12 ago. 2014

DEN 2. 49-El cuarto de maravillas

No había gente en la calle, salvo la policía de la Cruz Escarlata. Los ciudadanos de Metrópolis estaban asustados, temerosos de que la chusma arrabalera asaltara el barrio, y se habían atrincherado en sus casas. Aquello parecía un estado policial.
La mansión del excéntrico ricachón al que iban a vender el Diamante del Desierto se hallaba cerca del capitolio. Al pasar junto a él, Jack reparó en que no habían descuidado, en absoluto, la seguridad: tropas enteras de soldados guardaban sus muros y, además, algunos robots con ruedas patrullaban con movimientos sistemáticos y una ruta predefinida alrededor. Robots que nada tenían que ver con los de Edén, pues ni tenían la elegancia de éstos ni eran tan elaborados. No eran sino trozos de metal, tuberías y cables sin carcasa alguna que se movían a traqueteos.
Llegaron a la mansión. Un mayordomo les hizo pasar.
—Quitaos esos sucios zapatos y poneos esto —dijo dándoles unas babuchas.
Entraron a un amplio vestíbulo, iluminado por lámparas de araña. Era una casa del estilo del Jardín del Placer, con la misma disposición interior: dos pisos, el superior abierto y flanqueado por pasillos con balconadas. La escalinata que daba al piso superior estaba cerrada por una barrera. El piso inferior era un museo, tal como le había dicho Nina, pero los objetos que se mostraban eran de lejos los más extraños que había visto nunca.
—Lo llama el Cuarto de Maravillas —dijo Nina—. Es su mayor orgullo. Cobra un buen dinero para entrar en él, así que aprovechad para curiosear, que es gratis. Pero tened cuidado de no tocar nada, no sea que con la tontería rompáis algo y tengamos que pagárselo con el diamante.
Pudieron curiosear durante un buen rato la sala. Había un cartel en cada una de las paredes de la sala, con puertas que daban a sus respectivos sectores. Los carteles decían: «Artificialia», «Naturalia», «Exotica» y «Scientifica», y había algunas muestras representando lo que escondía cada una de las salas. En la primera había una coraza de placas de hierro montada, de pie, con un casco también de hierro con visera; un globo enorme, amarillento, con un mapa dibujado y borroso, montado sobre un soporte de madera; y un sable cristalino —al que Jack le prestó especial atención—, con una empuñadura de pistola y un pequeño cañón a un lado de la hoja. En la segunda reposaba un arbolillo de medio metro en una maceta, y un animal disecado poco digno de atención. En la entrada de la sala «Exotica», colgando del techo, había el esqueleto de un pez de unos veinte metros de longitud con un cartelito que ponía «Carcharodon»; tenía una mandíbula por la que se podía pasar sin problemas y dientes como la palma de una mano; y en una repisa, la cabeza de alguna especie de criatura desconocida, con un cráneo quitinoso y negro que se alargaba por detrás y una boca de la que surgía otra más pequeña, que le conferían un aspecto aterrador. En la cuarta pared, una cápsula llena de formol guardaba una criatura humanoide sin pelo, de color gris, cabezón enorme, ojos saltones y negros y manos con tres dedos gordos. Destacaban también tres conchas en una mesa, y un retrete al lado.
—¡Qué asco! —exclamó Liz, mirando a un grupo apelotonado de ratas momificadas que, por lo que parecía, estaban atadas por las colas.
—Lo llaman el Rey de las Ratas. ¡Jú!
Un hombre obeso con una bata de piel amarilla y blanca con motas negras y un bigote larguísimo y enrollado apareció con el mayordomo bajando la escalinata. Tenía en los brazos un gato muy raro, peludo, con una cola que le llegaba al suelo y unas protuberancias que le asomaban en la espalda, como las alas de un polluelo recién nacido—. Se trata de un fenómeno insólito. Se dice que el Rey de las Ratas ejerce un control total sobre el resto de roedores de su clan. Como nuestro soberano, el líder de la Cruz Escarlata. ¡Bendito sea!
—Señor Leopold, encantada. —Nina hizo una reverencia.
—Buenas tardes a todos —saludó el extravagante ricachón, paseando la mirada entre los presentes y deteniéndola en Jack—. ¡Jú! Pero ¡qué mono, si pareces un peluche! —Jack se sonrojó. Leopold se le acercó y le miró a los ojos, sonriente—. Encantado, peluche. ¡Jú!
Le cogió con delicadeza la mano y le estampó un tierno beso. Koral ahogó una risa, que sonó como un pedo cuando el aire se le escapó de la boca. Nina y Liz miraban también, divertidas. El ricachón hablaba con un acento muy cursi.
—Señor Leopold, creo que tengo algo que usted desea —le dijo Nina.
—¿Que yo deseo? —Leopold se rascó la sien—, y ¿qué es?
—Jack.
Jack abrió la mochila y mostró el Diamante del Desierto. Leopold abrió los ojos de par en par. Ordenó apagar las luces al mayordomo y profirió un agudo gritito al verlo brillar con su blanco fulgor el diamante.
—¡Juuú! —El excéntrico ricachón soltó al gato y comenzó a aletear con las manos—. ¡Es maravilloso! ¡Oh, mi peluche, guapetón, cómo te quiero!
—¡Basta, basta! —farfullaba Jack afanándose por quitarse de encima a Leopold, quien le besuqueaba las manos y el rostro con unos labios en forma de pez.
—¡Seguidme, amigos míos!
Le siguieron hacia la sala «Naturalia», donde en medio había un pedestal vacío. Jack le tendió el Diamante del Desierto y Leopold lo colocó con cuidado en él.
—Lo tenía preparado para esta ocasión —dijo el ricachón—. Sabía que algún día lo conseguiría. ¡Jú! ¿Nina, querida, te topaste con el monstruo, existe?
—No, es todo un mito —se limitó a responder Nina, para no tener que perder tiempo contándole historietas al hombre.
—No se lo digas a nadie. ¡Jú!
—En cuanto al precio…

11 ago. 2014

DEN 2. 48-Desfile

En la Puerta de los Cobres charlaban Nina y Flint calurosamente.
—¿Has traído el diamante? —susurró Nina mirando a los lados, preocupada.
—¡Claro que sí! —protestó Jack—. Y no pases pena, no te están siguiendo. Le dije que estabas muerta. En realidad, a Leon le importas una mierda.
Koral y Liz aparecieron corriendo. La muchacha presentaba moratones por la cara y los brazos y tenía un pequeño corte en el labio inferior.
—¡Jack, gracias por esperarme!
—De nada —se limitó a responder Jack.
—Liz, ella es…
—Sé quién es —interrumpió la chica de pelo castaño—. Encantada, Nina. No te preocupes por mí, estarás a salvo.
—Gracias.
—Esperemos que Leon se haya olvidado de ti cuando se entere de que sigues viva.
—No sé cómo agradecéroslo —dijo Nina, emocionada.
—Dándonos nuestro trozo del pastel —propuso Jack, y al reparar en Flint, con su ballesta a la espalda y la culata del revólver asomando en su funda, añadió—. ¿Por qué tu colega viene armado?
—Él no puede entrar —respondió Nina—. ¿Acaso no lo sabes?
—Te recuerdo que aquí soy ahora como un extraño.
—Cierto, me contaste tu historia cuando volvíamos de la salina.
—¿Por qué no puede? Se supone que tú puedes entrar y hacer entrar a quien quieras.
—Jack. La Cruz Escarlata no deja entrar a la chusma del Arrabal, ¿no? Pues a los no humanos los consideran de más baja ralea aún —dijo Koral.
—¿Qué? En el Jardín del Placer había un ogro, y gremlins.
—Madame Poppine es muy poderosa —explicó Nina—. Le permiten tenerlos, siempre que no abandonen el puticlub. Son esclavos.
—¿No te resultó curioso que por la calle no hubiera más que humanos? —añadió Koral.
—Pero si sólo pueden entrar humanos —pensó en voz alta Jack. La sospecha iba formándose en su mente—, ¿por qué tienen…?
—Bueno, Jack —dijo Nina—. No sabes la de placer que puede hacerle sentir un ogro a una mujer con su enorme…
—¡Ah! ¿Quieres decir que tú…?
—¿Yo qué? —Nina frunció el ceño, lista para la bronca.
—Nada.
—Flint, cuida de mi abuelo. Nos veremos pronto.
El gremlin se fue. El resto fue a mostrarle los pases al guardia de la entrada. De aquella conversación Jack extrajo la conclusión definitiva de que Yak'i no podía estar detrás de la Cruz Escarlata, puesto que éste había dirigido todas sus operaciones rodeados de ogros, algunos gremlins y muchos, muchos Revientacalles. Cada vez se añadían nuevas incógnitas.
—Tenéis que esperaros —dijo el guardia.
Las enormes puertas de acero chirriaron y se abrieron. Los guardias les empujaron.
—¡Apartaos, dejad paso!
Ellos pedían paso, y las gentes de alrededor acudieron con presteza a cotillear, abarrotando el espacio libre delante de la puerta.
—¡Vamos a ver, atajo de palurdos! —aulló un guardia—. ¿No he pedido espacio? ¿Por qué coño os acercáis? ¡Joder!
Disparó una ráfaga corta al aire. Los arrabaleros se apartaron, pues sabían que la siguiente iría hacia ellos sin ningún problema. Un regimiento de soldados formó un ancho cordón por el cual comenzaron a cruzar vehículos militares: motos, furgones y camiones atestados de soldados de la Cruz Escarlata.
—¿Qué pasa? —murmuró Jack.
—Deberíamos salir de aquí —aconsejó Nina retrocediendo unos pasos.
—No parece que tengan intención de hacer ná en el Arrabal. Creo que se van —comentó Koral.
Se escuchó una bocina. Alguien señaló al cielo. En las autopistas que partían de Metrópolis, a bastante altura, había más vehículos. ¿La Cruz Escarlata abandonaba Metrópolis o salía de expedición? ¿Adónde iban? Si controlaban la ciudad, controlaban el Páramo. Un furgón, con una cruz gamada color sangre en la chapa que lo blindaba y una torre donde había un soldado apostado, cerraba la marcha. Cuando lo vieron aparecer, todo el mundo retrocedió aterrorizado. Koral, Liz y Nina tensaron sus cuerpos, en alerta.
—El líder de la Cruz Escarlata —susurró el mecánico—. Sólo se le ha visto el día en que tomaron la ciudad. Bueno, no en persona. Se oían gritos desde dentro, órdenes que sus lacayos se apresuraban en cumplir. Y risas, carcajadas, cuando el furgón se dedicó a atropellar a tó el que se le ponía por delante, arrojándolo fuera de Metrópolis. Este suelo que pisas, Jack, cubre una alfombra de huesos.
El ejército de la Cruz Escarlata siguió su curso. Las gentes que se arremolinaban alrededor, en cuanto avistaban el furgón del líder, corrían cuanto les permitían las piernas. Pero no hubo incidentes. En largas colas la Cruz Escarlata abandonaba Metrópolis, dejando a unos pocos atrás para guardar Metrópolis. En la Puerta de los Cobres había media docena de guardias, y un equipo de operarios se dispuso a instalar torretas defensivas en la muralla. Aunque el ejército hubiera vaciado Metrópolis, éste iba a ser tan impenetrable, o más, que antes. El desfile concluyó.

10 ago. 2014

DEN 2. 47-Nuke rojo

Jack abandonó la guarida de Leon a toda prisa, no deseaba permanecer cerca de él. El nuke lo había vuelto demasiado peligroso, no era ya dueño de su cuerpo y mente. La droga roja lo tenía dominado, el cacique era su esclavo. Y no soportaba tampoco su presencia por el oscurantismo con el tema de Yak'i. Pensar que había alguien que sabía perfectamente dónde estaba lo martirizaba.
Fue al bar de Barry, estuvo charlando un rato con él y regresó al taller. Koral y Liz dormían aún. Jack no quiso despertarlos. Salió de nuevo por la puerta con el Diamante del Desierto. El sol se encontraba en lo más alto. El calor apretaba. En poco más de una hora se había citado con Nina en el Arrabal. Era una buena chica, intuía, a pesar de todo. Tuvo sus razones para hacer lo que hizo, y ya eran más nobles que las que habían motivado a Jack a hacer muchas de las cosas que había hecho a lo largo de su vida. Supuso que Koral no iría, ocupado como estaba en recuperar el amor de Liz. Se detuvo en un puesto de comida, pidió un tamal con picante y se sentó. Alguien le tocó la espalda.
—¿Qué quieres? —le dijo Jack a la sombra que tenía detrás.
—Oye —era una voz ronca y débil.
Jack se volvió para verle la cara al tipo y se asustó casi tanto como con Leon: el hombre estaba famélico, raquítico, de la misma forma que el traficante. Se balanceaba como si sufriera mareo y tenía el cuello negro. Iba bien vestido, con traje y corbata. Era un decir, ya que llevaba la camisa medio metida por dentro del pantalón, la corbata desanudada, la cremallera bajada e iba sucio.
—Oye —insistió el yonqui—. ¿No tendrías un den? No es para drogarme, es que…
Otro enganchado al nuke rojo. Jack ya conocía lo suficiente sus efectos como para distinguirlo del normal. El hombre parecía importante. No tenía pinta de vivir en el Arrabal y Jack dedujo que la droga roja había logrado colarse en Metrópolis.
—No, no tengo —le respondió.
Fue a darle un mordisco al tamal cuando el yonqui, de un manotazo, se lo arrojó al suelo. El tamal se abrió y la carne y la verdura de dentro se desparramó.
—¡Dame todo lo que tengas! —vociferó, convulsionándose por los nervios y empuñando una pequeña navaja.
—¡Me cago en tu padre!
Jack le arrancó la navaja de las manos sin ningún esfuerzo y le estampó el rostro contra la barra. El drogadicto no se movió.
—Ah…
El cocinero le hizo otro tamal, gratis, con tal de no tener que lidiar con Jack. Así que éste comió, mientras contemplaba a los muchos transeúntes que pululaban como enfermos por la calle, pidiendo dinero, metiéndose nuke o vagabundeando como zombis. El yonqui de la barra se había quedado dormido.

9 ago. 2014

DEN 2. 46-Un cambio estremecedor

Aquello que puso el pie fuera de la limusina no era un ser humano, sino un esqueleto viviente. Había perdido muchísimo peso. La ropa le era demasiado holgada, no quedaba músculo bajo el pellejo de sus manos, tenía el cuello entre negro y morado y la cara magullada. Dos hombres lo ayudaban a caminar, pues apenas se sostenía en pie. Cuando se percató de que Jack lo miraba anonadado de arriba abajo, escupió al suelo y le dijo con desprecio, con voz cansada:
—¿Has averiguado algo?
—Sí.
A Leon se le iluminaron los ojos. No cabía en sí de gozo.
—¡Ven, ven, vamos adentro!
Fueron directos al despacho de Leon. Le ayudaron incluso a sentarse. Estaba machacado. Liz debía de haberle dado una buena tunda, se había defendido bien.
—¿Por qué no has traído a esa puta de Nina contigo?
—Está muerta —sentenció Jack—. Se resistió y tuve que acabar con ella.
Leon lo miró detenidamente. Jack tragó saliva.
—Está bien, qué se le va a hacer. Me habría encantado ponerle la mano encima.
El cacique no tardó ni un minuto desde que entraron en coger de la mesa una pastilla de nuke rojo. Los quejidos que articuló ya no eran de placer, sino de dolor. Tenía el cuello tan irritado que el simple roce de los dedos y de la pastilla era un calvario.
—Hay un pueblo fantasma a unos ciento sesenta y tres kilómetros en el valle del noreste. Hay una vieja fábrica que ha reformado.
—¡Qué hijo de la gran puta! ¿Te dijo la zorra cómo demonios hace esto? —Leon le mostró el envoltorio de la droga.
—No, sólo me dijo que Isaac es inteligente, que hay algo en él. Por lo visto, también es un manitas con la robótica.
—¿Cómo?
—Tiene un ejército de robots.
—¿De qué clase?
—Dijo que no son como los de aquí.
—Cuéntame más.
—No hay mucho más para contar. Tiene trabajadores que sacó del Vertedero, así que entre ellos y los robots estará bien defendido.
—¡¿Crees que no puedo con ese cabrón, que sólo tengo a esta panda de gilipollas para guerrear?! ¡No me conoces, Jack!, ¡sabes demasiado poco y yo sé más de lo que crees! —bramó Leon.
¿Qué le ocurría?, ¿qué le estaba haciendo esa droga roja? Estaba enloqueciendo. Jack temió que perdiera la cabeza del todo. Si la primera vez que estuvo delante de él se vio abrumado por el peligro que emanaba de sus ojos inquisitivos, ahora le tenía auténtico pavor. Se había convertido en un ser horrible, lejos del apuesto hombre que había sido.
—¿Te dijo de cuántos efectivos dispone? —prosiguió Leon, de repente más calmado.
—Muchos, un ejército, quizás cientos. No supo decirme más —respondió Jack.
Leon abrió un cajón del escritorio y puso encima otra pastilla de nuke.
—Llama a Tom, dile que venga de inmediato —ordenó Leon a uno de sus secuaces.
Quitó con cuidado el plástico a una de las caras de la pastilla, se levantó con dificultad y se acercó a un espejo que colgaba de la pared, buscó algún hueco bajo el mentón que no estuviera morado y se frotó la droga. Cerró los ojos. Un tipo enorme se personó.
—Tom, ya sabemos dónde se esconde ese hijoputa. Reúne a tus hombres. Irás allí y vigilarás todos los movimientos de Isaac y su escoria. Consigue todos los datos que puedas: cuántos hombres tiene, de qué armas dispone…, todo. —Y a Jack—: Vete. Dentro de un mes volveré a necesitarte.
—¿Y Yak’i? ¡Creo que ya te he hecho demasiados favores! —protestó Jack.
—Tu trabajo es terminar con todo esto. Isaac sigue jodiéndome, ¿no? Pues lo tuyo tendrá que esperar. Yak’i no se va a mover, confía en mí. Cuando Tom vuelva, prepararemos el asalto y todo esto acabará. Ese hijo de puta malnacido me está arruinando.
—¿De qué conoces a Yak’i?
—Lo sabrás todo a su debido momento, Jack. No agotes mi paciencia —amenazó Leon—. Ve y disfruta de tu tiempo libre. Folla, juega, gástate todo el dinero. —Le entregó una bolsita llena de monedas—. Haz lo que te dé la puta gana.

8 ago. 2014

DEN 2. 45-Una vida de ensueño

Los rayos del sol penetraron por una rendija del techo, impactándole de lleno a Jack en el rostro. Emitió un gruñido suave y se cubrió los ojos con las manos. Se levantó y se sentó en la cama, se quitó las legañas, bostezó, volvió a tumbarse, se retorció de forma extraña, estirando los miembros y alargando un gemido, se oyeron una serie de crujidos y acto seguido se quedó inmóvil. La cabeza le daba vueltas. Unos minutos después se puso en pie de un salto. Había dormido vestido, así que sólo tuvo que calzarse antes de salir del cuartucho para hacerse un café. Koral y Liz dormían abrazados en el sofá. Les apagó el televisor y fue a la cocina. ¡Ah, bendito café! Era todo un lujo poder disponer de él. Muchas cosas lo eran en el Páramo, pues era una tierra castigada por Gea, mientras que en Edén eran tan corrientes en la vida cotidiana que nadie las apreciaba. Jack podía oler el inconfundible aroma del café, saborearlo y notar con regocijo el líquido ardiente descender por su garganta calentando su cuerpo y poniéndolo en funcionamiento.
Una vez hubo terminado, salió en silencio a la calle. A partir de ahora se citaría con Leon él solo, no estaba el asunto como para azuzar los problemas a hacer acto de presencia. El bramarán resoplaba fuera, miraba a Jack con pereza, por puro aburrimiento, mascando unos hierbajos con cara de tonto. No había mucha gente por la calle, acababa de amanecer y sólo los propietarios de los locales y de las tiendas habían madrugado. Se les podía ver abriendo las verjas de sus locales, colocando sus productos en los mostradores, sacando al exterior los expositores y los carteles con las ofertas y los menús del día, conversando entre ellos… Para cuando llegó al palacio de Leon, el Arrabal había despertado y se mostraba bullicioso y lleno de ruidos de todos los tipos, a cada cual más molesto.
—Hola —Jack saludó a Erik, el vigilante de las mañanas, un hombre alto, con más pluma que un pollo.
—Jack, encanto, vas a tener que hacerme compañía un ratito. Hoy ha dormido en Metrópolis.
Como no quería esperar a su lado, le dijo que iba a dar una vuelta —Erik protestó— y se desplomó detrás de la casa. Se aburría, revolvía con una mano la tierra, absorto en nada en particular, hasta que le vino a la cabeza el Lejano Este y comenzó a rememorar su vida en Edén, la ciudad de blanco, los psicotrópicos y los robots sirvientes:
«—Así que te vas —le dijo Carl—. ¿Por qué quieres volver a ese estercolero? ¿El nuke y el soma te han quemado todas las neuronas?
—Sabes que no consumo esas porquerías.
—Sí, lo sé. Olvídate ya de esa venganza, ni siquiera te acuerdas de tus padres. ¿Vas a cambiar esto por aquello? —dijo Carl, señalando a las tres mujeres desnudas que dormían en el sofá cama.»
Y lo cierto es que su amigo de Edén llevaba toda la razón. Jack había tenido la oportunidad de vivir en un espacioso apartamento, con robots a su disposición, comida en abundancia, televisor con muchos canales, una computadora personal, litros y litros de alcohol, agua caliente… Y para ganarse todo aquello sólo había tenido que rescatar a una preciosa muchacha, tras lo cual había acabado siendo considerado como un igual en la sociedad de las clases. ¿Por qué, entonces, había decidido renegar de todo aquello? No recordaba casi a sus padres, como le había dicho Carl, pero tenía la mala costumbre de cumplir sus promesas por muy estúpidas que fueran. A pesar de todo, no sentía remordimientos por su elección. Recordaba Edén y la vida que tuvo allí, mas en su corazón no había nostalgia y no conservaba ningún momento lo suficientemente importante como para sentir el anhelo de volver. Era un forastero en ambos mundos.
El ruido de unas ruedas subiendo la pendiente lo sacó de su ensimismamiento. Era una limusina negra. Leon salió de ella.

DEN 2. 44-Entre dos hombres

Quedaron en verse en la entrada de Metrópolis al día siguiente, a mediodía. Jack y Koral llegaron al taller rendidos. Jack se fue a la cama, en un trastero que el mecánico le había arreglado la primera vez que durmió allí. Se arrojó sobre el colchón, agotado, los músculos de todo su cuerpo destrozados. Extrañamente, no pudo cerrar los ojos. «¡Genial, insomnio y cansancio a la vez! ¿Nos hará partir Leon al día siguiente de nuevo a recorrer el puñetero Páramo?», se preguntó. Esperaba que no; rezó por ello. Rezó porque todo acabara y el cacique le diera ya la información que necesitaba. Le había pagado con creces, y a fin de cuentas, ya le había averiguado el paradero de su férreo competidor comercial.
En aquel instante, unos golpes contra la puerta del taller interrumpieron sus cavilaciones. Oyó a Koral abrir, y unos sollozos que se tornaron en seguida en lloros descontrolados.
—Koral, ¿puedo pasar? —era la voz de Liz.
—¿Qué te ha pasao?, ¿quién te ha pegao?, ¿ha sío Leon? —Koral parecía también estar a punto de llorar.
—No sabía a quién ir. ¡Abrázame!
—¡Lo voy a matar, te juro que lo pagará caro!
Jack nunca lo había oído hablar en ese tono, Koral parecía incluso capaz de cumplir su amenaza. Pensó si entrometerse y averiguar qué ocurría, pero decidió que aquel asunto sólo les concernía a ellos, aunque se preparó por si tenía que salir detrás del mecánico si a éste le daba un pronto.
—Ni se te ocurra, Koral —le suplicó la chica—. No está bien, él no está bien. Ha perdido la cabeza. Es ese maldito nuke rojo, algo le está haciendo, ¡le está matando!
—Liz, por favor, no llores más. Estoy aquí, ¿vale? No dejaré que te pase ná.
—E-está bien. Ya sé que lo nuestro acabó, que no te perdoné aquello, pero… —Y rompió a llorar de nuevo.
—¡Ey, nena, venga!
—¿Puedo quedarme aquí?
Se hizo un corto silencio.
—Claro, Liz, pero prométeme que no vas a volver allí, con él.
—No… No lo sé.
—¿Todavía lo quieres?
—Por favor, Koral.
—Está bien, no hablaré de ello. Quédate hasta que aclares tus sentimientos, hasta que te decidas.
Si oírle proferir amenazas era algo excepcional, la gravedad de su tono, la seriedad con la que hablaba ahora era imposible de creer en él.
—Entra.
Jack cerró los ojos y se quedó frito. Tuvo muchos sueños. Se veía en ellos tomando té en plena tertulia en la Gran Salina; matando mutantes con Leon y un Isaac inventado; a cuatro patas en el dormitorio de Madame Poppine, con un ogro sonriente apoyando las manos en sus nalgas dispuesto a…
—¡Ah!
Se despertó bruscamente, un sudor frío perlaba su frente y su pecho. Sólo había sido una pesadilla, una terrible pesadilla. Se esforzó en calmarse, el corazón le latía muy fuerte y muy rápido. No sabía cuánto había dormido, pero la adrenalina le había arrebatado el sueño.
En el salón, Koral y Liz seguían hablando. Lo hacían de forma más sosegada, hablaban con ternura. Supo Jack que un intenso culebrón iba a comenzar.

5 ago. 2014

DEN 2. 43-Isaac

—Isaac… —dijo Nina con seriedad—. No le he visto el rostro; siempre lo tiene oculto con una capucha, como si no quisiera que alguien pudiera reconocerlo. Nunca sale de su fábrica.
—¿Qué fábrica?
—En un pueblo fantasma, en el Valle Cerrado, en el noreste en la Cordillera de Atlas. Sólo la fábrica queda en pie. Lo único que sé es que hace muchos años, quizás una década, Isaac la reconstruyó. Se sirvió de mano de obra barata, esclavos que aún tiene, asesinos y ladrones del Vertedero y del Arrabal. Sacó mucha mierda y gentuza de allí y se la llevó. Es un hombre singular, Jack, y tarado. No queda cordura en él, eso si alguna vez la tuvo. Hace cosa de un año creó el nuke rojo. Utiliza el normal como base.
—Pero —Koral se llevó una mano al mentón— el nuke es una droga muy compleja, no es como regar una planta o cultivar unos champiñones. Sólo los mejores científicos de Metrópolis saben cómo se hace.
—Isaac es más listo que todos ellos juntos. Ha levantado una legión de robots a su alrededor para guardar la fábrica.
—¿También sabe montar robots?
—Bueno, ya te he dicho que no es normal. No sé de dónde demonios ha salido, pero su inteligencia da miedo. Parece saberlo todo.
—Por eso no te atreviste a robarle la mercancía que llevaban los secuaces de Leon que mataste.
—Sí. No lo he visto en acción, pero me asusta. ¿Quién tendría el poder necesario para esclavizar a la chusma del Vertedero? Únicamente la Cruz Escarlata, pero ellos no salen de Metrópolis. ¿Quién puede, con su cerebro y sus manos, crear un ejército de robots?, ¿y hacer nuke sin ayuda, y además potenciando sus efectos de forma devastadora? Jamás creí posible algo así. Él lo hace.
—Toda esta historia es demasiado increíble —dijo Jack.
—Sí. Si Leon pretende matarlo, lo va a tener muy difícil —añadió Koral.
—Nina, déjame esto a mí. Dime cómo dar con esa fábrica y quizás Leon no vaya a por ti.
—Sabes que lo hará.
—Pues le diré que estás muerta. Mañana hablaré con él.
—Está bien… Gracias.
El abuelo de Nina bajó y —sin mirar a nadie, absorto en sus pensamientos y rumiando sin sentido— encendió el televisor, metió una cinta en el vídeo y se sentó en la mecedora que quedaba libre.
—Abuelo, ¿qué haces despierto?
—¡No tengo sueño!
Sonó una música muy animada y en la caja tonta aparecieron cuatro tipos muy curiosos. Primero, un hombre ya mayor y con canas sonreía y fumaba un puro; el segundo era un joven guaperas y trajeado; luego, un colgado con una cazadora y un gorro; y por último, un negro que parecía un ogro, con una cresta corta, cara de mala hostia y una cantidad enorme de cadenas de oro colgando de su robusto cuello.
Nina terminó de contar el resto en el recibidor, para que el viejo no lo oyera. Se despidieron. Koral, que había estado todo el rato ensimismado con la serie de televisión, le echó un último vistazo. El particular grupo, tras una serie de explosiones y tiroteos, subía a un furgón negro mientras el líder, el de las canas y el puro en la boca, decía, sonriente: «Me encanta que los planes salgan bien».

31 jul. 2014

DEN 2. 42-Sangre negra

—¿Alguien sabe que te dedicas a matar? —le preguntó Koral.
—Sólo vosotros, Leon y sus lacayos. Pero mis vecinos me ocultan, ninguno diría nada.
—Sabes que te buscarán, y a pesar de la precaución de tus vecinos, me parece a mí que con tu popularidad no es éste un lugar muy escondío, por mucho que te empeñes en creértelo —la avisó Koral—. Lo único que le ha parao los pies es que nosotros te hemos ío a buscar a la Gran Salina, pero querrá vengarse por tó lo que le has hecho.
—Ya lo sé —dijo Nina, preocupada—.Me llevaré a mi abuelo a una posada hasta que encuentre otro lugar donde vivir.
—Dime todo lo que quiero saber, dónde vive Isaac, y todo lo que nos pueda ser de utilidad, e intercederé por ti —dijo Jack.
—¿Te hará caso?
—No lo sé, no lo conozco. ¿Tú qué opinas, Koral?
—Pues qué quieres que te diga. No te pués fiar de él, y menos en el estao en el que se encuentra. Parece que en cualquier momento va a salir a la calle con una metralleta a disparar a discreción.
—¿Por qué te dedicas a matar? —Jack miró a la chica—. Koral dice que siempre has tenido una buena reputación.
—Verás… —Nina resopló. Su semblante serio denotaba tristeza y preocupación—. ¿Habéis visto lo que tiene en la piel mi abuelo?
Jack y Koral asintieron.
—Es Sangre Negra, una enfermedad muy rara. No se sabe qué la origina, pero hay medicamentos que adormecen sus efectos. La cogió hace unos años.
—¿Qué efectos tiene?
—La sangre, si no se le suministra al paciente cierta pastilla una vez por semana, se vuelve negra. Al cabo de dos, esa sangre se prende y el enfermo muere por una combustión interna.
—¡Qué horror! —dijo Koral con los ojos bien abiertos.
—Sí, es una muerte lenta y muy dolorosa. Por eso me hice cazarrecompensas, para poder pagarle la medicación a mi abuelo. Son muy caras esas pastillas, ¿sabéis? Y sólo las hacen en Metrópolis. Hay además una cura completa, pero es tan cara que ni con cien encargos podría pagarla. Por eso me uní a Isaac, me prometió que por cada trabajo que hiciera para él me pagaría diez veces más que cualquier otro desgraciado de Metrópolis. Podría ahorrar.
—Ya entiendo, dijiste que ya no trabajabas para él. Estabas desesperada y decidiste buscar un modo más rápido de conseguir el dinero que necesitas para la cura —dijo Jack.
—Yo… —Nina se llevó las manos a la cabeza, cansada—. No me gusta matar, pero lo tenía que hacer. No le digáis nada a mi abuelo. He hecho ya muchos encargos para Isaac, aunque todavía no he visto un den. Dice que a final de mes me pagará, como si fuera un sueldo. Ríe, sonríe, se divierte cuando me dice esas cosas, y estoy segura de que miente.
—Pero buscar el diamante era una locura.
—¿Tú crees?, ¿por qué no abres tu bolsa?
—Vale, vale, lo pillo. ¿Cuánto podemos sacar por él?
—Hay un rico excéntrico que tiene un museo; allá en Metrópolis, por supuesto. Ofrece cuarenta mil dens por el diamante, pero no pienso bajar de cincuenta.
—¡Ugh! —Koral se atragantó con el té y comenzó a toser—. ¿Cincuenta mil dens? ¡Eso es un dineral!
—No lo entiendo —dijo Jack—. Los hombres que mataste en el túnel, los lacayos de Leon, llevaban cargamentos de nuke de muchísimo valor. ¿Qué hiciste con ellos?, ¿por qué no los vendiste?
—Tenía órdenes de entregárselos a Isaac. No es un tipo normal, Jack. Jamás se me pasaría por la cabeza robarle.
—¿Y cuánto cuesta esa cura?
—Treinta y cinco mil…
—Eso no es lo que habíamos acordado —protestó Jack—. Se supone que lo dividiríamos en cuatro partes iguales. Además, fui yo quien lo cogió.
—Pero sin mí no habrías podido. Por favor, Jack, te lo suplico.
—Jack, nos toca a cinco mil por cabeza, yo creo que no está ná mal —dijo Koral.
—Tú no estuviste allí, Koral, no viste a Bahamut con tus propios ojos.
—Jack…
—¡Está bien, vale!
—¡Gracias! —Nina estaba eufórica, y a punto de romper a llorar.
—Ahora, dime.

30 jul. 2014

DEN 2. 41-Té

La caminata de vuelta fue dura, pero con la ayuda de Flint regresaron sin graves problemas. Jack casi prefirió sufrir una herida que le incapacitara para caminar largas distancias, como Nina. Verla tumbada en la parihuela que habían confeccionado y atado a lomos del bramarán le provocaba mucha envidia. Hablaron poco durante el trayecto, estaban demasiado cansados y sedientos como para desperdiciar energía moviendo los labios. Cuando llegaron al borde del Arrabal les dolía a todos muchísimo la cabeza por la falta de agua y estaban tan deshidratados que parecían pasas.
Después de pasar por las camillas de un centro médico —mucho mejor que la chabola del doctor que le vendió el antirad a Jack— se dirigieron a la casa de Nina. La cazarrecompensas aún se encontraba bastante mal. La herida que había sufrido en la espalda tardaría muchos días en cerrarse del todo. Le habían aconsejado que no hiciera movimientos bruscos en al menos tres días, pero por lo menos podía caminar.
La casa de Nina era una choza de dos pisos de ladrillos de adobe, enlucida con estuco naranja. No distaba mucho de la entrada principal del Arrabal, pero estaba muy oculta dentro de un laberinto de callejuelas y casas. Tuvieron que dejar en unos establos custodiados por un sucio mozo al bramarán, fuera del barrio. La gente saludaba a Nina con afabilidad, como si la tuvieran en muy alta estima, pero procuraban no mencionar su nombre en alto. Flint introdujo a la llama de Nina en un pequeño cobertizo adosado a la casa.
En el porche de madera, adornado por varios cactus en enormes maceteros, aguardaba un viejo con un bastón y una pistola que sujetaba con una temblorosa mano.
—No te preocupes, abuelo, baja el arma; vienen conmigo. —Nina le dio un cariñoso abrazo—. ¿Cómo estás?
—Pensé que no volverías esta vez. ¿Dónde has estado, Nina?
Jack notó que no sólo le temblaban las manos al anciano, sino que todo su cuerpo parecía preso de una constante convulsión. Además, unas gruesas venas negras sobresalían del pellejo sin grasa ni músculo que le colgaba por todo, incluso por su calvicie.
—Casi no te veo —dijo el viejo entrando por la puerta, cogido de la mano de su nieta—. He llegado a creer varias veces que ibas a abandonarme.
—¡Abuelo, no digas eso! —le suplicó Nina. Los ojos se le inundaron, una lágrima describió un arco por su mejilla—. He tenido mucho trabajo, por eso no he podido estar contigo, pero te juro que eso va a cambiar.
—Nina. —Jack le rogaba urgencia.
—Ahora. —Nina le echó una mirada de reproche. Se volvió a su abuelo—: Escúchame, acuéstate. ¿Te has tomado la medicina? —El viejo respondió que sí—. Pues descansa.
Nina le dio un beso en la frente y el anciano subió las escaleras que llevaban al segundo piso.
—Sentaos donde queráis —les dijo a Jack y Koral. Flint ya hacía rato que lo había hecho, y fumaba tabaco en pipa, siempre con su revólver cerca—. ¿Queréis té, alguna otra cosa?
—¿Té, qué es té? —quiso saber Koral.
—Una infusión de hierbas. Las cultivan en Metrópolis —explicó Nina—. La planta del té no crece en el Páramo.
—Bueno, me gustaría probarlo.
—Yo quiero una cerveza, si tienes —añadió Jack.
Nina fue a la cocina y volvió al cabo de un rato con una bandeja en las manos. La sala de estar era espaciosa, luminosa y tenía buenos muebles.
—¿Esto es té? ¿Qué es este saquito?
—Hunde el sobre dentro y déjalo cinco minutos. Luego te lo podrás tomar.
—¡Buaj, qué asco! ¡Y cómo quema!
—¡Te he dicho que esperes unos minutos, burro!

25 jul. 2014

DEN 2. 40-Escondite

Antes de salir en busca de Koral y Nina, y a pesar de disponer de la comida que le habían dejado, Jack se cocinó un par de peces y un trozo de aleta de mantarraya. Examinó la carne de ambos animales con detenimiento: era muy gelatinosa. Lo torró todo a conciencia, probó un poco y aguardó: ningún veneno parecía hacer efecto, incluso estaban deliciosos, aunque con mucho músculo por debajo de la primera capa. Comió sin masticar y no dejó ni la raspa del pescado. Eructó. Satisfecho y con energías renovadas, prosiguió su camino siguiendo la indicación de la nota.
Había pisadas que se adentraban en una pequeña hondonada, huellas de zapatos y de patas de bramarán. Al cabo de un rato tropezó con un montoncito de ramas imitando otra hoguera y rebuscó en él. Además de una nueva nota, Koral había dejado una lata de soylent cola. Todavía estaba fresca, pues el mecánico la había enterrado en la tierra y cubierto con cubitos de hielo que formaban ahora un diminuto charco. No debían de estar muy lejos. Jack sonrió contento y abrió la lata. Un par de sorbos bastaron para vaciarla. Si aún viviera, le besaría el culo al genio que inventó los freezers, esas máquinas portátiles para hacer cubitos con cualquier líquido. Todo viajero del Páramo conocía el valor que estos cacharros cobraban en el desierto, pues no había nada mejor que una soylent cola bien fresquita para mitigar el agobiante calor; aunque había que tener cuidado de no malgastar el agua. Por eso, a menudo, los cubitos se hacían con orina o agua sucia. Leyó la nota: «jira en el siguiente recodo».
—¿Esto es todo? Pero ¿qué clase de broma es ésta?
Al girar como indicaba la nota, a sólo una docena de pasos, había una abertura poco profunda en la roca: Koral, Nina y hasta el bramarán dormían cerca de un fuego, la llama escupía una y otra vez al suelo y babeaba, y Flint estaba a la entrada con las piernas cruzadas y la ballesta entre ellas.
—¡Apártate de ellos!
Todos despertaron al oír el grito. El gremlin escupió la vinagreta que mascaba y le sacó la lengua.
—¡Jack, quieto! —gritó Nina incorporándose con esfuerzo.
—¡Estás vivo! —Koral se le echó encima—. ¡Estás hecho polvo!, ¿estás herío? ¡Cómo me alegro de verte!
—¡Basta, mi hombro! ¿Qué coño es eso de «gira en el siguiente recodo»? ¿A qué viene semejante pitorreo? ¿Y qué hace él aquí?
—¿Pensabas que había muerto?—dijo Nina refiriéndose al gremlin—. Me lo hiciste pasar mal, Jack, pero la culpa es mía por no confiar en Flint. Baja el arma, ha estado protegiéndonos desde que huimos del campamento.
—¿Te crees que soy imbécil o qué?
—Pues sí.
—Jack…
—Como deis un solo paso aprieto el gatillo.
—Jack…
—¡¿Qué?!
—Baja el arma —le pidió Koral.
—No me da la gana.
—Por favor, Nina tiene razón —dijo Koral—. Si no hubiese sío por Flint, uno de esos monstruos que cayeron sobre el campamento me habría comío.
Jack los miró uno a uno varias veces. Accedió.
—Está bien, pero no pienso quitaros el ojo de encima.
—Gracias —dijo Nina.
—Veo que te encuentras mejor.
—Sí, tu colega, aparte de mecánico, vale para médico. Puedo caminar y todo.
—¿Lo viste? —le preguntó Koral, expectante.
—¿Quién te crees que me ha hecho esto?
—¡Por Gea, es increíble! ¿Cómo te las apañaste?
—Bueno, no era tan duro después de todo… —fardó Jack, pero por dentro se cagaba en la madre que parió al bicho.
—¿Lo has traído?
Jack les mostró el Diamante del Desierto, que todavía brillaba con una mortecina luz. Todos quedaron boquiabiertos. Nina lloró.
—¡Estoy salvada!
—¡Quieta! —Jack volvió a esconder la joya. Flint desenfundó un cuchillo con una rapidez increíble y lo apoyó en su garganta.
—¡Dásela!
—No antes de que ella conteste a mis preguntas —sentenció Jack tanteando su arma.
—Bien, pues te diré dónde localizar a Isaac —dijo Nina.
—No, aquí no. Iremos de vuelta a Metrópolis, todos juntos, como dijiste. Una vez en tu casa me lo largarás todo, y también esos motivos por los cuales pretendes excusarte de la que nos liaste en el metro. Cuando esté seguro de que dices la verdad, venderemos el diamante y nos repartiremos los beneficios. Él no entra.
—Flint entra —protestó Nina—, ha estado toda la noche y toda la mañana cuidando de que no nos pasara nada.
—Jack, venga, tié razón. No son mala gente —la apoyó Koral.
—Ya discutiremos a la vuelta —añadió Flint—. No nos queda mucha agua y hay un largo camino por recorrer.
—Está bien. Volvamos.

20 jul. 2014

DEN 2. 39-Tocar madera

Extinguida la nube de polvo, Jack emprendió la subida. La pendiente se hizo más acusada a medio camino y tuvo que valerse de las manos y gatear. El ascenso fue trabajoso. Al llegar arriba, tenía el hombro y el brazo malheridos tan entumecidos que ya no sentía dolor alguno. Desde lo alto del cerro pudo situar el promontorio de la Gran Salina. O lo que quedaba de él. Seguía habiendo una montaña, pero ahora estaba compuesta por una masa informe de sal y cascotes amontonados. Bahamut no estaba por ningún lado. A pesar de haberle dicho a Koral que podía creer en él, todavía, tras verlo con sus propios ojos, pensaba que todo había sido un mal sueño. Un animal así era imposible, toda la Gran Salina era imposible. ¿Qué misterioso capricho o milagro de la naturaleza había creado animales marinos en un entorno carente de agua, seco y, valga la redundancia, seco como aquél? La propia sal consumía la humedad del cuerpo. No tenían lugar allí, no podían.
Apartó tan perturbador pensamiento y localizó la dirección en la que se suponía que debía estar el campamento. Cerró los ojos con fuerza maldiciéndose al recordar que ¡le había ordenado a Koral que se largara si no se reunía con ellos al amanecer! Ya no había nada que hacer, pues habían pasado muchas horas y no les daría alcance, salvo intentar llegar a Metrópolis por su propio pie, lo cual era imposible sin comida, con escasa agua y una escopeta vieja. Aquella situación de desamparo le recordó demasiado la noche en que le persiguieron los chacales y a situaciones aún peores sufridas.
Por el momento, decidió acercarse hasta el campamento. Quizás aún estuvieran allí, ¡ojalá estuvieran allí! Cuando llegó, contempló una gran cantidad de monstruos de la salina diseminados alrededor. Estaban todos muertos, salvo alguna mantarraya que movía aún las aletas. Debían de haber sido arrojados por los coletazos de Bahamut. Por suerte, Koral y Nina habían puesto pies en polvorosa. No estaban ni sus cuerpos ni sus cosas allí y, además, había heridas de bala en algunas criaturas. Rió al recrear la escenita: los bichos cayendo alrededor y el mecánico histérico. Se pasó una mano por el rostro, recriminándose tal despreocupación. Aquello no era ninguna broma, podía haberles pasado algo.
Se quedó mirando el horizonte embobado, su cuerpo balanceándose por la debilidad de sus piernas. La situación era realmente mala y los nervios amenazaban con destruirlo. Se obligó a relajarse. Comenzó a silbar una melodía de los Perros Rabiosos. ¿Seguirían tocando? Cuando era joven, cuando formaba parte de los Corredores, la banda de rock era muy popular. Eran como dioses. Aunque desde que marchó a la Ruta del Petróleo no había vuelto a saber de ellos, lo más seguro era que estuvieran muertos. Como todo grupo que se precie, estaban demasiado enganchados al nuke. Canturreó su famosa canción, Tocar madera, y gracias a ella se percató de un detalle de la hoguera que había pasado por alto: las ramas y los arbustos de encima no estaban quemados. Lo apartó todo a manotazos, Koral había ocultado debajo comida, agua y una nota doblada. ¡Bendito sea! Desdobló la nota y leyó: «Jack si les esto dirijete acia las montañas que ay justo en direcion contraria a la gran salina a abido un terremoto a medianoche y no te lo creeras comenzaron a llober bichos del cielo. no se de donde diablos an salido pero nos atacaron unas estrañas babosas. dice Nina que proceden de la salina que fueron eyas las que la irieron. tambien cayeron peces raros y una especie como de sabanas blancas que se rebolbian era todo muy asqueroso. estamos bien pero emos uido a las montañas por si acaso caen mas de esas cosas buscanos por ellas dejare mas notas. Koral».

18 jul. 2014

DEN 2. 38-Buitres

Jack se detuvo a descansar en la base de la colina. Sentía un frío atroz y el hombro le dolía horrores. Además, estaba cubierto de sal de la cabeza a los pies y un intenso escozor lo torturaba allá donde le habían aparecido heridas y rozaduras. Escupió, tenía también la boca llena. Le echó un trago a su cantimplora, se enjuagó la boca y volvió a escupir. Bebió con calma, vació la cantimplora. Aún tenía otra llena, pero no le duraría mucho. Debía encontrar el campamento lo más rápido posible. Cuando hubo saciado su sed trató de comer algo. Lamentablemente, el pez que había pescado en la Gran Salina estaba sucio y machacado. Había sido tan maltratado que apenas quedaba algo de él salvo su dura cabezota. Lo desenganchó y lo arrojó lejos. En su mochila había unas cuantas insulsas tabletas de soylent, nada más. Se las comió con asco. Estaba cansado, dolorido y hambriento, y lo que más deseaba era un mullido colchón e hincarle el diente a algo con sustancia. Pensando en la grasienta y negra pielecilla de un pollo asado se le caía la baba.
Acababa la última galleta cuando una nube de polvo se formó en el horizonte. Alzó la mano para cubrirse del sol, que empezaba a calentar la tierra con fuerza. La nube se acercaba, precedida por el ruido de muchos motores. Ascendió la colina para ocultarse entre un cúmulo de matorrales. Una veintena de motoristas. ¿Eran…? ¡Sí, eran corredores! Distinguió sus vehículos en el horizonte. Eran Buitres, llevaban sus motos decoradas con tantas plumas de buitre como podían y cráneos de estos pajarracos incrustados en los focos, con las mandíbulas abiertas. Abandonó la seguridad de los matorrales y descendió de nuevo agitando los brazos en el aire. Los corredores se detuvieron delante.
—Vaya, ¿a quién tenemos aquí?
Uno de los Buitres, un tipo alto y delgado con una larga gabardina verde y un casco de cuero alado, se bajó de su moto y se detuvo frente a él.
—¿Qué haces aquí, Jack? ¡Esto es una sorpresa!
—¿Murray? —Jack no se lo podía creer.
—Veo que todavía te acuerdas de tu viejo amigo. —Murray sonrió—. Pero, ¿cómo es posible? ¡No has envejecido nada!
—Es una larga historia.
—¿Te presentas de repente, con esa cara de crío veinteañero y tienes los santos cojones de decirme que es una larga historia? —Jack se sintió obligado a explicárselo—. Así que has estado en Edén… Y vuelves a esta pocilga.
—Tengo mis razones. ¿Y tú? Veo que sigues metido.
—Vaya si lo estoy. Ahora soy el Gran Corredor —fardó Murray—. ¡Eh, tíos! —Murray llamó a sus compañeros, todos muy jovencitos—. ¡Este tipo de aquí es un antiguo compañero corredor! ¡No era ni Buitre ni Serpiente! ¡Se creía más listo que todos y por eso no quería formar parte de ninguno!
Entre todos lo abuchearon. Jack se tensó y apoyó la mano en la recortada.
—¿Le zurramos, jefe? —dijo uno.
—¿Tú qué piensas, Jack? —Murray parecía divertirse como un niño con todo aquello.
—¡Oh, vamos! ¿De verdad estás todavía metido en esas estúpidas rencillas de pandilleros? ¡Han pasado por lo menos diez años, joder!
—No hago esto por eso, Jack, siempre nos hemos caído mal. ¿Acaso no recuerdas los viejos tiempos? Yo sí… —Murray se desabrochó un botón de la gabardina, mostrando una larga cicatriz en el pecho.
El Buitre que había preguntado si partirle la cara a Jack avanzó con una larga cadena de hierro en las manos. Jack empuñó su recortada y le apuntó al rostro.
—¡Venga, Jack, era broma! —Murray le hizo un gesto para que se alejara a su compañero—. ¡Es increíble que todavía conserves esa antigualla! ¡Bájala, anda, ya te he dicho que era broma! ¿De dónde vienes?
—De la Gran Salina.
—¿De verdad? No me lo creo. ¿Te has vuelto loco con los años o qué cojones te pasa? ¿Algún tontolaba de Metrópolis te ha pedido que busques el Diamante del Desierto? Nadie acepta ese tipo de encargos.
—Yo sí. —Lentamente, Jack cubrió el orificio de la bolsa con la mano libre.
—¿Encontraste algo?
—Mírame y deduce.
—No me extraña verte en este estado. ¿Vuelves a Metrópolis?, ¿quieres que te lleve de vuelta?
—¿Esperas que me lo crea?
—No, desde luego. —Murray lanzó una sonora carcajada. Los idiotas de sus compinches lo imitaron—. Anda y que te follen, Jack. Si logras sobrevivir, ya nos veremos las caras de nuevo.
Murray y su grupo arrancaron y se alejaron haciéndole cortes de manga. Un rezagado se le acercó con la moto, se tiró un estruendoso y maloliente cuesco en su cara y pisó el acelerador. Jack escupió toda clase de insultos e improperios, pero el ruido de las motos los ahogó todos.

16 jul. 2014

DEN 2. 37-Bahamut

Como pudo, tratando de mantener el equilibrio entre todo aquel movimiento de tierra, Jack fue hacia el borde. La larga cola de cientos de metros de Bahamut iba enroscándose alrededor del promontorio y oprimía la roca que había debajo de la blanca capa de sal. Había círculos por todo el desierto, nidos, que hervían a pesar de ser de noche. Las mantarrayas, las babosas y los peces voladores se agitaban con nerviosismo por culpa del terremoto. Eran conscientes de quién lo provocaba.
Un intenso chillido le destrozó los tímpanos. Miró hacia atrás y alumbró con la linterna. De la pared surgía una colosal cabeza parecida a las de los peces voladores, que tapaba por completo la luz de la luna sumiendo la cima en la total oscuridad. Horadaba la pared, chillaba mostrando un millar de dientes que eran como agujas; y unas zarpas se movían también, escarbando con ahínco. Su ojo le miraba. Alrededor de él había incrustados más diamantes, que surgían por todas las juntas de su resquebrajada y pétrea cabeza. Dejó de alumbrar con la linterna y buscó cómo salir de ahí, pues el sendero natural estaba obstruido por la cola. A su alrededor cayeron cascotes e incluso algún que otro pez naranja. No iba a salir de ésta, no lo iba a hacer. Desesperanzado, disparó contra Bahamut hasta agotar la munición. Los perdigones habían rebotado todos en su dura coraza. El terror se adueñó de Jack. Los ojos de la criatura brillaron con fulminante cólera. Profirió otro chillido. Debía de apretar con fuerza con la cola, pues el promontorio entero se estaba resquebrajando. De esa manera, Bahamut logró liberar parte de su cuerpo y uno de sus raquíticos brazos. Un pez gigante, como si fuera un dios, con brazos. Sí, era una locura, pero imposible de negar. Su zarpa parduzca se aproximaba a él para apresarlo y entonces, cuando la cerraba en torno suyo, el suelo se abrió a sus pies. El promontorio explotó, un bloque de sal le golpeó en un hombro. Cerró los ojos para no presenciar su muerte.
El golpe contra el suelo lo dejó sin aliento, pero estaba vivo. Había aterrizado sobre un grupo de mantarrayas. Trató de incorporarse, pero se tambaleó cuando las mantas comenzaron a moverse. Se sujetó a una de ellas con fuerza para no resbalar. Los cascotes del promontorio caían a su alrededor, aplastando a muchas criaturas. Detrás, Bahamut gateaba con sus dos brazos hacia Jack. Otro agudo chillido y el colosal pez, de un impulso, se lanzó en su dirección, con la boca abierta. Arrasaba con todo a su paso, atrapando animales como si fuera una red y lanzando por los aires con una fuerza asombrosa de su cola a los que no caían en su boca. Pronto la tuvo medio llena de mantas y babosas y peces e ingentes cantidades de sal, y avanzaba con rapidez. No tardaría en darles alcance.
En cuanto tuvo la oportunidad, Jack rodó por una de las alas y cayó en la cima de una duna de sal. Lo hizo justo a tiempo para evitar que Bahamut se lo tragara. Su mochila estaba cerca, por un hueco asomaba su vieja recortada y el diamante, pero no había ni rastro de la escopeta de corredera ni del revólver. Maldiciéndose, corrió cuanto pudo hacia los límites de la Gran Salina. Oyó los lejanos chillidos de Bahamut y lloró de alegría por la suerte que había tenido. Siguió caminando el resto de la noche. Cuando amaneció, había puesto ya bastante distancia del desierto de sal, aunque no podía adivinar a dónde había ido a parar. Avistó una colina desde la cual podría localizar el promontorio, o lo que quedara de él, y así situarse un poco. Tenía un brazo magullado y le costaba moverlo, pero por lo menos no parecía estar dislocado ni roto. El Diamante del Desierto brillaba en la bolsa.

15 jul. 2014

DEN 2. 36-La Gran Salina

Jack esperó en el límite del desierto de sal, mirando en silencio la puesta de sol. El calor llegaba hasta él. Al anochecer, empezó a caminar, cerciorándose de que el aire ya no quemaba. El roce de la sal en la suela de sus botas lo intranquilizaba, no quería imaginarse el fin horroroso que sufriría si el día lo cogía dentro. «¡Al diablo con la cautela de Nina!», farfulló; y aceleró el paso, siempre hacia el noreste. ¡Cric, cric, cric! Era difícil caminar por aquel tortuoso terreno, pero al menos podía ver, pues la luna brillaba con fuerza. Tal como dijo Nina, comenzó a distinguir pequeñas lucecitas que parpadeaban por todas partes. Una, bastante cerca, supuso Jack que sería la que la cazarrecompensas le había mencionado.
De repente, el terreno por delante comenzó a removerse. Retiró el seguro de la escopeta de corredera. Se abrió un socavón enorme, toda la sal se hundió en lo que parecía una caverna subterránea y Jack retrocedió nervioso cuando brincaron fuera de la madriguera cientos de extraños peces. Permaneció alerta, sin mover un músculo de su cuerpo, hasta que se alejaron rebotando como pulgas. Uno lo golpeó en la cara y Jack, instintivamente, lo agarró al vuelo por la cola y lo estrelló contra el suelo.
—Pero ¿qué puñetas eres? —le preguntó al pez.
¡No tenía sentido! Pero ahí estaba. Tenía un cabezón que parecía de piedra, e igual de duro; unas protuberancias, como patitas; y unos colmillos —toda una hilera— con los que pretendía morderle el brazo impulsándose hacia arriba. Pero el aturdimiento le impedía llegar con los dientes y pronto se cansó. El resto del cuerpo era escamoso, similar al de cualquier otro pez, naranja y con cinco largas aletas, como abanicos, que salían de ambos lados de su cuerpo, cola y de su espina dorsal. Jack clavó su daga por detrás del cabezón, hacia el cerebro de la criatura. Cuando dejó de luchar, habiéndose vaciado su sangre en el suelo, Jack lo colgó de un gancho de la mochila y prosiguió su camino.
Había una pronunciada pendiente más adelante. Descendió como pudo, medio caminando medio patinando, y a mitad del recorrido tropezó con una piedra. Terminó la pendiente rodando como una pelota y chocando con algo blando. Fue zarandeado por el animal que había oculto entre la sal, y acabó descubriendo un cuerpo plano, blanco, como si fuera una manta embadurnada de mucosa. Pensó en las babosas de las cuales Nina le había hablado. Sacó su pistola y disparó hacia abajo, abriendo varios agujeros que atravesaron de lado a lado aquel cuerpo. El bicho dejó de moverse. Jack se apartó de él profiriendo una maldición, la sal se le había metido en los ojos. Se secó las lágrimas con la camisa y estudió al monstruo: no parecía una babosa, no tenía esas características manchas naranjas que en teoría debían tener. Con un pie le levantó una de las aletas, y entonces un tentáculo naranja salió disparado de un oscuro agujero, se pegó a la mantarraya y la remolcó sin dificultad alguna. Jack cogió la linterna y alumbró al hueco, a unos cinco metros de él.
Aquello sí que tenía pinta de ser una babosa escupidora de alquitrán. Era más pequeña que la mantarraya. Su cuerpo era parecido a un calamar, con numerosos tentáculos larguísimos y naranjas, manchurrones también por todo el cuerpo y una serie de pelillos del mismo color, como cerdas de escoba, rodeándolo por completo. Masticaba ahora ruidosamente con una voracidad que aterraba.
Cuando Jack quiso retroceder, la babosa asomó una trompa corta, bombeó, se hinchó y le lanzó un manguerazo de un líquido negro y aceitoso que era, efectivamente, alquitrán. Pudo esquivarlo por poco, aunque el olor era tan fuerte que se mareó. Disparó mientras ponía distancia y fue a parar a un nido de mantarrayas. Aquella babosa debía haberse acercado con sigilo para atacarlas, y Jack le había ahorrado trabajo. Pero el porqué le seguía, teniendo ya una presa en su poder, era todo un misterio. ¿Cuánta carne necesitaba para alimentarse? Las mantarrayas, sintiendo el peligro, desplegaron sus alas y se deslizaron levitando por encima del desierto. Jack se agachó para esquivar otro escupitajo negro y disparó de nuevo, haciendo saltar trozos de babosa por los aires. Una de las mantas se retorcía pegada al suelo, el alquitrán la había alcanzado de lleno. La criatura depredadora se preparaba otra vez para lanzarle un escupitajo. Su trompa se hinchó y Jack apuntó y apretó el gatillo, reventándosela y salpicando al monstruo con su propio aceite.
Huyó de allí y descansó cinco minutos al otro lado de la hondonada. El promontorio se encontraba cerca. El brillo del Diamante del Desierto alumbraba el cielo por encima de él. Siguió caminando una hora más, cuesta arriba. Al llegar a la cumbre no podía ni respirar. El resplandor de la joya era de un fulgor misterioso, pues emitía verdadera luz desde dentro, y lo cegó. Cuando se acostumbró, se acercó a ella.
El Diamante del Desierto se hallaba clavado en una pared de sal semitransparente. Lo palpó y notó que era como un verdadero diamante. Escarbó con la daga. Fue un trabajo arduo, pero logró extraerlo de la pared. Eufórico de alegría, ansiando salir de la Gran Salina y pensando en lo que podría hacer con su parte del dinero, se volvió y desanduvo sus pasos. Oyó a su espalda el sonido de la sal cayendo. Una sensación de peligró le erizó el vello de la nuca. Se giró, con el pesado Diamante del Desierto en sus manos. Un gran ojo sin párpado, vidrioso, más grande que cualquier monstruo del Páramo, lo miraba a través de un agujero en la pared. Jack escondió el diamante en su bolsa. Le temblaban las manos y el corazón parecía que se le fuera a salir del pecho, pues comprendía qué es lo que tenía delante. Sus ojos…, no podía creer lo que veían sus ojos.
Un terremoto sacudió la Gran Salina. Jack cayó al suelo. Una larga cola de reptil llena de afiladas espinas y placas rodeaba lentamente el promontorio.

14 jul. 2014

DEN 2. 35-Nina

El resto de la tarde anduvieron por la garganta con los nervios a flor de piel. Por suerte, el asunto se quedó en eso y no sufrieron más percances desagradables. Sin la llama tuvieron que cargar todo el peso en el bramarán e ir a pie los dos. Mataron de un tiro al agonizante animal y lo abandonaron para los chacales, después de introducir en una bolsa algunos filetes para proceder a su conserva en cuanto hicieran una pausa.
El terreno, al salir del cañón, formaba una pronunciada pendiente cuesta abajo. Al final de ella un desierto blanco, muy diferente al yermo pedregoso que era el Páramo, se expandía hasta el horizonte. La tarde llegaba a su fin, pero el desierto de sal aún brillaba con un poderoso fulgor blanco y más parecía un espejismo que algo tangible, pues el calor producía ondulaciones en el aire.
Aliviaron al bramarán de su carga y se tomaron un descanso. Koral se tumbó y abrió los brazos, agotado. Jack se dedicó a limpiar sus dos escopetas con un paño.
—Jack, mira allí. —Koral señaló un punto diminuto que se alejaba de la salina.
Una bandada de buitres carroñeros sobrevolaba la zona. Jack y Koral bajaron la pendiente, acercándose con prudencia.
—Es ella —dijo Jack—. Vamos a tener suerte, a pesar de todo, de no tener que adentrarnos en la salina.
—Le ha pasao algo —dijo Koral—. Parece que se va a caer, pero se ha enganchao el pie en el estribo de su montura.
La mercenaria se encontraba semiinconsciente, malherida, con los brazos sueltos y el pecho y la cabeza apoyados en la llama, y la sangre goteaba por un costado del animal. La bajaron y la posaron con delicadeza en el suelo, pesaba tan poco como una pluma.
Al mirarla, le entró tal escozor ahí abajo —a pesar de las circunstancias— que tuvo que meterse la mano dentro del pantalón y subírsela para que no le abultara tanto. Tenía el rostro de una veinteañera, aunque debía de tener algunos años más; un cabello hasta los hombros, corto por detrás, curvado como si fuera un casco al estilo Bob, con un flequillo largo y rubio pero despeinado; unos pechos y una cadera interesantes y un particular lunar cerca del ombligo, que asomaba por debajo de su chaqueta corta de cuero. Además del vientre, llevaba los hombros desnudos y se cubría las manos con unos guantes largos, con numerosas fundas y bolsillos, que le llegaban hasta los codos. Era mirarla, y toparse con la chica que tantos años atrás lo había encandilado y con la que por poco no se había casado. Tenía una herida en la espalda, como un latigazo, y algunos pequeños cortes y desgarrones en el resto del cuerpo. Algo se había ensañado con ella, pero no parecía correr peligro mortal.
—Así que tú eres la zorra del túnel, ¿eh? —Jack sabía que Nina no podía oírlo. Le dio un par de tortazos para despertarla y de paso desfogarse un poco del susto del metro.
—Jack, mírala —protestó Koral—. ¿No podías darle un poco de agua en vez de esos sopapos?
—No estamos para malgastar el agua —dijo Jack—. Además, ¿acaso no recuerdas que por poco nos matan en el túnel por su culpa? ¿A cuántos asesinó?
—¿Pasas pena por los secuaces de Leon? —Nina entreabrió los ojos, tragó saliva—. Eran una panda de criminales, no tuve muchos remordimientos.
—¿Acaso los tienes por alguien?
—¿Te crees mejor que yo?
Nina cerró los ojos, a punto de volver a desmayarse. Le limpiaron y curaron las heridas como pudieron. No fue un buen trabajo, pero al menos la herida más grave, la de la espalda, no iría a peor. Jack se mosqueó, había tenido que desperdiciar agua. Al cabo de un rato, la mujer volvió a abrir los ojos.
—Tuviste la ocasión de matarnos en el túnel, como hiciste con los demás —prosiguió Jack.
—Os estuve siguiendo, escuchando vuestras conversaciones; por eso supe vuestros nombres. Cuando quise actuar los reptadores os dieron por el culo. Lo que no me explico es cómo pudisteis libraros de los ogros. El tipo ese, Mart, estaba demasiado mal para atender a razones. Parecía muy furioso. —Nina sonrió burlona—. No os parecéis a vuestros compañeros. ¿Leon se ha cansado de enviar a inútiles a hacer el trabajo sucio?
La mano de Jack atrapó con una rapidez increíble el cuello de Nina.
—Yo no soy un lacayo de Leon.
—T-trabajas para él, e-eres su c-criado.
—¡Basta! —Jack se salió de sus casillas, la soltó—. Vas a largar todo lo que sabes. ¡¿Quién es Isaac?!, ¡¿dónde se esconde?! ¡Habla, o ya podrá buscarse a otra zorra que mate por él!
—Tendrá que buscársela igual, tanto si me matas como si me dejas vivir.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que ya no trabajo para él. He decidido mandarlo a tomar por saco.
—¿Por eso estás aquí?
—¿Cómo habéis averiguado que era yo?
—Un camello lo largó todo, dijo que eras tú.
—¿Y cómo habéis dado conmigo?
—Tu amigo, el gremlin, tenía una carta.
—¡¿Qué le habéis hecho?!
A Nina se le empañaron los ojos de lágrimas.
—¿Nosotros?, nada. El muy cabrón casi acaba con nosotros, pero una manada de chacales nos lo quitó de encima. A estas alturas no debe ser más que un montón de mierda de chucho.
Nina sollozó, primero débilmente y luego con más fuerza. Jack tenía su corazoncito y decidió esperar a que se calmara. Al cabo de unos largos segundos, reinició su interrogatorio:
—¿Y bien?
—¿Quieres saberlo? Pareces alguien con sentido de la palabra, tendrás que prometerme tres cosas.
Jack entrecerró los párpados.
—Primero, promete que me vas a perdonar la vida. A fin de cuentas ya no trabajo para Isaac, no me importas ya y no te soy un peligro.
—¿Cómo sé que dices la verdad?
—Porque, dos, me llevarás de vuelta a Metrópolis. Una vez allí te lo explicaré todo, mis motivos para hacer todo lo que he hecho, y sabrás que digo la verdad.
—¿Y la tercera?
—¿Ves ese bonito desierto de sal? —Con un gesto de cabeza, Nina señaló la Gran Salina—. Vas a entrar y…
—El Diamante del Desierto no existe, Nina. Es una locura.
—Sí que existe, es real como las historias que se cuentan de la salina. Ayer, cuando oscureció, vi uno de esos diamantes. Está sobre un promontorio, a unas tres horas al noreste. ¿Sabes por qué es tan difícil conseguir una de esas gemas? Porque no hay quien tenga huevos para entrar de día y porque todos los malditos bichos que moran allí tienen insomnio. Pero si uno es precavido, puede incluso pasar ahí dentro toda una noche sin verse molestado. Y con buen ojo podrá avistar numerosos puntitos, como estrellas que titilan, brillar aquí y allá de forma intermitente. Son esas preciadas gemas que los ricachones de Metrópolis desean más que a sus propias vidas.
—¿Qué te pasó?
—Que la emoción me pudo, abandoné toda cautela cuando vi el Diamante del Desierto y éste es el resultado.
—Tienes suerte de haber conseguido salir antes de que saliera el sol. —Jack volvió la vista hacia el caldero blanco, donde espesas columnas de humo daban una ligera idea del calor que abrasaba la Gran Salina.
—Y bien, ¿qué decides?
—¿Por qué no mejor entregarte a Leon y que él te sonsaque lo que necesita? —quiso saber Jack. Nina removió dentro de su boca con la lengua y mostró una píldora.
—El Bahamut, ¿lo has visto? —Koral necesitaba saciar su curiosidad.
—No, pero no pondría la mano en el fuego asegurando que no existe como muchos escépticos piensan.
—Puedes estar tendiéndonos una trampa.
—¿Crees que podría regresar sola en este estado, o haceros algo?
—Iré, pero nos repartiremos las ganancias a partes iguales.
—No hay problema.
—Koral también entra.
—Vaaale.
—Jack, es demasiao peligroso. Es una locura —protestó Koral—. Yo no me fío. Ya sé que está buena, pero…
—Tú quédate cuidando de ella. Si al amanecer no he regresado, volveos y olvídate de toda esta historia. Si intenta algo, métele un tiro en la sien y a tomar por culo.
—Jack —dijo Nina—. Ten especial cuidado con una especie de babosas blancas. Se camuflan con facilidad, pero podrás reconocerlas por los pegotes naranjas que surcan su cuerpo. Escupen un aceite pringoso, parecido al alquitrán.
—¿Algo más que deba saber?
—No, bueno, ten cuidado con todo en general, pero sobre todo con esos bichos.
—Jack, no me dejes solo con ella —gimió Koral, mirándola de reojo.