24 jun. 2014

DEN 2. 18-El perro con ruedas

Tuvo Jack en el pasado dos profundas amistades, y las dos se habían sacrificado por él. Andrew, el legendario corredor, yacía junto con las otras víctimas de la Batalla del Canal en el monumento. Su otro amigo había sido adoptado por Barry. Se trataba de un perro rapiñador, Lenders, cruce de rottweiler y chacal, y a su modo, también una gran leyenda. Había sido el mejor compañero de Jack, su protector en la Zona Fantasma, en aventuras críticas que los habían colocado al borde de la muerte. Y gracias a él, que había sacrificado sus dos patitas traseras para salvarlo —aunque también, como efecto colateral, era el culpable de que a Jack le faltara un trozo de oreja—, había vivido para poder seguir con la venganza escrita en un papel hecho bola.
Aquel reencuentro se convertiría en el más emotivo. En cuanto se vieron, chillotearon ambos y se lanzaron el uno contra el otro en un abrazo lleno de lágrimas, lametones, besos, patadas en la cara y orina de chucho senil. Lenders aulló y pegó gritos histéricos y lloró sin control. Pululaba alrededor una manada de cachorritos y descansando en un rincón de la habitación la madre los miraba con curiosidad. Pasaron muchos minutos hasta que por fin el perro se calmó, aunque aún lanzaba esporádicos chilliditos de emoción.
Pudo ver Jack que Lenders tenía acoplada una silla de ruedas para moverse con una mediana dignidad. Había sido muy arriesgado, pero había salido a pedir de boca: traía consigo, de su estancia en Edén, unas patas de acero biónicas que permitirían al perro recuperar, sino ganar, el potencial que en el pasado exhibió. No sabía si a su vuelta volvería a reencontrarse con su amigo peludo, pero había acabado ganado la apuesta contra la incertidumbre.
—Tengo un manual de instrucciones para el injerto. Aunque no lo parezca, será una operación fácil —le dijo Jack a Barry.
—¡Esto es maravilloso! Qué tecnología…
Jack se puso de cuclillas y dejó las dos patas en el suelo, ofreciéndoselas al perro. Lenders las olisqueó y miró a Jack.
—Son para ti, para que puedas volver a correr.
Y el rottweiler entendió. Y las apartó con el hocico. Y luego con las patas cuando Jack insistió, extrañado. Y dio vueltas por la habitación a toda velocidad, moviendo la cola con gran alegría. Y Jack estaba muy desconcertado. ¡El maldito chucho prefería sus ruedas!

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