23 jun. 2014

DEN 2. 17-La Cruz Escarlata

—No te diré que cuando esta gentuza irrumpió en el Páramo no se me subieron los cojones a la garganta pensando en él, pero no, es imposible.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Es verdad que el Terror Rojo trajo muchas calamidades. Yak'i era jefe de unos bandidos, que puede que tuviera un pequeño ejército, pero esto ha sido una invasión. Algo así le es imposible. ¿Los has visto ya? Uniformes, armamento… Tú debías ser un niño, pero a mí me retrae al 63, a cuando el Humungus y su legión asoló el Páramo y casi lo conquista todo. La Cruz Escarlata entró también por el noroeste, así que no me extrañaría que sean sus descendientes.
Jack le dio en parte la razón y sus sospechas se redujeron. Esto le dio cierto alivio, pues temía que le fuera inalcanzable si Yak'i resultaba estar detrás, de algún modo, del nuevo gobierno.
Barry procedió a narrar lo que ocurrió:
—Cuando la Cruz Escarlata irrumpió en el Páramo, se produjo un éxodo masivo hacia Metrópolis y las poblaciones fueron abandonadas. No todo el mundo tuvo suerte. Al día siguiente, el ejército estaba acampado delante de la ciudad. Eran miles, con una flota de vehículos y artillería como nunca se ha visto. Yo recién llegaba de una misión, y al instante desalojamos la base y nos guarnecimos al abrigo de los muros. La histeria se contagió como una plaga, algunos decían «¡el Terror Rojo ha vuelto!» y otros «¡Humungus a las puertas!» y el gobernador Wallace no sabía cómo proceder. Su política económica y social había reducido el tamaño y la calidad del ejército y el muy cabrón nos exigió que prestáramos servicio, en retribución por su ayuda en la Batalla del Canal. Los muros de Metrópolis se atestaron de soldados armados. Un emisario de la Cruz Escarlata ordenó que depusiéramos las armas y dejáramos paso si no queríamos que corriera la sangre. Y muchos estábamos de acuerdo. No podíamos hacer nada. Pero se dio la orden de resistir.
»Si te digo la verdad, no fue tan terrible porque acabó demasiado rápido. Con el primer embate nos retiramos. El gobernador Wallace, viendo lo que se cocía, ordenó a sus tropas proteger el capitolio y dejó la ciudad a merced de los invasores. Maldito hijo de puta… Tenía la esperanza de que, por arte de magia, de impulso, de inercia o qué sé yo, la ciudad entera se alzara para responder y proteger las puertas. No fue así. Yo mismo me encargué de abrirlas. A tomar por culo. Y la Cruz Escarlata desfiló por la calle principal hasta el capitolio y hostigó a las tropas allí afincadas hasta que se rindieron. Adiós Wallace.
»Supongo que ya habrás oído el resto de la historia: echó a los pordioseros y los pobres. El interior de la ciudad cambió por completo. La sociedad cambió por completo. De pronto, estábamos viviendo en el Arrabal, sin asimilarlo, levantando chabolas a ritmo vertiginoso. Mira esto, en sólo cinco años se ha construido lo que habría llevado décadas.
—¿Por qué lo hicieron?
—Por cubrirse el culo, imagino. Un levantamiento habría sido una realidad posible, y más que probable. Así les es más fácil controlarlo todo —respondió Barry—. Hay varios miles de miserables aún dentro. Los más desafortunados. Tienen prohibido salir y están recluidos, se dice, en el polígono industrial. También se rumorea que se han convertido muchos pisos en palacios personales para los soldados, y que en ellos tienen esclavos como criados.
Reanudaron el silencio, recordando de nuevo las aventuras vividas con Andrew. Historias de moteros recorriendo el Páramo y cazaterosos deambulando por calles fantasma acudieron a sus mentes. La solemnidad del momento se rompió cuando Barry exhaló un «uhm» y exclamó alegre:
—¡Bueno, dejémonos de miserias! Hora de ir a verle, ¿no?
Jack sonrió, ansioso, y asintió con la cabeza.

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