debía a la radiación que operaba en su organismo o al asco que le causaba la mujer. Probó de nuevo:
—Disculpe, ¿sabe dónde puedo encontrar a un médico, a un matasanos?
—¡Prueba el nuevo soylent rosa! —reanudó la tendera—. ¡Como lo oyes! —Agitaba un ramillete de hojas secas rosáceas, evidentemente teñidas con algún burdo tinte—. ¡Prodigiosas, milagrosas! ¡Sus quitan el hambre, la sed!, ¡sus cura tó los males!, ¡hasta el envenenamiento!, y además, ¡sus anima la garrancha! ¡Cómpralas y hazle una visita a Madame Poppine! ¡Si le enseñas el ramillete a los guardias sus dejarán pasar!
Jack le tendió un par de monedas sueltas. La gorda puso las monedas en una balanza, le echó mano a la lupa, mordió el cobre.
—Con esto no te llega pa’l milagroso soylent rosa.
—Da igual, sólo dígame dónde hay un condenado matasanos —respondió Jack, a punto de perder los estribos.
—Ese edificio de allí, el del pendón blanco.

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