4 jun. 2014

DEN 2. 1-Un mal día

Frío. Un viento como lenguas de hielo azotaba el desierto. Un silencio aterrador, desgarrado únicamente por la Aulladora, gobernaba en la noche y ponía de los nervios a la figura recostada en el tronco de un árbol macilento y deshojado. Sus nudosas raíces sobresalían de la tierra como los dedos de un muerto viviente y sus ramas se curvaban hasta tocar el suelo, queriendo horadar la misma roca. Una imagen tétrica y demasiado común, pues aquello era el Páramo. Había cosas peores.
La figura bajo el árbol se revolvió y medio incorporó. Un grave rostro masculino se mostró a través de una sucia capucha. Labios cortados, una oreja sin lóbulo y una amplia gama de cicatrices lo adornaban. Algunos mechones de pelo gris caían por su frente.
Profirió un doloroso quejido que se alzó por encima del viento y fue repetido por el eco. Como respuesta le sobrevino un aullido, detrás de una loma. Y otro. Un chacal asomó su corrupto cuerpo buscando, olfateando, localizando a su presa. Jack volvió a gemir, esta vez más bajo. Le echó un corto vistazo a la herida de su cadera, y uno largo a la bestia de la loma: su piel cuarteada y áspera refulgía con un enfermizo tono verdoso. La mordedura de su cadera brillaba de igual modo. Tenía que inyectarse un antirad cuanto antes si no quería empezar a sentir los efectos de la radiación.
Sostuvo su escopeta con fuerza, sólo le quedaba un cartucho y en la loma se arremolinaban ya media docena de aquellas bestias. No se atrevían a bajar, pues habían probado su recortada, pero tratarían de emboscarlo a la mínima oportunidad. No debía vacilar ni mostrarse nervioso. Quizás tuviera una oportunidad, las luces de Metrópolis dibujaban el horizonte. Comenzó a caminar con dificultad pero con paso firme. Continuamente volvía la vista hacia atrás y escudriñaba la oscuridad. Los chacales acechaban desde una buena distancia, resaltando sobre la negrura con su luz antinatural, fuera del alcance de su arma. Iban ganando osadía, acercándose cada vez más, hasta que Jack se puso tan nervioso que apenas podía mantener los ojos donde pisaba. Las bestias estaban a tiro de escopeta. Si querían, podían abalanzarse sobre él con un par de saltos.
No llegaría a Metrópolis. Tenía que hacer algo. Más adelante, a unos metros, había una roca alta con un saliente al que podía arrojar el lazo de la cuerda que portaba. La manada lo había cercado ya, formando un semicírculo a su alrededor. Lanzó una sola vez la cuerda confeccionada con intestinos de llama y acertó el lazo en el saliente. Los chacales conocían su intención, no le dejarían escalar la roca.
Tomó una resolución: sacó una muda limpia y la tiró al suelo. Vertió un poco de gasolina encima —no le quedaba casi en el bote— y le prendió fuego con un mechero para posteriormente emprender la escalada. Los chacales retrocedieron asustados; odiaban el fuego, por muy minúsculo que fuera. Les causaba terror.
Logró subir arriba y se tumbó para coger aire. Estaba agotado, muerto de frío y dolorido. Los chacales brincaban, aullaban y ladraban rabiosos sin saber cómo subir. Descansado un poco, hizo un esfuerzo y se puso de pie. Se quitó una camisa, amontonó ramas secas, vació el resto del bote, prendió una pequeña hoguera y se acurrucó cerca de la llama. Necesitaba calentar su cuerpo, aunque ello supusiera tener que quitarse algo de ropa. ¡Qué contradicción! Se había librado de las bestias, por el momento, aunque luego no sabría qué hacer. El viento había amainado, pero no el frío, y vio que no tenía con qué resguardarse cuando la llama se apagara. Exhausto, retorciéndose de dolor y tiritando, dio la batalla por perdida y rezó al Gran Espíritu para que le confiriera un milagro.
Una vez despierto, lo primero que hizo fue mirar si seguían cerca los chacales. No era así. Dio gracias a Gea por permitirle seguir viviendo. Lo segundo que hizo fue hacer una bola con la cuerda y prenderla tal como hiciera con la camisa. No debía haber dormido más de una hora o dos, pues su cuerpo no se había enfriado mucho. Se palpó la herida: ya no brillaba, pero la cabeza le dolía terriblemente. «Cosa mala», pensó; en unas horas comenzaría a vomitar.
La noche anterior, cuando huía de los chacales, no había reparado en la distancia que lo separaba de Metrópolis. Ahora se daba cuenta de que a medio kilómetro se hallaba el Arrabal, el cual recordaba muchísimo más pequeño. Una franja de chabolas se extendía hasta donde abarcaba la vista.
—¡Mierda de bestias y de ciudad!
Había sido un mal día.

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