14 jun. 2014

DEN 2. 10-¡Voy!

—¡Cobarde, me da igual detráz de quién te ezcondaz! —Bruga y sus dos secuaces esperaban a sólo una docena de pasos de la casa—. ¡Zuz retorceré el pezcuezo a loz doz y luego zuz echaré a laz rataz!
—¿Por qué? ¡Me hiciste una promesa! —lloriqueó Koral.
—Te dije que Bruga no era tonto. Nunca quize el dinero, zólo te prezionaba pa hacer un poco de paripé y que te puzieraz nerviozo.
—¡Pues quédate el puñetero taller y déjame en paz!
—¡Ni hablar!, ¡ezto ze ha demorao demaziao! Correrían rumorez: «¡Bruga no cumple zuz promezaz, ¡Bruga ez un estafador!, ¡Bruga ez malo!». Y ezo zería malo p'al negocio.
—¡De extorsión, claro! —Koral salió de detrás de Jack—. Eres un hijo de perra…
—¿Me lo dicez o me lo cuentaz? ¡A por elloz, chicoz!
Los lacayos de Bruga, armados uno con una navaja y el otro con una larga cadena de hierro, se abalanzaron contra ellos aullando como poseídos, ávidos de sangre, drogados. El de la cadena trató de propinarle un latigazo a Jack. El impulso hizo trastabillar al macarra, cosa que aprovechó Jack para echársele encima con su daga en forma de cruz, clavándosela bien hondo bajo la axila. Un aullido de dolor se alzó sobre la algarabía de la orgía que se orquestaba en el televisor del vidente, quien reía a carcajada limpia. Fue muy rápido. La herida del costado —la mordedura de los chacales— le comenzó a molestar bastante, pero Jack aunó fuerzas para quitárselo de encima de una patada. El macarra, con el brazo medio cercenado, cayó al suelo y luego se perdió llorando y tambaleándose.
El otro quedó aterrorizado por la suerte de su compañero y Koral aprovechó para golpearlo con la llave inglesa en el rostro. Aturdido, el macarra soltó la navaja, se palpó la nariz y se limpió la sangre que manaba de ella con la manga de la camisa. Se le habían quitado las ganas de pelear. Más que a Koral, a quien temía era al otro tipo del pelo canoso y el machete que había mutilado a su compañero. Se fue caminando, sorbiendo y limpiándose la nariz sin mirar hacia atrás. Koral fue tras él, pegándole patadas y golpes con la llave, envalentonado.
—Bah, ¡qué me importa a mí que lez hagáiz hecho pupa a ezoz doz inútilez de mierda! —bramó Bruga—. ¡Vaiz a zaber lo que ez bueno! ¡Zuz voy a machacar!, ¡zuz voy a dezpellejaroz y a hacerme un abrigo con vueztraz pielez!
El ogro se arrancó la camisa de cuajo y avanzó eufórico hacia Jack. Escondió las manos y las volvió a mostrar al instante: en ambas llevaba puestos unos nudillos de metal. Estrelló los puños entre sí. Tan emocionado estaba que se olvidó por completo de su escopeta.
—¡Zuz voy a…!
¡Pum! Un perdigón le perforó la garganta. Su pecho había quedado destrozado y un ojo le sangraba con profusión. Jack fue hacia él. Bruga se retorcía, con las dos manos en el cuello.
—Parece mentira… —susurró Jack cogiéndole la escopeta de corredera—. Koral, me vas a presentar a Leon. ¡Ah!, y lo que tenías ahorrado para éste me lo quedo yo, que bastante me has hecho sufrir. Bueno, lo que te faltaba te lo perdono.
—Vale, ¡no hay problema!
Koral pateó al moribundo ogro una docena de veces. El desgraciado gruñía y gruñía y gorgoteaba como un puerco, sangrando, hasta que dejó de respirar.
—¡Limpiaba el agua del ríooo, como la estrella de laaa mañanaaa! —cantaba Koral, pegando botes y haciendo chocar los talones entre sí en el aire—. ¡Limpiaba el cariño míooo, al manantial de tu fuente claaaraaa!

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