25 jun. 2014

DEN 2. 19-Las noches del Páramo

Tras la visita, Jack regresó con Koral. Compraron víveres para el camino y mientras el mecánico lo preparaba todo, Jack volvió a la tienda de armas del timador. Le arrojó al rostro el cartel con el precio de los cartuchos de la otra armería. Herman se llevó las manos a la cara —el cartel era de pizarra dura— y suplicó. Jack lo obligó a darle los cartuchos de diferencia entre ambos precios y compró también una pistola de segunda mano, pero en buen estado, por veinticinco dens y balas para Koral. No le iba a dar su vieja escopeta por nada del mundo, le tenía mucho cariño. Les habían proporcionado un par de mochilas de viaje llenas de nuke y pesaban un quintal cada una. Iba a ser duro, y no tenían dinero suficiente para alquilar una llama o un bramarán. A Jack no le hacía ninguna gracia salir al yermo con un joven mameluco como acompañante, pero no le quedaba otra.
—Posees un taller de coches y no tienes vehículo propio, ¡genial!
—Tenía una camioneta, muy parecía a la que nos hemos llevao esta mañana, pero se escacharró y todavía no he podío hacerme con otra.
—¿Podrás aguantar el ritmo?
—He realizao algunos viajes en el pasao ahí fuera, aunque es verdad que nunca así. Y estoy en forma. No te preocupes.
A la mañana siguiente salieron del taller. Partieron temprano. El sol no había aparecido aún. Habían juntado todo el nuke en una sola mochila y en la otra habían metido el agua. Además, Jack portaba la suya propia, aumentando considerablemente el peso, y era consciente de que no podía pedirle más a Koral.
Cuando se adentraron en el Páramo se cubrieron las cabezas con las capuchas de los abrigos. Koral le había prestado uno a Jack. Algunas horas con los rayos pegando fuerte podían fulminar a cualquiera, incluso en aquella época del año. Una nube de mosquitos los acompañó hasta que anocheció y el peso les machacó el ánimo.
Hicieron parada en Cicatriz, el pueblo minero donde Jack —recordaba vívidamente— había visto llover seres humanos y animales, arrojados al barranco de la Grieta en la masacre perpetrada por Yak'i. Descansaron, recargaron energías y víveres y reanudaron el viaje.
Por la noche encendieron una hoguera entre unas rocas altas a resguardo de la planicie e incluso extendieron una lona con postes y clavos para guarecerse un poco mejor. Comieron, y el cansancio acumulado les cayó como una pesada losa sobre sus cabezas.
—Yo haré la primera guardia —dijo Jack.
—Vale. —Koral se metió en su saco de dormir—. Nunca he dormío al aire libre. Es extraño, y acojona que no veas.
—Mantén la pistola cerca de tu mano. Tienes que dormir con un ojo abierto. Es difícil, uno nunca se acostumbra. Cuando viajas solo, si no encuentras una zona alta o bien escondida no te puedes permitir el lujo de dormir. Y ocurre muy a menudo. Hay toda clase de monstruos ahí fuera y casi todos son nocturnos.
A medianoche, Jack despertó a Koral.
—Te toca.
—No sé si podré aguantar esto —Koral se levantó, se alejó un poco para mear y volvió temblando—. ¡Leches, qué frío!
—No sueltes tu pistola para nada. Si oyes algo, me despiertas; si ves una sombra, me despiertas; si no hay nada, te pego una patada en el culo.
—¡Calma!
Koral pedía tranquilidad y él mismo era incapaz de tenerla. Cada minuto se hacía eterno, perdió la cuenta de las horas. Jack roncaba, pero aparte de eso, un silencio espeluznante reinaba en el ambiente. Deseó que hubiera ruido —no importaba de qué o de quién— y de inmediato se arrepintió: un siseo, el sonido de algo reptando por la tierra con lentitud, hacia el fuego, captó su atención. Su corazón comenzó a latir como si le fuera a estallar. Tragó saliva. Quiso gritar, llorar, correr…, pero estaba paralizado.
—Jack.
El pánico se adueñó de él. Logró mover las piernas y se acercó al bulto que era Jack y lo zarandeó. Una sombra se ocultó tras una de las rocas, a unos metros.
—Jack, hay algo.
Cuando Jack despertó ya tenía bien cogida su escopeta. Otro largo siseo se escuchó detrás. Koral gemía como un niño, la pistola temblaba en su mano. El cuerpo escamoso de una anaconda zigzagueaba entre las rocas, cerrando las tres salidas del círculo con su voluminoso cuerpo. Hecho esto, atacó. Quiso clavar sus venenosos colmillos en Koral, pero un disparo de Jack la hizo retroceder. Koral chilló y se pegó contra una de las rocas.
Se mostró de nuevo, con una osadía nacida de la confianza. Pilló a Jack desprevenido, se plantó frente a él. Levantó su cuerpo, alzando la cabeza a tres metros del suelo, llevándose la lona y los postes con ella, mientras un siseo aterrador surgía de su boca abierta. Una gota de veneno cayó en su hombro. Jack cogió aire, el cuerpo en tensión, en pugna consigo mismo por controlar el creciente miedo que se estaba apoderando de él. Debía apretar el gatillo antes de que la anaconda atacara. La sierpe echó la cabeza hacia atrás para tomar impulso.
El suelo comenzó a temblar con el trote de algo que se acercaba. ¡Pum, pum, pum! Las piedrecitas parecían pulgas. En una fracción de segundo, una bestia que hacía palidecer en tamaño a la anaconda la atrapó con unas garras de un metro de longitud. Jack empujó a Koral y lo apartó del círculo antes de que las rocas se le desplomaran encima, rodeadas por el cuerpo de la serpiente. Un atronador bramido les golpeó los tímpanos, haciéndoles perder el sentido del equilibrio y ensordeciéndolos. El suelo vibraba. Con no poco esfuerzo, el behemot logró arrancar de cuajo a la anaconda de las rocas y tal como vino desapareció, llevándose a su presa y dejando unas hondas pisadas por el camino.

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