17 jun. 2014

DEN 2. 13-Café matutino

El ruido del metal chocando entre sí y el chirrido de un taladro despertaron a Jack. Se quedó un rato mirando al techo, a la chapa carcomida por el óxido. Le dolía la cabeza, como si la tuviera embotada dentro de una bolsa de plástico. Salió. Koral trabajaba en la camioneta.
—La bella durmiente ha despertao —dijo Koral.
—¡Qué sol! —Jack se cubrió con la mano—. ¿Qué hora es?
—Las dos de la tarde. Has dormío como dieciséis horas.
—Me muero de sueño.
—Tengo algo de café, si quieres; pero déjame un poco. —Koral gruñía y apretaba los dientes por el esfuerzo de colocar un neumático en su lugar—. A ver si termino con esto y consigo algo de dinero.
—Sí, termina, que te recuerdo que tienes otra tarea pendiente; y en lo que a mí respecta, es más importante que ese montón de chatarra.
—Tranquilo, sólo tengo que ponerle las ruedas. Le aconsejé al tipo que debía ponerle remedio al tema del óxido, pero me mandó a tomar por saco. Tú ve haciendo el café, que yo acabo en un plis plas.
—¿De dónde lo sacas?
—La gente de Leon lo obtiene de Metrópolis. No sé qué contactos tié allí, pero debe ser algo grande. Leon distribuye también el nuke fuera de la ciudad desde que la Cruz Escarlata se encerró allí dentro. Los ogros del Norte se tiran de los pelos. El café se lo venden a Barry, y de ahí lo saco. Es de los pocos bares en tó el Arrabal con café, ¿sabes? Aunque nadie lo toma…
—Necesito ropa.
—¿No tiés más?
—Por desgracia, ya no.
—En el patio tiés un pilón, puedes lavarla ahí y tenderla. En cuanto acabe te buscaré algo.
Jack lavó la ropa, la tendió y se vistió con lo que el mecánico le dio: un pantalón vaquero y una camiseta negra muy ajustada que le hizo sentirse raro e incómodo. Fue a la cocina. En cuanto tomaron el café, Koral puso en marcha la furgoneta y la arrancó.
—El dueño vive cerca de Leon, así que aprovecharemos —dijo Koral—. Acuérdate, Jack, de tratarlo siempre con la máxima educación posible.
El traqueteo del vehículo era exagerado, tanto que parecía que fuera a hacerse añicos de un momento a otro. Aquel trayecto le dio a Jack una imagen precisa del tamaño que había cobrado el Arrabal. Era una auténtica ciudad, tan voluminosa como la Metrópolis habitada. Cientos de miles de almas debían haber sido arrojadas allí. Quien fuera capaz de llevar a cabo tal desahucio debía ostentar un poder inimaginable.
—¿No ha quedado Metrópolis vacía?
—Casi, casi. Pero mucha gente que ves aquí no es de la ciudá. Después de lo del Terror Rojo, la gente desertó de los pueblos y la mayoría han quedao abandonaos —explicó Koral.
—¿Y quién trabaja en las fábricas?
—Tienen dentro a los trabajadores justos pa esas cosas. ¡Los llamamos la Clase Media! Han tenío mucha suerte y se les permite vivir en la ciudá, pero separaos del resto. Ahora es el sueño de tó arrabalero.
A Jack, aquella estructura organizativa le traía muchos recuerdos.
Devolvieron la camioneta —el ánimo de Koral iba aumentando según contaba las monedas de su mano— y entraron por la puertecilla de un muro que rodeaba un palacio y un establo que se erguían sobre un montículo.
Jack se moría del dolor. El café, para mayor inri, le había dado más sueño. 

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