30 jun. 2014

DEN 2. 23-Pelea de tres

—¡Corre, Koral!
Jack se lanzó a por su escopeta, que se había caído cuando Mart lo levantó, y disparó. Uno de los ogros se desplomó aullando. Corrieron todo lo rápido que sus piernas les permitieron. Del puesto de guardia surgió una docena más de ogros. Detrás, delante, a los lados y sobre ellos llovían balas de todas las armas posibles. Por suerte, los ogros no eran conocidos por su puntería, la cual, además, se hallaba bastante mermada por el mono de nuke que padecían. Mart, en especial, era incapaz de sostener con firmeza su fusil. Acabó estrellándolo contra el suelo, dispuesto a resolver la situación con sus propios puños. Por desgracia, por lo que sí eran conocidos los ogros era por su complexión atlética. Característica que quedó patente cuando el enorme corpachón de Mart se puso a la altura de Jack, propinándole un manotazo que logró esquivar a duras penas. Pero el movimiento le hizo trastabillar y recibió otro puñetazo que sí acertó, partiéndole el labio. Se golpeó la nuca contra el suelo y la vista se le nubló.
El jefe de los ogros lo cogió por la gabardina y lo alzó, balanceó, y arrojó hacia un vagón con la intención de estrellarlo contra él. Por fortuna, Jack cayó dentro. Cuando Mart subió al vagón, los perdigones de una escopeta le acertaron de pleno, destrozándole la dura coraza y empujándolo hacia atrás. Koral sostenía tembloroso el arma de Jack, a bastante distancia, y miraba hacia los ogros que venían en ayuda de su líder.
—¡Koral, por lo que más quieras, corre!  
—No p-puedo, me tiemblan l-las piernas —tartamudeó el mecánico devolviéndole la escopeta.
Jack le obligó a correr, y Koral corrió. Los gritos y bramidos de los ogros les llegaban con un ensordecedor eco que hacía temblar el túnel y desprender cascotes. Al avistar la pared de escombros donde los reptadores los atacaron, medio centenar de aquellas masas informes taponaban la puerta lateral y el vagón aplastado.
—¡Mierda, esta vez estamos perdíos! —Koral se llevó las manos a la cabeza.
Los ogros llegaron por detrás, y al verlos, los reptadores se relamieron y brincaron hacia ellos. Jack le disparó a uno y se tiró al vagón, siguiendo los pasos de Koral. Las abominaciones reptantes, viendo el peligro inmediato en los ogros, se lanzaron a por ellos sin prestar atención a los dos humanos que huían por el vagón, que se combaba de manera alarmante.
Los gritos, tiros, maldiciones, bramidos y chillidos de la lucha causaron un temblor en el túnel. Cuando cruzaron al otro lado, Jack se dio la vuelta y vio al malherido Mart y a sus ogros destrozar, estrujar, golpear y acuchillar a la marea de reptadores que se les echaban encima, mientras los escombros y cascotes acababan por aplastar del todo el vagón de tren y sellar el paso.

28 jun. 2014

DEN 2. 22-Mart

Durante horas pudieron escuchar a los monstruos pululando por ahí fuera; luego dejaron de oírse. Pero aunque todo estuviera en silencio, sabían que no andarían muy lejos. Debía ser de noche ya. Sacaron una pequeña plancha, encendieron un fuego y cocinaron la carne de la anaconda. Comieron, bebieron e investigaron la habitación. Había otra puerta, cerrada, y Koral estuvo trasteando con la cerradura hasta que logró forzarla con una ganzúa. Otra vez con las mochilas a la espalda, vagaron desorientados por un extenso complejo de habitaciones y pasillos anexos al túnel principal, hasta que regresaron a éste a una buena distancia del lugar del derrumbe. Se habían retrasado bastante.
—¡Ay!, ¿qué vamos a hacer? No podremos volver por donde hemos venío.
—Ya pensaremos en ello. Tengo la espalda destrozada por culpa de esta puta mochila —se quejó Jack, que acusaba una dolencia crónica—. Estos monstruos son de la Metrópolis abandonada. Este túnel debe llegar hasta allí y de alguna manera han encontrado algún agujero por el que colarse.
Al poco tropezaron con varios cadáveres esparcidos por el suelo. Sus rostros eran irreconocibles, todos ellos devorados y convertidos en carne machacada. Una peste nauseabunda provenía de sus cuerpos en putrefacción y se mezclaba con el olor a mierda y meado que las víctimas habían dejado salir de sus cuerpos al morir.
—Por el Gran Espíritu… —Koral se tapó la nariz y contuvo las arcadas.
—No está. Si éstos llevaban algún cargamento de nuke, quien los mató lo debió de robar.
—Debajo de éste hay algunas pastillas sueltas. ¿Nos las repartimos?
—No, yo no me meto esa mierda. Son todas tuyas.
—Chachi.
—Apaga la linterna.
—¿Por qué? ¡No se ve ná! —protestó el mecánico.
—Quien quiera que haya matado a estos hombres puede seguir acechando por aquí. No olvides que el asesino busca a los hombres de Leon para sabotearlos y robarles el nuke. Míralos. Y te recuerdo que ahora nosotros somos los hombres de Leon —le aclaró Jack—. Usaremos sólo mi linterna, y la mantendremos apagada, realizando pequeñas pulsaciones para vislumbrar el camino y no tropezar. No es una buena solución, pero algo es algo.
Lo hicieron así y no sufrieron ninguna emboscada ni asalto. Delante, las sombras exageradas por una tenue luz les indicaron que por fin habían llegado al puesto de guardia.
—¿Quién anda ahí? —Uno de los ogros apuntó con su fusil.
Junto a él, otros dos miraban con cara de pocos amigos. Tenían un fuego encendido dentro de un barril metálico y jugaban a las cartas sobre una mesa coja, sujeta por unos cuantos cascotes que hacían las veces de patas.
—Nos envía Leon —dijo Jack.
—¡Ya era hora! ¡Una semana con el puto mono y vosotros ganduleando! —bramó el ogro, y a uno de sus compañeros—. ¡Llama al jefe!
—¿Acaso no sabéis que tenéis varios cadáveres tirados ahí detrás? —replicó Jack.
—¿Y?, el jefe nos tiene prohibido aventurarnos más allá del control. Lo que pase fuera de nuestros dominios nos la trae floja.
—Entonces, también os la trae floja que se estén cargando a los secuaces de Leon, que vienen a traeros vuestro tan necesitado nuke, delante de vuestras jodidas narices, ¿no?
El humanoide calló, sin saber qué decir. Detrás venía el segundo ogro más grande que Jack había visto en su larga y tormentosa vida. El suelo hasta temblaba a su paso. A la espalda le asomaban todo tipo de cañones y culatas de armas, todas ellas igual de peligrosas, que le conferían el aspecto de un dios de la guerra. Se puso delante del otro más pequeño, crujiéndose el cuello con las manos, y se encaró con Jack. Estaba muy excitado y nervioso, hasta tal punto que las venas del cuello se le habían hinchado y los ojos le brillaban con una furiosa ansiedad.
—Bien, traéis el nuke, ¿no? —dijo con una poderosa voz—. Media fanega, veinte mil dens. He oído lo de vuestros compañeros. Dile a Leon que se cuide de mandar a gente competente para este trabajo.
—Son… —fue a decir Jack, pero Koral le propinó un pisotón—. Pero ¿qué…?
Soltaron las mochilas y un suspiro de alivio salió de los labios de Koral. Dos ogros sopesaron su peso, miraron su contenido y se inyectaron una pastilla cada uno. Se tranquilizaron al instante.
—¿Qué cojones te pasa?
—Jack, robar el nuke es una cosa, pero el dinero… —susurró Koral—. ¿De verdad crees que Leon se enteraría de que nos quedamos con los otros cinco mil dens? ¿Quién se lo iba a decir?
—¿Qué murmuráis? —Mart estaba demasiado tenso. Hacía movimientos bruscos, violentos, y ladeaba la cabeza hacia ambos lados de forma extraña. La abstinencia lo estaba destrozando.
—Nada —dijo Jack. Temía que fuera a saltar de un momento a otro, que fuera a estallar por el mono—. ¿Está todo bien?
—Perfecto, jefe —dijo uno de los ogros.
—Bien, aquí tenéis…
Antes de que pudieran entregarles el dinero, una bala precedida de un silbido atravesó a uno de los ogros de lado a lado.
—¡Nos atacan! —aulló uno de sus compañeros.
—¡Jack, ocúpate del resto! —gritó una voz femenina. La oscura silueta de una mujer se dejó ver un segundo entre unos vagones.
—¿Qué significa esto? —Mart agarró a Jack por el cuello y lo levantó.
—¡Cogedla, ella es la que ha estado matando a los secuaces de Leon! —protestó Jack.
—¡Mentira, hablas escupiendo flemas! ¡Esa mujer sabía tu nombre!
Antes de que pudiera protestar más, antes de que pudiera atravesar el duro cráneo de aquel ogro, dejar atrás la neblina roja de la furia provocada por la abstinencia y hacerle entender que la supuesta emboscada era tan increíble como disparatada y que no tenía ni pies ni cabeza, Mart levantó el puño para estrellárselo en la cara... y Jack le propinó un fuerte puntapié en la entrepierna, liberándose.

27 jun. 2014

DEN 2. 21-En el túnel

La oscuridad era palpable y las escaleras parecían no acabar nunca. Tras unos eternos minutos, los dos pequeños círculos de luz de las linternas que llevaban terminaron por mostrarles el final. Jack examinó la estación, espaciosa, con varias hileras de columnas que soportaban un techo resquebrajado que bien podía desplomarse en cualquier instante. Entre ellas había una serie de raíles que se perdían por donde la luz no alcanzaba.
—Qué oscuro está tó —murmuró Koral.
Avanzaron en completo silencio. Jack, de todas maneras, no tenía nada que decir. Koral, en cambio, ardía en deseos de sacar cualquier tema, por muy irrelevante que fuera, para romper ese silencio intolerante que envolvía el túnel. Por otra parte, no quería arriesgarse a despertar a los horrores durmientes que pudieran habitar allí. Ya había tenido su ración por la noche. Así pues, mantuvo la boca cerrada, con los nervios a flor de piel y los sentidos prestos a cualquier sonido, movimiento u olor extraños.
Poco después se detuvieron, el túnel estaba cortado por los escombros de un reciente derrumbe. El polvo aún flotaba en el ambiente y una clara luz bañaba los restos machacados de un vagón de tren que cruzaba hacia el otro lado.
—¿Vamos a pasar por ahí? —Koral lo veía muy arriesgado.
—No tenemos otra opción.
Jack se subió al vagón y caminó de cuclillas. La mochila le iba a quebrar la espalda. Los hierros del armazón crujieron a su paso de manera alarmante. Oyó un sonido borboteante, seguido del de algo que se deslizaba con torpeza, y retrocedió.
—¡Koral, échate para atrás!
—¿Qué?
Jack le dio un empellón y el mecánico cayó del vagón farfullando toda clase de insultos y maldiciones. Le quitó el seguro a la escopeta y bajó también mirando a Koral con cara de pocos amigos.
—¡Perdón, perdón! ¡Era una broma! ¡Ná de lo que he dicho es verdad! —lloriqueó Koral desde el suelo.
Jack se giró y disparó al amasijo de carne que apareció en el vagón, reptando hacia la oscuridad. El cartucho humeante cayó por un lado.
—¿Qué era eso? —Koral tenía los ojos abiertos como platos. En dos días estaba conociendo a toda la fauna autóctona del Páramo.
—Un reptador. Es como un escorpión sin patas, con dos muñones puntiagudos como únicas extremidades y todo carne y tendones —le explicó Jack, dándole la mano para que se levantara—. No debiera estar aquí, es una criatura de la Zona Fantasma. Debemos…
—¡Jack!
Un reptador brincó desde los escombros y se arrojó sobre él, enganchándose en su rostro. Jack forcejeó, tratando de quitárselo de encima, y el monstruo lo aguijoneaba con la cola, acertándole varias veces en el pecho. El borboteante sonido de docenas de aquellos repulsivos seres inundó el túnel. Koral miró atónito los contornos aún más negros que la oscuridad que se acercaban como una ola desde el otro lado del vagón y, desesperado, atisbó la forma de una puerta lateral que no habían advertido a la escasa luz de las linternas.
—¡Jack, por aquí! —Koral la abrió.
—¡Las mochilas!
Jack logró quitarse de encima al reptador. Lo destrozó de un tiro, convirtiendo el amasijo de carne viva en verdadera pulpa sanguinolenta, y fue tras los pasos de Koral, recogiendo las dos mochilas que habían caído al suelo.
Cerraron la puerta con un sonoro golpetazo. Los monstruosos seres se agolparon detrás, lanzándose uno detrás de otro contra el cristal de la ventanilla, haciéndola crujir y manchándola de babas y sangre. Pronto la romperían y entrarían en masa.
—¡Aquí hay otra!
Acabaron en una habitación, encerrados, pero con la certeza de que los reptadores no podrían tirar la pesada puerta, la cual atrancaron con mesas y armarios. Jack se despojó de la gabardina y se toqueteó el pecho.
—¿Estás herío? —se preocupó Koral.
—No, por suerte no ha atravesado el cuero. —Jack hundió un dedo en los hoyuelos de la gabardina—. Si hubiese llegado a darme con el aguijón, me habría quedado paralizado…

26 jun. 2014

DEN 2. 20-Una verdadera fortaleza

No durmieron en lo que quedaba de noche. La adrenalina había hecho mejor trabajo que cualquier droga. Además, no quedaba ya círculo de rocas donde resguardarse. Todo ocurrió muy rápido, el destrozo era indescriptible. Las rocas se habían desplomado y desmenuzado sobre la hoguera. Entre el montón asomaban las astillas de los postes y retazos de lona desgarrada. Un bonito montón de mierda. Y con una suerte antinatural, pudieron sacar de entre las rocas las dos mochilas de nuke intactas, junto con sus propios zurrones.
A unos metros, la cola de la anaconda había dejado de sufrir espasmos y yacía inmóvil. Jack se acercó y comenzó a pelar las escamas y a cortar en finas lonchas la carne de debajo.
—Joder, me he meao encima —dijo Koral—. Pensaba que sólo las lagartijas soltaban la cola.
—Pues, o estas serpientes son realmente particulares, o bien no son lo que aparentan. Quizás sean lagartos sin patas.
—¡Buaj! Tó esto me da repelús. —Koral se dobló sobre sí mismo y echó la cena por la boca.
—No tendría que haberte traído —expresó Jack, aunque reconocía que tener delante a dos de los monstruos más temibles del desierto impresionaba sobremanera. Habían tenido muchísima suerte. Se reprochó aquel descuido. No había creído que pudieran ser atacados por semejantes bestias en aquella zona, pero el Páramo había cambiado en su ausencia.
Al mediodía llegaron a la estación: una simple casucha de piedra con una entrada que descendía a la red de metro. En las cercanías, rodeada por una arboleda muerta, había una casa forrada de metal, toda ella blindada. Ni siquiera el behemot podría hacerle más que unas pocas abolladuras. Era una verdadera fortaleza en medio de la nada.
—Koral, escóndete con las mochilas.
Jack dio unos suaves toquecitos en la puerta, que se entreabrió con un chirrido. El interior estaba sumido en tinieblas. Permaneció alerta, con la escopeta cargada. En la puerta había una docena de cerrojos, pero un detalle le llamó la atención: no había ningún tipo de visor con el que escudriñar el exterior. Enfrente había luz, que caía en haz desde el techo. Avanzó con cautela. Fuera se escuchaba el molesto ruido de las chicharras.
En el salón se topó con una escena dantesca: un niño y sus padres yacían inertes en el ensangrentado suelo. Sus cuerpos presentaban innumerables cuchilladas. Sobre un colchón medio quemado por un farolillo, un anciano desnutrido luchaba por liberarse del abrazo de un doppel muerto. Jack lo apartó de una patada. El pequeño humanoide verde envuelto en la túnica de cuero propia de su execrable raza cayó boca arriba, mostrando un boquete en su pecho.
—Nos engañó —dijo el viejo—. Nos engañó a todos. El hermano de mi nuera salió ayer para comprar en el Arrabal. —Se echó a llorar—. Regresó al rato, gritando que le perseguían. Nos lo creímos, por supuesto, y abrimos sin pensárnoslo. ¡Ay, qué error! Su voz no daba lugar a dudas, pero lo que entró asesinando fríamente a mi hijo era esto. Cuando logré recuperarme de la conmoción y apretar el gatillo, ya estaba sobre mí.
—Tienes una herida muy fea.
—No importa —le costaba hablar—. Ya les dije que no nos fuéramos de la ciudad, que era mejor pagarle a ese cabrón el dinero que le debíamos. Que el Páramo no es lugar para el ser humano, pero la maldita droga les había arrebatado la capacidad de juicio. Y ahora…, ahora…, déjame. Coge lo que quieras y vete.
Jack no cogió nada salvo las llaves caídas cerca de la entrada, ni el revólver, que bien le podía servir al viejo moribundo. Cerró bien. A su vuelta echaría los cuerpos fuera y buscaría todo lo que pudiera serle útil, pues no tenía ganas para detenerse.
—¿Hay alguien? —le preguntó Koral.
—No por mucho tiempo. Tenemos una bonita casa con vistas al Páramo. —Jack le mostró las llaves de la casa.
Cogieron las mochilas y descendieron al oscuro túnel.

25 jun. 2014

DEN 2. 19-Las noches del Páramo

Tras la visita, Jack regresó con Koral. Compraron víveres para el camino y mientras el mecánico lo preparaba todo, Jack volvió a la tienda de armas del timador. Le arrojó al rostro el cartel con el precio de los cartuchos de la otra armería. Herman se llevó las manos a la cara —el cartel era de pizarra dura— y suplicó. Jack lo obligó a darle los cartuchos de diferencia entre ambos precios y compró también una pistola de segunda mano, pero en buen estado, por veinticinco dens y balas para Koral. No le iba a dar su vieja escopeta por nada del mundo, le tenía mucho cariño. Les habían proporcionado un par de mochilas de viaje llenas de nuke y pesaban un quintal cada una. Iba a ser duro, y no tenían dinero suficiente para alquilar una llama o un bramarán. A Jack no le hacía ninguna gracia salir al yermo con un joven mameluco como acompañante, pero no le quedaba otra.
—Posees un taller de coches y no tienes vehículo propio, ¡genial!
—Tenía una camioneta, muy parecía a la que nos hemos llevao esta mañana, pero se escacharró y todavía no he podío hacerme con otra.
—¿Podrás aguantar el ritmo?
—He realizao algunos viajes en el pasao ahí fuera, aunque es verdad que nunca así. Y estoy en forma. No te preocupes.
A la mañana siguiente salieron del taller. Partieron temprano. El sol no había aparecido aún. Habían juntado todo el nuke en una sola mochila y en la otra habían metido el agua. Además, Jack portaba la suya propia, aumentando considerablemente el peso, y era consciente de que no podía pedirle más a Koral.
Cuando se adentraron en el Páramo se cubrieron las cabezas con las capuchas de los abrigos. Koral le había prestado uno a Jack. Algunas horas con los rayos pegando fuerte podían fulminar a cualquiera, incluso en aquella época del año. Una nube de mosquitos los acompañó hasta que anocheció y el peso les machacó el ánimo.
Hicieron parada en Cicatriz, el pueblo minero donde Jack —recordaba vívidamente— había visto llover seres humanos y animales, arrojados al barranco de la Grieta en la masacre perpetrada por Yak'i. Descansaron, recargaron energías y víveres y reanudaron el viaje.
Por la noche encendieron una hoguera entre unas rocas altas a resguardo de la planicie e incluso extendieron una lona con postes y clavos para guarecerse un poco mejor. Comieron, y el cansancio acumulado les cayó como una pesada losa sobre sus cabezas.
—Yo haré la primera guardia —dijo Jack.
—Vale. —Koral se metió en su saco de dormir—. Nunca he dormío al aire libre. Es extraño, y acojona que no veas.
—Mantén la pistola cerca de tu mano. Tienes que dormir con un ojo abierto. Es difícil, uno nunca se acostumbra. Cuando viajas solo, si no encuentras una zona alta o bien escondida no te puedes permitir el lujo de dormir. Y ocurre muy a menudo. Hay toda clase de monstruos ahí fuera y casi todos son nocturnos.
A medianoche, Jack despertó a Koral.
—Te toca.
—No sé si podré aguantar esto —Koral se levantó, se alejó un poco para mear y volvió temblando—. ¡Leches, qué frío!
—No sueltes tu pistola para nada. Si oyes algo, me despiertas; si ves una sombra, me despiertas; si no hay nada, te pego una patada en el culo.
—¡Calma!
Koral pedía tranquilidad y él mismo era incapaz de tenerla. Cada minuto se hacía eterno, perdió la cuenta de las horas. Jack roncaba, pero aparte de eso, un silencio espeluznante reinaba en el ambiente. Deseó que hubiera ruido —no importaba de qué o de quién— y de inmediato se arrepintió: un siseo, el sonido de algo reptando por la tierra con lentitud, hacia el fuego, captó su atención. Su corazón comenzó a latir como si le fuera a estallar. Tragó saliva. Quiso gritar, llorar, correr…, pero estaba paralizado.
—Jack.
El pánico se adueñó de él. Logró mover las piernas y se acercó al bulto que era Jack y lo zarandeó. Una sombra se ocultó tras una de las rocas, a unos metros.
—Jack, hay algo.
Cuando Jack despertó ya tenía bien cogida su escopeta. Otro largo siseo se escuchó detrás. Koral gemía como un niño, la pistola temblaba en su mano. El cuerpo escamoso de una anaconda zigzagueaba entre las rocas, cerrando las tres salidas del círculo con su voluminoso cuerpo. Hecho esto, atacó. Quiso clavar sus venenosos colmillos en Koral, pero un disparo de Jack la hizo retroceder. Koral chilló y se pegó contra una de las rocas.
Se mostró de nuevo, con una osadía nacida de la confianza. Pilló a Jack desprevenido, se plantó frente a él. Levantó su cuerpo, alzando la cabeza a tres metros del suelo, llevándose la lona y los postes con ella, mientras un siseo aterrador surgía de su boca abierta. Una gota de veneno cayó en su hombro. Jack cogió aire, el cuerpo en tensión, en pugna consigo mismo por controlar el creciente miedo que se estaba apoderando de él. Debía apretar el gatillo antes de que la anaconda atacara. La sierpe echó la cabeza hacia atrás para tomar impulso.
El suelo comenzó a temblar con el trote de algo que se acercaba. ¡Pum, pum, pum! Las piedrecitas parecían pulgas. En una fracción de segundo, una bestia que hacía palidecer en tamaño a la anaconda la atrapó con unas garras de un metro de longitud. Jack empujó a Koral y lo apartó del círculo antes de que las rocas se le desplomaran encima, rodeadas por el cuerpo de la serpiente. Un atronador bramido les golpeó los tímpanos, haciéndoles perder el sentido del equilibrio y ensordeciéndolos. El suelo vibraba. Con no poco esfuerzo, el behemot logró arrancar de cuajo a la anaconda de las rocas y tal como vino desapareció, llevándose a su presa y dejando unas hondas pisadas por el camino.

24 jun. 2014

DEN 2. 18-El perro con ruedas

Tuvo Jack en el pasado dos profundas amistades, y las dos se habían sacrificado por él. Andrew, el legendario corredor, yacía junto con las otras víctimas de la Batalla del Canal en el monumento. Su otro amigo había sido adoptado por Barry. Se trataba de un perro rapiñador, Lenders, cruce de rottweiler y chacal, y a su modo, también una gran leyenda. Había sido el mejor compañero de Jack, su protector en la Zona Fantasma, en aventuras críticas que los habían colocado al borde de la muerte. Y gracias a él, que había sacrificado sus dos patitas traseras para salvarlo —aunque también, como efecto colateral, era el culpable de que a Jack le faltara un trozo de oreja—, había vivido para poder seguir con la venganza escrita en un papel hecho bola.
Aquel reencuentro se convertiría en el más emotivo. En cuanto se vieron, chillotearon ambos y se lanzaron el uno contra el otro en un abrazo lleno de lágrimas, lametones, besos, patadas en la cara y orina de chucho senil. Lenders aulló y pegó gritos histéricos y lloró sin control. Pululaba alrededor una manada de cachorritos y descansando en un rincón de la habitación la madre los miraba con curiosidad. Pasaron muchos minutos hasta que por fin el perro se calmó, aunque aún lanzaba esporádicos chilliditos de emoción.
Pudo ver Jack que Lenders tenía acoplada una silla de ruedas para moverse con una mediana dignidad. Había sido muy arriesgado, pero había salido a pedir de boca: traía consigo, de su estancia en Edén, unas patas de acero biónicas que permitirían al perro recuperar, sino ganar, el potencial que en el pasado exhibió. No sabía si a su vuelta volvería a reencontrarse con su amigo peludo, pero había acabado ganado la apuesta contra la incertidumbre.
—Tengo un manual de instrucciones para el injerto. Aunque no lo parezca, será una operación fácil —le dijo Jack a Barry.
—¡Esto es maravilloso! Qué tecnología…
Jack se puso de cuclillas y dejó las dos patas en el suelo, ofreciéndoselas al perro. Lenders las olisqueó y miró a Jack.
—Son para ti, para que puedas volver a correr.
Y el rottweiler entendió. Y las apartó con el hocico. Y luego con las patas cuando Jack insistió, extrañado. Y dio vueltas por la habitación a toda velocidad, moviendo la cola con gran alegría. Y Jack estaba muy desconcertado. ¡El maldito chucho prefería sus ruedas!

23 jun. 2014

DEN 2. 17-La Cruz Escarlata

—No te diré que cuando esta gentuza irrumpió en el Páramo no se me subieron los cojones a la garganta pensando en él, pero no, es imposible.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Es verdad que el Terror Rojo trajo muchas calamidades. Yak'i era jefe de unos bandidos, que puede que tuviera un pequeño ejército, pero esto ha sido una invasión. Algo así le es imposible. ¿Los has visto ya? Uniformes, armamento… Tú debías ser un niño, pero a mí me retrae al 63, a cuando el Humungus y su legión asoló el Páramo y casi lo conquista todo. La Cruz Escarlata entró también por el noroeste, así que no me extrañaría que sean sus descendientes.
Jack le dio en parte la razón y sus sospechas se redujeron. Esto le dio cierto alivio, pues temía que le fuera inalcanzable si Yak'i resultaba estar detrás, de algún modo, del nuevo gobierno.
Barry procedió a narrar lo que ocurrió:
—Cuando la Cruz Escarlata irrumpió en el Páramo, se produjo un éxodo masivo hacia Metrópolis y las poblaciones fueron abandonadas. No todo el mundo tuvo suerte. Al día siguiente, el ejército estaba acampado delante de la ciudad. Eran miles, con una flota de vehículos y artillería como nunca se ha visto. Yo recién llegaba de una misión, y al instante desalojamos la base y nos guarnecimos al abrigo de los muros. La histeria se contagió como una plaga, algunos decían «¡el Terror Rojo ha vuelto!» y otros «¡Humungus a las puertas!» y el gobernador Wallace no sabía cómo proceder. Su política económica y social había reducido el tamaño y la calidad del ejército y el muy cabrón nos exigió que prestáramos servicio, en retribución por su ayuda en la Batalla del Canal. Los muros de Metrópolis se atestaron de soldados armados. Un emisario de la Cruz Escarlata ordenó que depusiéramos las armas y dejáramos paso si no queríamos que corriera la sangre. Y muchos estábamos de acuerdo. No podíamos hacer nada. Pero se dio la orden de resistir.
»Si te digo la verdad, no fue tan terrible porque acabó demasiado rápido. Con el primer embate nos retiramos. El gobernador Wallace, viendo lo que se cocía, ordenó a sus tropas proteger el capitolio y dejó la ciudad a merced de los invasores. Maldito hijo de puta… Tenía la esperanza de que, por arte de magia, de impulso, de inercia o qué sé yo, la ciudad entera se alzara para responder y proteger las puertas. No fue así. Yo mismo me encargué de abrirlas. A tomar por culo. Y la Cruz Escarlata desfiló por la calle principal hasta el capitolio y hostigó a las tropas allí afincadas hasta que se rindieron. Adiós Wallace.
»Supongo que ya habrás oído el resto de la historia: echó a los pordioseros y los pobres. El interior de la ciudad cambió por completo. La sociedad cambió por completo. De pronto, estábamos viviendo en el Arrabal, sin asimilarlo, levantando chabolas a ritmo vertiginoso. Mira esto, en sólo cinco años se ha construido lo que habría llevado décadas.
—¿Por qué lo hicieron?
—Por cubrirse el culo, imagino. Un levantamiento habría sido una realidad posible, y más que probable. Así les es más fácil controlarlo todo —respondió Barry—. Hay varios miles de miserables aún dentro. Los más desafortunados. Tienen prohibido salir y están recluidos, se dice, en el polígono industrial. También se rumorea que se han convertido muchos pisos en palacios personales para los soldados, y que en ellos tienen esclavos como criados.
Reanudaron el silencio, recordando de nuevo las aventuras vividas con Andrew. Historias de moteros recorriendo el Páramo y cazaterosos deambulando por calles fantasma acudieron a sus mentes. La solemnidad del momento se rompió cuando Barry exhaló un «uhm» y exclamó alegre:
—¡Bueno, dejémonos de miserias! Hora de ir a verle, ¿no?
Jack sonrió, ansioso, y asintió con la cabeza.

21 jun. 2014

DEN 2. 16-Regreso al pasado

Al norte del Arrabal, a la altura del muro que separaba Metrópolis y la Zona Fantasma, había un torrente por lo general seco, el Canal, que se adentraba en la oscuridad de la ciudad deshabitada. Con la expansión del Arrabal, se habían construido diques, contenciones, desvíos y salidas de agua para proteger las casas de las crecidas que a veces se producían. Allí se encontraba la base de los Rapiñadores, los cazatesoros, y cerca, un obelisco negro de diez metros de altura, con una placa que rezaba: «En memoria de aquellos que dieron sus vidas para proteger la civilización». Alrededor, por inercia se había erigido el cementerio del Arrabal. Contemplando en silencio el epitafio estaban Jack y Barry, abrumados por un huracán de emociones al evocar aventuras pasadas, al recordar amigos y compañeros que ya no estaban entre ellos. Para Jack, supuso un topetazo importante, pues su mejor amigo yacía ahí debajo. Andrew, el mejor motero del mundo, por fin había sido vengado, sólo unos meses atrás. Y a pesar de ello, Jack sabía que le había fallado al desconectar de todo durante tantos años, al olvidarse de Yak'i, aquel por quien se debía todo. Y susurró un «lo siento» y se prometió que no volvería a suceder. A su lado, Barry lo animó poniéndole una mano en el hombro.
—Murió con dignidad, ¿verdad?
—Sí, no podía ser de otra forma. Murió luchando —respondió Jack. Pero mentía un poco, ya que su amigo motero había sido degollado por sorpresa, de manera rastrera, cuando le pisaban los talones a Yak'i por los pasillos de su base secreta.
—Me quitas un peso de encima. Cuando salisteis en persecución de los Revientacalles sufrimos mucho. Algunos quisimos ir por vosotros, auxiliaros, pero aquí la cosa no había terminado. Nos referimos a aquello como la Batalla del Canal, y desde luego fue la mayor crisis de la pasada década—explicaba Barry—. El regreso de los Corredores, la nota que nos dejaste, la noticia de Andrew… Fue un duro varapalo.
—Me llevé mucho equipo de la organización —confesó Jack.
—Sí. Se hizo una excepción por las circunstancias y está olvidado —lo tranquilizó Barry.
—Gracias. ¿Y los demás?
—Joey sobrevivió de milagro, hace mucho que no sé de él. Walt sigue ejerciendo. Nuestra organización quedó tan mermada que apenas se siguen realizando partidas. Ahora se va mucho por el sector Sur. Y de los Revientacalles no se ha vuelto a saber nada.
—¿Qué pasó con la base de Yak'i?
—El gobernador Wallace la reclamó, y la mantiene cerrada la Cruz Escarlata.
—Pensé que Yak'i podría estar con los Revientacalles, o haberse escondido ahí, pero por lo que cuentas y por lo que me dijo el Viejo Ermitaño, no sé.
—¿Qué te ha dicho?
—¡Nada! El muy desgraciado me suelta «está en Metrópolis» y me echa de su casa —dijo, con evidente mosqueo, Jack—. ¿Y por qué iba a creerle? He sido un idiota por tragarme tonterías sobre videntes, pero no sabía por dónde empezar. Lo que más me extraña es que tú seas quien me lo haya recomendado, Barry.
—Tú y yo hemos visto cosas increíbles a menudo, Jack, y yo a estas alturas me lo creo todo —se defendió el barman.
—¿Crees que…? —fue a decir Jack.
—Di, di.
—Quizás Yak'i tiene algo que ver con la Cruz Escarlata.

20 jun. 2014

DEN 2. 15-Leon

Era una habitación extravagante, con cabezas que colgaban disecadas de las paredes y todo tipo de antigüedades. Jack las examinó: la primera lo estremeció, pues era la cabeza de un chacal y le vino a la mente la persecución en el Páramo; su piel había perdido su peculiar brillo enfermizo. Había también la cabeza de una anaconda, de un toro y de otras muchas criaturas. Una alfombra confeccionada con el pelaje de una llama cubría la entrada.
—Todo lo que ves lo he cazado yo —dijo Leon—. Sentaos.
Jack se sintió sobrecogido, como si del jefe del Arrabal emanara algún tipo de aura majestuosa, y muy peligrosa. Leon se echó su ondulado y larguísimo cabello negro hacia atrás y sonrió. Una sonrisa extraña y enigmática que turbaba. Tenía las facciones suaves y bien delineadas de una mujer. Jack tuvo que admitir que era guapo, y muy apuesto, como los príncipes con espada y caballo de los libros ilustrados que le leía el Viejo Mad, a pesar de que se notaba que ya tenía cierta edad.
Sin decir nada, confuso, Jack se sentó enfrente. Observó que Leon tenía unas buenas ojeras que afeaban un poquitín su rostro y que estaba nervioso. Enseguida se dio cuenta del porqué: unas marcas amoratadas en el cuello. Otro drogadicto. Increíble. En la mesa había una tirita de nuke, pero éste era del color de la sangre. ¿Una nueva droga?
—¿Con quién tengo el honor de hablar? —preguntó Leon.
—Me llamo Jack.
—No sé por qué, pero tu cara me suena de algo, aunque no consigo ubicar dónde te he visto yo antes…
Jack tenía una sensación parecida.
—¿Qué quieres de mí?
—Busco a alguien. Koral me dijo que usted podría ayudarme. Pagaré bien.
—El dinero me sobra. Y sí, claro que puedo. Pareces la clase de persona con habilidades más que suficientes para desempeñar cualquier trabajo.
—Estoy segurísimo de ello —afirmó Jack. Empezó a temer algún turbio asunto.
—Bien, pues. —Leon comenzó a dar toquecitos con los dedos en la mesa, cerca de la pastilla de nuke rojo—. Te explico: desde hace unas semanas, esto —Leon cogió la tirita roja y se la inyectó en el cuello— está suplantando al de toda la vida. Ninguno de mis hombres ha logrado sonsacarles nada a los camellos, son muy escurridizos. Algún hijodeputa me está jodiendo.
Jack se estremeció. El nuke rojo parecía tener un efecto diez veces mayor que el verde. Nunca había visto tanto placer en el rostro de nadie.
—El mayor problema, ¡ah!, es que ese mamón está saboteándome. Incluso ha matado a unos cuantos de mis hombres. Necesito que hagas una entrega a una tribu de ogros del Norte. Es un envío grande; deberías llevarte a Koral o a un animal, que para mí son la misma cosa, para poder cargar con los veinte kilos que vas a llevar encima. No recibirás ayuda de mi parte, ya he perdido algunos recursos y quiero ver si eres capaz.
—Y-yo… —tartamudeó el mecánico.
—A unos setenta y dos kilómetros siguiendo la autopista del norte hay una antigua estación subterránea. Es un camino largo por la superficie, pues el túnel de metro está cortado de aquí hasta esa estación. El tramo que cruzarás tiene tres kilómetros y lleva directamente hacia tu contacto —explicó Leon—. El ogro al que tienes que entregar la mercancía se llama Mart. Cuando regreses, hablaremos de lo tuyo.
Jack no fue capaz de protestar. No es que tuviera otra opción, pero al menos podría haberse hecho un poco el duro. La presencia de Leon anulaba su hombría. Incluso creyó sentir una pizca de respeto por aquel misterioso personaje. Pensó en dónde se estaba metiendo, en si habría otro modo de buscar a Yak’i que no significara inmiscuirse en turbios asuntos y obedecer las órdenes de un poderoso cacique. Tuvo la extraña sensación de que si se echaba atrás habría graves consecuencias.
—Muy bien, lo haré.
—En el recibidor os devolverán vuestras cosas. Les diré que te entreguen el nuke. Un den por gramo, harán veinte mil dens. ¡No! Quince mil, por esta vez. Llevan esperando demasiado. Si localizáis los otros dos cargamentos que envié, vendédselos a mitad de precio, maldita sea. Vigílalo bien. Y tú, Koral, más te vale no echarle mano a la mercancía.
Aquello no era un consejo, sino una verdadera amenaza. Koral tragó saliva, aunque jamás se le pasaría por la cabeza cometer tan funesto error.
—A propósito —dijo Leon—. ¿Cómo se llama esa pobre víctima de la que te quieres deshacer?
—Yak’i, aquel que era conocido como el Terror Rojo. Según tengo entendido, está en Metrópolis —respondió Jack; y las pupilas de Leon se ensancharon y se quedó ensimismado, absorto en algún recuerdo lejano.
—Quién lo iba a decir… —Leon sonrió.
«Lo conoce —pensó Jack—, sabe quién es. Me tiene en sus garras y me utilizará hasta que se canse de mí. Entonces, y sólo entonces, me dirá lo que quiero saber». Todo empeoraba.

18 jun. 2014

DEN 2. 14-Liz

—Soy Koral, el mecánico. Quisiera hablar con Leon —dijo Koral a través de la rendija de la puerta.
—¿Y el que va contigo? No lo conozco —quiso saber el vigilante.
—Es un amigo. Necesita ayuda pa encontrar a una persona.
—Está bien. Entrad.
Así hicieron. El guardia cerró con pestillo y los acompañó al porche. Tras una ventanilla enrejada había un bigotudo sentado.
—Dejad todas vuestras posesiones en el mostrador, una por una —dijo. Otros dos guardias estaban atentos a cualquier señal de peligro.
Koral depositó una navaja y la llave inglesa que siempre llevaba encima. Jack, en cambio, tuvo que rellenar un formulario con todo lo que guardaba en la mochila y se la tendió al bigotudo. Dentro llevaba la munición que le había comprado al timador de la tienda de armas, un saquito de pólvora, el bote vacío de gasolina, una petaca con tequila, un botiquín y otras cosas que todo viajero necesitaba. Dejó también las escopetas, su daga, que llamaba Cruz, y un juego de tres cuchillos arrojadizos que colgaba del lado trasero del cinturón. Los guardias lo registraron por si llevaba algo más.
—Podéis pasar.
El palacio estaba construido con el mismo material que muchas casas del Arrabal, ladrillos de adobe, pero lucía límpido y elegante, como un oasis en medio de la podredumbre. Dejando atrás el salón principal, pasaron a la parte posterior y subieron unas escaleras. Al fondo de un pasillo había una mujer joven, quizás demasiado, guardando una puerta blindada de la que salía una deslumbrante luz a través del contorno del marco. Sus musculosos brazos agarraron a Koral y lo lanzaron a varios metros de distancia cuando el mecánico le puso la mano sobre su corto cabello castaño para acariciarlo.
—¡No vuelvas a tocarme! —bramó la joven poniéndose bien la cazadora vaquera, que se le había resbalado por debajo de sus desnudos hombros.
Un top blanco demasiado corto dejaba entrever la silueta de dos exagerados pechos que captaron toda la atención de Jack. Ya no recordaba la última vez que había estado con una mujer. El rostro adolescente de la joven hizo que el deseo y la lascivia se insinuaran en su entrepierna.
—No hacía falta que te pusieras así, Liz. —Koral se levantó. Siempre acababa en el suelo—. ¿Éste es el cariño que le muestras a tu antiguo noviete?
—Tú lo has dicho, eso ya pasó; y bien sabes por qué. Como me vuelvas a poner tus sucias manos encima te arranco la cabeza.
—Qué humor —musitó Jack sin quitarle el ojo a sus anchas caderas. La chica parecía ir en serio.
—Entendío —dijo Koral—. Y ¿qué tal estás?, ¿cómo te va por aquí?
—Te haces más el interesado que cuando estábamos juntos. En fin… Estoy de puta madre. Aquí me tratan muy bien, como a la mujer que soy. —Eso iba con segundas—. Y Leon… —Liz se sonrojó, con la mirada triste—. Leon es muy atento.
El mecánico se puso muy serio.
—¿Te…? —fue a decir.
—Pasad. —Liz abrió la puerta del despacho de Leon, dando a entender que no quería hablar de ello.
Jack se metió la mano en el pantalón para colocarse el bulto hacia arriba, pues le apretaba contra los huevos haciéndole daño.

17 jun. 2014

DEN 2. 13-Café matutino

El ruido del metal chocando entre sí y el chirrido de un taladro despertaron a Jack. Se quedó un rato mirando al techo, a la chapa carcomida por el óxido. Le dolía la cabeza, como si la tuviera embotada dentro de una bolsa de plástico. Salió. Koral trabajaba en la camioneta.
—La bella durmiente ha despertao —dijo Koral.
—¡Qué sol! —Jack se cubrió con la mano—. ¿Qué hora es?
—Las dos de la tarde. Has dormío como dieciséis horas.
—Me muero de sueño.
—Tengo algo de café, si quieres; pero déjame un poco. —Koral gruñía y apretaba los dientes por el esfuerzo de colocar un neumático en su lugar—. A ver si termino con esto y consigo algo de dinero.
—Sí, termina, que te recuerdo que tienes otra tarea pendiente; y en lo que a mí respecta, es más importante que ese montón de chatarra.
—Tranquilo, sólo tengo que ponerle las ruedas. Le aconsejé al tipo que debía ponerle remedio al tema del óxido, pero me mandó a tomar por saco. Tú ve haciendo el café, que yo acabo en un plis plas.
—¿De dónde lo sacas?
—La gente de Leon lo obtiene de Metrópolis. No sé qué contactos tié allí, pero debe ser algo grande. Leon distribuye también el nuke fuera de la ciudad desde que la Cruz Escarlata se encerró allí dentro. Los ogros del Norte se tiran de los pelos. El café se lo venden a Barry, y de ahí lo saco. Es de los pocos bares en tó el Arrabal con café, ¿sabes? Aunque nadie lo toma…
—Necesito ropa.
—¿No tiés más?
—Por desgracia, ya no.
—En el patio tiés un pilón, puedes lavarla ahí y tenderla. En cuanto acabe te buscaré algo.
Jack lavó la ropa, la tendió y se vistió con lo que el mecánico le dio: un pantalón vaquero y una camiseta negra muy ajustada que le hizo sentirse raro e incómodo. Fue a la cocina. En cuanto tomaron el café, Koral puso en marcha la furgoneta y la arrancó.
—El dueño vive cerca de Leon, así que aprovecharemos —dijo Koral—. Acuérdate, Jack, de tratarlo siempre con la máxima educación posible.
El traqueteo del vehículo era exagerado, tanto que parecía que fuera a hacerse añicos de un momento a otro. Aquel trayecto le dio a Jack una imagen precisa del tamaño que había cobrado el Arrabal. Era una auténtica ciudad, tan voluminosa como la Metrópolis habitada. Cientos de miles de almas debían haber sido arrojadas allí. Quien fuera capaz de llevar a cabo tal desahucio debía ostentar un poder inimaginable.
—¿No ha quedado Metrópolis vacía?
—Casi, casi. Pero mucha gente que ves aquí no es de la ciudá. Después de lo del Terror Rojo, la gente desertó de los pueblos y la mayoría han quedao abandonaos —explicó Koral.
—¿Y quién trabaja en las fábricas?
—Tienen dentro a los trabajadores justos pa esas cosas. ¡Los llamamos la Clase Media! Han tenío mucha suerte y se les permite vivir en la ciudá, pero separaos del resto. Ahora es el sueño de tó arrabalero.
A Jack, aquella estructura organizativa le traía muchos recuerdos.
Devolvieron la camioneta —el ánimo de Koral iba aumentando según contaba las monedas de su mano— y entraron por la puertecilla de un muro que rodeaba un palacio y un establo que se erguían sobre un montículo.
Jack se moría del dolor. El café, para mayor inri, le había dado más sueño. 

16 jun. 2014

DEN 2. 12-Un día muy largo

—Ni hablar, tú te quedas aquí. Ya hemos hablao de eso. —Koral levantó la verja del garaje.
—Bueno, si tanto insistes, no diré que no —dijo Jack—. Éste ha sido uno de los días más largos de mi vida...
—No lo jures.
—¿Y tienes cojones de quejarte tú? Te he salvado el culo y el negocio; has tenido un día demasiado productivo. Yo, en cambio, me he tirado toda la puta noche corriendo, con una herida, el jodido veneno corriéndome por las venas y una jauría de chuchos radiactivos mordiéndome los talones.
Jack paseó la mirada por el taller: una camioneta se sostenía precariamente sobre un elevador; mesas de trabajo se alineaban pegadas a las paredes; y sobre y bajo ellas había numerosas cajas de herramientas, neumáticos y trastos. Chatarra de todo tipo. Paneles con alicates, gatos, tenazas, sierras, cizallas, llaves, destornilladores, soldadores, martillos y una larga lista de instrumentos y materiales colgaban de ellos. Parecía mentira, pero era un taller bien decente.
—No he dormido más que un par de horas. Entre un medicucho, una gorda tendera, un armero manco y tú, me habéis sacado no menos de quince dens.
—Pero lo has recuperao tó. —Koral se hurgó los bolsillos del mono.
—Da igual. Además… —Jack se mareó—. Oh, ya no sé qué iba a decir. Es igual. ¿Dónde puedo echarme?
—Esa puerta de ahí. Está mi cama, duerme en ella. Yo me quedaré viendo la tele. —Koral encendió el televisor—. Me costó un buen dinero, ¿sabes? Me tiré meses ahorrando y encima me la vendieron rota.
Metió una cinta de vídeo en el televisor, cogió unas latas de cerveza de la nevera y se tumbó en el sofá.
—Me las tuve que apañar para hacerlo funcionar. Y estos vídeos… Es increíble la de cosas útiles que los ricachones de Metrópolis arrojan al Vertedero. ¿Jack?
Jack no escuchaba, estaba absorto en su nueva adquisición, encandilado. Comprobó el tamaño del cargador: siete cartuchos. Localizó, bajo el cañón, el hueco que indicaba que podía acoplársele una bayoneta. La empuñadura era la de una pistola, lo que le daría una mayor comodidad para usarla con una sola mano.
Comenzaron a cerrársele los ojos.
—¿Jack?
Los ronquidos llegaron al salón.

15 jun. 2014

DEN 2. 11-Pack-ahorro

—¡Herman a tu servicio! —El vendedor de armas, un manco pelirrojo con un enorme puro en la boca, saludó con la mano—. Pásame esa sucia y vieja escopeta, a lo mejor podemos hacerle un apaño.
—No, está perfecta así. —Jack le impidió al tipo que le pusiera la mano encima a su recortada—. ¿Tienes cartuchos del doce?
—Sí, por supuesto. ¡Cartuchos de doce perdigones!
—¿A cuánto están?
—A quince denis el cartucho y a noventa el paquete de seis. Además, ¡con el paquete te llevas dos de regalo! O mejor aún, ¡llévate un pack-ahorro compuesto por tres paquetes por sólo tres dens! ¡Dieciocho cartuchos, nada menos!
Jack retiró la mano con la que estaba a punto de pagar el pack-ahorro.
—¡Coño, un billete de veinte dens! —Herman babeaba.
—Era mío. —Koral agachó la cabeza.
—Quiero dos paquetes —dijo Jack muy serio.
—Eh… —Herman fue a buscar dos paquetes de seis.
—Ahí faltan cuatro.
—¿Qué? ¡No! Mira, ¡hay doce! —farfulló Herman.
—Ciego no soy, ¿y los dos de regalo por paquete?
—Ah, sí, eh… Un momento.
Jack volvió a poner el billete sobre la mesa y esperó. Herman regresó con los cartuchos de regalo.
—¿Algo más?
—Sí, otro paquete más.
—¡Ja, toma ya! —exclamó Koral.
—¿Qué?, ¡pero eso es un fabuloso pack-ahorro! ¿Por qué no lo ha pedido todo junto? —protestó Herman.
—¡Mis seis perdigones y los dos de regalo, ya!
—¡Sí! —Herman se apresuró a por ellos.
—Y como sigas tocando las narices, me los llevo gratis.
—Hoy me lo estoy pasando muy bien —Koral reía.
—No se preocupe, no volverá a pasar. Serán…
—Dos dens y setenta denis, sí —se adelantó Jack.
—Sí. Tome usted. Que tenga un buen día.
Salieron. De camino al taller de Koral vieron otra armería. Carteles pintarrajeados con diversos colores ocupaban toda la pared frontal. En uno de ellos, que parecía resaltar sobre el resto con una extraña e imposible coincidencia, rezaba: «Cartuchos del calibre doce para escopeta de caza, diez denis la unidad».
—¡Su puta madre!

14 jun. 2014

DEN 2. 10-¡Voy!

—¡Cobarde, me da igual detráz de quién te ezcondaz! —Bruga y sus dos secuaces esperaban a sólo una docena de pasos de la casa—. ¡Zuz retorceré el pezcuezo a loz doz y luego zuz echaré a laz rataz!
—¿Por qué? ¡Me hiciste una promesa! —lloriqueó Koral.
—Te dije que Bruga no era tonto. Nunca quize el dinero, zólo te prezionaba pa hacer un poco de paripé y que te puzieraz nerviozo.
—¡Pues quédate el puñetero taller y déjame en paz!
—¡Ni hablar!, ¡ezto ze ha demorao demaziao! Correrían rumorez: «¡Bruga no cumple zuz promezaz, ¡Bruga ez un estafador!, ¡Bruga ez malo!». Y ezo zería malo p'al negocio.
—¡De extorsión, claro! —Koral salió de detrás de Jack—. Eres un hijo de perra…
—¿Me lo dicez o me lo cuentaz? ¡A por elloz, chicoz!
Los lacayos de Bruga, armados uno con una navaja y el otro con una larga cadena de hierro, se abalanzaron contra ellos aullando como poseídos, ávidos de sangre, drogados. El de la cadena trató de propinarle un latigazo a Jack. El impulso hizo trastabillar al macarra, cosa que aprovechó Jack para echársele encima con su daga en forma de cruz, clavándosela bien hondo bajo la axila. Un aullido de dolor se alzó sobre la algarabía de la orgía que se orquestaba en el televisor del vidente, quien reía a carcajada limpia. Fue muy rápido. La herida del costado —la mordedura de los chacales— le comenzó a molestar bastante, pero Jack aunó fuerzas para quitárselo de encima de una patada. El macarra, con el brazo medio cercenado, cayó al suelo y luego se perdió llorando y tambaleándose.
El otro quedó aterrorizado por la suerte de su compañero y Koral aprovechó para golpearlo con la llave inglesa en el rostro. Aturdido, el macarra soltó la navaja, se palpó la nariz y se limpió la sangre que manaba de ella con la manga de la camisa. Se le habían quitado las ganas de pelear. Más que a Koral, a quien temía era al otro tipo del pelo canoso y el machete que había mutilado a su compañero. Se fue caminando, sorbiendo y limpiándose la nariz sin mirar hacia atrás. Koral fue tras él, pegándole patadas y golpes con la llave, envalentonado.
—Bah, ¡qué me importa a mí que lez hagáiz hecho pupa a ezoz doz inútilez de mierda! —bramó Bruga—. ¡Vaiz a zaber lo que ez bueno! ¡Zuz voy a machacar!, ¡zuz voy a dezpellejaroz y a hacerme un abrigo con vueztraz pielez!
El ogro se arrancó la camisa de cuajo y avanzó eufórico hacia Jack. Escondió las manos y las volvió a mostrar al instante: en ambas llevaba puestos unos nudillos de metal. Estrelló los puños entre sí. Tan emocionado estaba que se olvidó por completo de su escopeta.
—¡Zuz voy a…!
¡Pum! Un perdigón le perforó la garganta. Su pecho había quedado destrozado y un ojo le sangraba con profusión. Jack fue hacia él. Bruga se retorcía, con las dos manos en el cuello.
—Parece mentira… —susurró Jack cogiéndole la escopeta de corredera—. Koral, me vas a presentar a Leon. ¡Ah!, y lo que tenías ahorrado para éste me lo quedo yo, que bastante me has hecho sufrir. Bueno, lo que te faltaba te lo perdono.
—Vale, ¡no hay problema!
Koral pateó al moribundo ogro una docena de veces. El desgraciado gruñía y gruñía y gorgoteaba como un puerco, sangrando, hasta que dejó de respirar.
—¡Limpiaba el agua del ríooo, como la estrella de laaa mañanaaa! —cantaba Koral, pegando botes y haciendo chocar los talones entre sí en el aire—. ¡Limpiaba el cariño míooo, al manantial de tu fuente claaaraaa!

13 jun. 2014

DEN 2. 9-El Viejo Ermitaño

—Je… —El viejo ermitaño babeaba.
En la pantalla del televisor, una voluptuosa mujer le hacía todo tipo de guarradas a un batallón de soldados. Los gritos de placer, los gemidos, tronaban en ese cuartucho donde vivía el anciano. El suelo se hallaba alfombrado de nuke. Las pastillas brillaban con una inquietante luminiscencia. ¡Genial! El supuesto vidente era un puñetero viejo verde, rico y adicto. No es que fuera un problema, la droga era tan normal y común como el soylent, e incluso como el agua. El mundo se consumía por culpa del nuke. No había, no existía otra cosa, pero confiar en un colgado no era precisamente lo que tenía en mente.
—¿Qué tal se encuentra hoy? —Koral alargó el brazo con la intención de coger una pastillita del tocador.
El viejo giró la cabeza y le propinó un bastonazo en los dedos. Koral, sumido en su dolor, no pudo ni emitir una queja. Jack reparó entonces en que el vidente era ciego. «Buena puntería —pensó en un principio, y después—: Coño, y ¿qué hace un ciego viendo una película porno?». Aquello tomaba un cariz que no le gustaba. El jodido mecánico podía tener razón, lo que empeoraría las cosas. Un vidente pervertido y drogadicto. Las canosas y largas cejas del anciano se arquearon.
—¿Qué hay, capullo? —le espetó a Koral—. ¿Qué te trae por aquí?, ¿quién te acompaña?
—Estamos buscando a una persona. Bueno, él. —El mecánico señaló a Jack. Un gesto que podría parecer estúpido, puesto que el vidente era, contrariamente y a pesar de todo, un invidente.
—Pues ya lo has encontrado.
La película concluyó de forma tan salvaje que a Jack le volvieron las náuseas. Era inconcebible que a alguien le gustara eso.
—Me refiero a que él necesita que le digas dónde se encuentra un tipo. —Koral resopló.
—¿A quién buscas?
El viejo se acarició con una pastilla de nuke el cuello, bajo el mentón. Sus ojos se tornaron aún más blancos y un suspiro de placer surgió de sus labios. La droga fue deshaciéndose a medida que entraba por los poros de su piel. El efecto era inmediato.
—Hala, ¿por qué a él no lo llamas capullo? —protestó Koral.
—Calla, capullo lameculos —le espetó el viejo.
—¡Ariooo, como la eztrella de laaa mañanaaa! —Por ahí fuera canturreaba Bruga una canción popular.
Jack se puso alerta. Koral, que miraba mosqueado al vidente y a las pastillas con codicia, ni se percató.
—Se llama Yak’i —le explicó Jack—. Hace diez años le perdí la pista. Era cono…
—No necesito saber más.
El viejo ermitaño cerró los ojos, en trance, por efecto del nuke. ¿De dónde sacaría el dinero? Cientos de paquetes y pastillas se amontonaban por todo y tenía hasta un televisor e incluso algunas cintas de vídeo. Comenzó a sospechar que Koral no sería el último en sonsacarle los dens. ¡Qué bien!, ya casi no le quedaba nada. Un par de días más en Metrópolis y acabaría más pobre que las ratas.
—¿Cuánto pide?
—Nada. Bueno, sí, algo sí que quiero: tráeme una buena película cuando logres atrapar al tío que buscas.
—¡¿Cómo?! —gritaron Jack y Koral al unísono.
—¡De ti dezeo yo el calooor, fuego en la zangre noz corre a loz doooz! —gritaba, a lo lejos, Bruga—. ¡A mí por dentrooo y a ti por fueraaa, cuando por mi puño tú te mueraaaz!
Se escucharon risas. Koral miró a Jack, aterrorizado. Sus ojos abiertos como platos suplicaron.
—La persona que buscas está en Metrópolis —dijo el vidente sin más—. Ahora, largaos. No quiero peleas en mi casa.
—¿En Metrópolis? ¿Cómo que en Metrópolis?, ¿qué quieres decir? —balbució, indignado, Jack—. Mira, tengo dinero para pagarte. Dime exactamente dónde está.
—Yo ofrezco facilidades, no soluciones. Cada uno debe esforzarse en lograr sus objetivos por su propia cuenta.
—Jack —Koral temblaba—, si da una orden es mejor obedecer, te lo aseguro. Ya es más de lo que has podío averiguar en años. ¡Ay, que me voy a morir!
—¡No, no puede quedar esto así! ¿Qué pinta Yak’i allí?, ¡es absurdo! ¡Llevo veinte años detrás de él! ¿Qué significa eso de que cada uno debe apañárselas solo?
—Escúchame, sé otra manera, ¡pero ayúdame! —le suplicó Koral.
—¡Ni hablar, no te creo una palabra! ¡Y mira en lo que me has metido!
—¡Te presentaré a Leon! ¡Él lleva el cotarro fuera de Metrópolis! ¡Con lo que ya sabemos, no le será difícil averiguarte dónde está ese hijoputa!
—¡Joder!
El viejo ermitaño reproducía una cinta de vídeo nueva. Jack salió, con temor, imaginándose un perdigón de la escopeta de corredera del ogro impactándole de lleno. Koral se escondió detrás de él.

12 jun. 2014

DEN 2. 8-El Vertedero

—Maldito bastardo —dijo Koral poniéndose de nuevo las gafas en la frente—. Voy a tener que darle mi taller.
El maldito bastardo, advirtió Jack, les seguía desde lejos por todo el Arrabal. Algo tramaba.
—¿Qué pasó con tu taller?
—Me entraron hace un mes y me lo desvalijaron.
—¿No tienes idea de quién pudo ser?
—¿Idea? ¡Vaya si tengo idea de quién fue!
—Y ¿por qué no haces nada? No te entiendo. En vez de coger al cabrón que te robó, pides un préstamo a un mafioso.
—El cabrón que me robó… ¿Te refieres a Bruga?
—¡¿Qué?! —Jack se detuvo. Por el rabillo del ojo vio al ogro y a sus lacayos acechando a lo lejos. Posó la mano en la empuñadura de la escopeta, por si acaso.
—Sí, Bruga es un puto extorsionaor con mucha fama. Dicen incluso que fue un Revientacalles. Un día se personaron sus lacayos mientras dormía, me dieron de palos y se llevaron tó tipo de herramientas. Las de más uso, por supuesto, pa dejarme en la ruina y hacerse con el local.
»No podía trabajar. Quien no tenía miedo de Bruga, veía en cuanto entraba en el taller que no tenía las herramientas necesarias pa arreglarles las motos y las tuberías de las casas. Luego vino Bruga y me ofreció pagarme lo robao, lo que él me había robao, con un mes de plazo pa devolverle el dinero y un cincuenta por ciento de intereses. Hace poco, sus lacayos me hicieron otra visita a plena luz del día y se llevaron el dinero que tenía ahorrao.
—He visto que hay una autoridad firme en Metrópolis. La Cruz Escarlata, ¿no? —dijo Jack—. ¿Por qué no pones una denuncia?
—Aer cómo te lo explico: Bruga es un simple granuja comparao con la Cruz Escarlata. Los tipos estos llegaron, le metieron una bala entre ceja y ceja al gobernador Wallace y echaron a tó el que no tenía cobres fuera de Metrópolis. No les importa un pimiento lo que suceda aquí, en el Arrabal —le contó Koral—. Sí que hay una policía, pero tiés que pagar una buena suma por sus servicios: cien dens por investigar y otros cien por actuar, tirando por lo bajo.
—Echaron…
—Sí. Ni el maldito Plan de Reubicación para Mejoría de Calidad del Ciudadano con Bajo Poder Adquisitivo del gobernador Wallace podría haberlo hecho mejor.
Jack no tenía palabras. La curiosidad lo estaba matando, necesitaba saber qué había pasado en aquellos años, pero reservó tantas incógnitas para su encuentro con Barry.
La frontera entre el Vertedero y el Arrabal era clara como el agua: sólo había que establecer una línea divisoria en el lugar en el que la basura y la chatarra comenzaban a amontonarse hasta formar auténticas paredes malolientes. Carreteras cortadas y semiderruidas colgaban sobre sus cabezas, hundiendo en las tinieblas el Vertedero. Éstas debían cruzar también el Arrabal, pero el Apocalipsis lo desintegró todo. Sólo quedaban tres autopistas en pie, que partían de Metrópolis y se alejaba muchos kilómetros fuera de la ciudad. Cientos de dunas, de verdaderas montañas de basura, conformaban el paisaje del Vertedero. Y contra todo lo que pudiera parecer, allí vivía gente. Y no poca.
—Cada vez que vengo por aquí, me se ponen los pelos como escarpias. —Koral había desenfundado la llave inglesa que colgaba de su cinto—.Unas semanas atrás hubo una batalla campal. Unos y otros, tós dándose porrazos y acuchillándose. Medio Vertedero participó; y la policía de la Cruz Escarlata lanzó algunas granadas desde allá arriba, desde la autopista, por diversión. El aburrimiento, que es malo.
A la media hora, en el camino, se derrumbó una montaña de chatarra. Docenas de ratas salieron disparadas por todos lados. Koral le contó a Jack que innumerables veces acudían las madres a los médicos llorando porque las ratas mordían a sus hijos, contagiándoles todo tipo de enfermedades. ¿Qué esperaban? Pero no eran capaces de relacionar la suciedad en la que convivían y con la cual colaboraban con la presencia de los peligrosos roedores. La ignorancia a veces sobrepasaba límites inimaginables.
—Estamos llegando. Por aquí, el vidente es bastante conocío, pero la gente piensa que es simplemente un viejo chocho —explicó Koral—. Por eso es difícil dar con él.
Estaban cerca de uno de los soportes de la autopista que pendía sobre sus cabezas. Pegada a la columna había una montaña enorme de mierda, y unas placas de metal amontonadas le daban forma de entrada, como si de una cueva se tratara. Un haz de luz surgía de su interior y el sonido de un televisor llegaba hasta sus oídos.
—Entra —urgió Koral.
Jack giró la cabeza con disimulo, quizás les habían perdido el rastro a Bruga y sus lacayos. Entró.

11 jun. 2014

DEN 2. 7-Koral

—Sí, yo podría llevarte. El viejo ermitaño es un vidente, lo sabe tó. —Koral se limpió las manos empapadas de alcohol en la camiseta de tirantes que llevaba, toda sucia de sudor y grasa de maquinaria, y se ajustó las gafas de aviador que llevaba en la cabeza—. Un den y trato hecho.
—Toma, estáis todos empeñados en joderme. —Jack arrojó la moneda sobre la barra, bastante incrédulo ante la mención de videntes pero sin mucha alternativa.
—¡Quieto parao! —Barry atrapó la moneda al vuelo—. Me debes muchas más. Ésta es mía.
—No me hagas esto, Barry… —la voz quebrada del pelirrojo denotaba una gran desesperación. ¿A qué?
La respuesta llegó al momento: un gigantesco ogro alzó de los pantalones a Koral con ambas manos hasta situar ambos rostros a la misma altura.
—¡¿Dónde eztá mi dinero, mequetrefe?! —escupió el ogro. De entre los colmillos amarillentos de su boca surgía un olor hediondo, como a podrido. No le quedaban más dientes que éstos, y ceceaba como si la lengua le colgara muerta—. ¡Deberíaz eztar reuniéndolo, en vez de eztar tó el día aquí zentao!
—V-vaya, eh… Qué alegría, ¡tú p-por aquí! —tartamudeó Koral—. P-precisamente te he estao b-buscando pa decirte que c-casi he reunío tó tu d-dinero.
—¿Cazi?
—Sí, bueno… Tiés que darme unas semanas más, Bruga.
—¡Comemierda! —aulló el ogro—. ¡Haz tenío tó un mez para reunirlo! Tú vienez a Bruga llorando: «¡Porfa, porfa, necezito que me preztez dinero! ¡Ayuda, por favor, mi taller ze ha ío al carajo!». Yo, muy amable, te lo doy, como buen hermano. Luego me vuelvez con que te lo han vuelto a robar, penzando timarme pa no devolvérmelo, pero te lo dejo pazar. ¡¿Y tú me lo agradecez azí, pretendiendo quedártelo para ziempre?! Qué paza, ¿me tomaz por tonto? ¡Puez a lo mejor Bruga ez máz lizto que tú! ¡A lo mejor Bruga te va a partir laz piernaz como no me dez mi dinero!
—¡Te prometo que en dos semanas lo tengo tó! —Koral revoloteó con los brazos aterrorizado—. ¡Te lo prometo!
Los ojos del ogro ardieron con un fuego rabioso. Algo pasó por su cabeza. Jack se fijó en la escopeta de corredera negra que llevaba colgada a la espalda. Una buena arma; una Remington, como la que tuvo una vez, hace mucho, pero que al igual que muchas otras cosas perdió.
—¡Una zemana tienez, una! El próximo juevez te quiero de nuevo aquí, a la mizma hora. ¡Pero con el dinero en laz manoz, no ahogándote en cerveza aguada!
El ogro dejó caer a Koral y abandonó el local junto con sus secuaces.
—Estoy muerto. —Koral se quitó las gafas, apesadumbrado, y agachó la cabeza—. Déjame en paz. Pídele a Barry que te devuelva el den.
—¡Eh, a mí no me metáis!
—¡Oye, cumple con tu parte del trato o…! —le amenazó Jack.
—¿Cuánto le debes? —interrumpió el barman.
—En total, cien dens —dijo el mecánico.
—¡Por la Aulladora! Sí que estás muerto, bien fiambre. Y ¿cuánto te falta?
—¡Sesenta y cinco putas moneas, pero ese hijoputa no deja de acosarme tó los días! Barry, si tú pudieras…
—Mira, chico, que te conozca por tu nombre no significa que sea tu amigo. Bastantes copas me debes ya. Búscate la vida, no he llegado a ser dueño de esto siendo una hermanita de la caridad.
—Llévame al ermitaño y te daré otro den. Sentado no vas a hacer nada —insistió Jack.
Koral resopló, estaba angustiado. Jack conocía muy bien ese tipo de expresiones: eran las de los que sabían que no tenían oportunidad y se rendían, pero aún así tenían la esperanza de sobrevivir y de que un milagro les arreglara la vida. Mala combinación de sentimientos. Por lo general, acababan muriendo por falta de voluntad.
—¿Qué dices?
—Está bien, vamos. El viejo ermitaño vive en el Vertedero, muy pocos conocen su escondite.
—Jack, vuelve; tenemos muchas cosas de que hablar —rogó Barry.
El robot y el psicodélico grupo estaban ya recogiendo sus cosas.