20 jun. 2014

DEN 2. 15-Leon

Era una habitación extravagante, con cabezas que colgaban disecadas de las paredes y todo tipo de antigüedades. Jack las examinó: la primera lo estremeció, pues era la cabeza de un chacal y le vino a la mente la persecución en el Páramo; su piel había perdido su peculiar brillo enfermizo. Había también la cabeza de una anaconda, de un toro y de otras muchas criaturas. Una alfombra confeccionada con el pelaje de una llama cubría la entrada.
—Todo lo que ves lo he cazado yo —dijo Leon—. Sentaos.
Jack se sintió sobrecogido, como si del jefe del Arrabal emanara algún tipo de aura majestuosa, y muy peligrosa. Leon se echó su ondulado y larguísimo cabello negro hacia atrás y sonrió. Una sonrisa extraña y enigmática que turbaba. Tenía las facciones suaves y bien delineadas de una mujer. Jack tuvo que admitir que era guapo, y muy apuesto, como los príncipes con espada y caballo de los libros ilustrados que le leía el Viejo Mad, a pesar de que se notaba que ya tenía cierta edad.
Sin decir nada, confuso, Jack se sentó enfrente. Observó que Leon tenía unas buenas ojeras que afeaban un poquitín su rostro y que estaba nervioso. Enseguida se dio cuenta del porqué: unas marcas amoratadas en el cuello. Otro drogadicto. Increíble. En la mesa había una tirita de nuke, pero éste era del color de la sangre. ¿Una nueva droga?
—¿Con quién tengo el honor de hablar? —preguntó Leon.
—Me llamo Jack.
—No sé por qué, pero tu cara me suena de algo, aunque no consigo ubicar dónde te he visto yo antes…
Jack tenía una sensación parecida.
—¿Qué quieres de mí?
—Busco a alguien. Koral me dijo que usted podría ayudarme. Pagaré bien.
—El dinero me sobra. Y sí, claro que puedo. Pareces la clase de persona con habilidades más que suficientes para desempeñar cualquier trabajo.
—Estoy segurísimo de ello —afirmó Jack. Empezó a temer algún turbio asunto.
—Bien, pues. —Leon comenzó a dar toquecitos con los dedos en la mesa, cerca de la pastilla de nuke rojo—. Te explico: desde hace unas semanas, esto —Leon cogió la tirita roja y se la inyectó en el cuello— está suplantando al de toda la vida. Ninguno de mis hombres ha logrado sonsacarles nada a los camellos, son muy escurridizos. Algún hijodeputa me está jodiendo.
Jack se estremeció. El nuke rojo parecía tener un efecto diez veces mayor que el verde. Nunca había visto tanto placer en el rostro de nadie.
—El mayor problema, ¡ah!, es que ese mamón está saboteándome. Incluso ha matado a unos cuantos de mis hombres. Necesito que hagas una entrega a una tribu de ogros del Norte. Es un envío grande; deberías llevarte a Koral o a un animal, que para mí son la misma cosa, para poder cargar con los veinte kilos que vas a llevar encima. No recibirás ayuda de mi parte, ya he perdido algunos recursos y quiero ver si eres capaz.
—Y-yo… —tartamudeó el mecánico.
—A unos setenta y dos kilómetros siguiendo la autopista del norte hay una antigua estación subterránea. Es un camino largo por la superficie, pues el túnel de metro está cortado de aquí hasta esa estación. El tramo que cruzarás tiene tres kilómetros y lleva directamente hacia tu contacto —explicó Leon—. El ogro al que tienes que entregar la mercancía se llama Mart. Cuando regreses, hablaremos de lo tuyo.
Jack no fue capaz de protestar. No es que tuviera otra opción, pero al menos podría haberse hecho un poco el duro. La presencia de Leon anulaba su hombría. Incluso creyó sentir una pizca de respeto por aquel misterioso personaje. Pensó en dónde se estaba metiendo, en si habría otro modo de buscar a Yak’i que no significara inmiscuirse en turbios asuntos y obedecer las órdenes de un poderoso cacique. Tuvo la extraña sensación de que si se echaba atrás habría graves consecuencias.
—Muy bien, lo haré.
—En el recibidor os devolverán vuestras cosas. Les diré que te entreguen el nuke. Un den por gramo, harán veinte mil dens. ¡No! Quince mil, por esta vez. Llevan esperando demasiado. Si localizáis los otros dos cargamentos que envié, vendédselos a mitad de precio, maldita sea. Vigílalo bien. Y tú, Koral, más te vale no echarle mano a la mercancía.
Aquello no era un consejo, sino una verdadera amenaza. Koral tragó saliva, aunque jamás se le pasaría por la cabeza cometer tan funesto error.
—A propósito —dijo Leon—. ¿Cómo se llama esa pobre víctima de la que te quieres deshacer?
—Yak’i, aquel que era conocido como el Terror Rojo. Según tengo entendido, está en Metrópolis —respondió Jack; y las pupilas de Leon se ensancharon y se quedó ensimismado, absorto en algún recuerdo lejano.
—Quién lo iba a decir… —Leon sonrió.
«Lo conoce —pensó Jack—, sabe quién es. Me tiene en sus garras y me utilizará hasta que se canse de mí. Entonces, y sólo entonces, me dirá lo que quiero saber». Todo empeoraba.

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