12 ago. 2014

DEN 2. 49-El cuarto de maravillas

No había gente en la calle, salvo la policía de la Cruz Escarlata. Los ciudadanos de Metrópolis estaban asustados, temerosos de que la chusma arrabalera asaltara el barrio, y se habían atrincherado en sus casas. Aquello parecía un estado policial.
La mansión del excéntrico ricachón al que iban a vender el Diamante del Desierto se hallaba cerca del capitolio. Al pasar junto a él, Jack reparó en que no habían descuidado, en absoluto, la seguridad: tropas enteras de soldados guardaban sus muros y, además, algunos robots con ruedas patrullaban con movimientos sistemáticos y una ruta predefinida alrededor. Robots que nada tenían que ver con los de Edén, pues ni tenían la elegancia de éstos ni eran tan elaborados. No eran sino trozos de metal, tuberías y cables sin carcasa alguna que se movían a traqueteos.
Llegaron a la mansión. Un mayordomo les hizo pasar.
—Quitaos esos sucios zapatos y poneos esto —dijo dándoles unas babuchas.
Entraron a un amplio vestíbulo, iluminado por lámparas de araña. Era una casa del estilo del Jardín del Placer, con la misma disposición interior: dos pisos, el superior abierto y flanqueado por pasillos con balconadas. La escalinata que daba al piso superior estaba cerrada por una barrera. El piso inferior era un museo, tal como le había dicho Nina, pero los objetos que se mostraban eran de lejos los más extraños que había visto nunca.
—Lo llama el Cuarto de Maravillas —dijo Nina—. Es su mayor orgullo. Cobra un buen dinero para entrar en él, así que aprovechad para curiosear, que es gratis. Pero tened cuidado de no tocar nada, no sea que con la tontería rompáis algo y tengamos que pagárselo con el diamante.
Pudieron curiosear durante un buen rato la sala. Había un cartel en cada una de las paredes de la sala, con puertas que daban a sus respectivos sectores. Los carteles decían: «Artificialia», «Naturalia», «Exotica» y «Scientifica», y había algunas muestras representando lo que escondía cada una de las salas. En la primera había una coraza de placas de hierro montada, de pie, con un casco también de hierro con visera; un globo enorme, amarillento, con un mapa dibujado y borroso, montado sobre un soporte de madera; y un sable cristalino —al que Jack le prestó especial atención—, con una empuñadura de pistola y un pequeño cañón a un lado de la hoja. En la segunda reposaba un arbolillo de medio metro en una maceta, y un animal disecado poco digno de atención. En la entrada de la sala «Exotica», colgando del techo, había el esqueleto de un pez de unos veinte metros de longitud con un cartelito que ponía «Carcharodon»; tenía una mandíbula por la que se podía pasar sin problemas y dientes como la palma de una mano; y en una repisa, la cabeza de alguna especie de criatura desconocida, con un cráneo quitinoso y negro que se alargaba por detrás y una boca de la que surgía otra más pequeña, que le conferían un aspecto aterrador. En la cuarta pared, una cápsula llena de formol guardaba una criatura humanoide sin pelo, de color gris, cabezón enorme, ojos saltones y negros y manos con tres dedos gordos. Destacaban también tres conchas en una mesa, y un retrete al lado.
—¡Qué asco! —exclamó Liz, mirando a un grupo apelotonado de ratas momificadas que, por lo que parecía, estaban atadas por las colas.
—Lo llaman el Rey de las Ratas. ¡Jú!
Un hombre obeso con una bata de piel amarilla y blanca con motas negras y un bigote larguísimo y enrollado apareció con el mayordomo bajando la escalinata. Tenía en los brazos un gato muy raro, peludo, con una cola que le llegaba al suelo y unas protuberancias que le asomaban en la espalda, como las alas de un polluelo recién nacido—. Se trata de un fenómeno insólito. Se dice que el Rey de las Ratas ejerce un control total sobre el resto de roedores de su clan. Como nuestro soberano, el líder de la Cruz Escarlata. ¡Bendito sea!
—Señor Leopold, encantada. —Nina hizo una reverencia.
—Buenas tardes a todos —saludó el extravagante ricachón, paseando la mirada entre los presentes y deteniéndola en Jack—. ¡Jú! Pero ¡qué mono, si pareces un peluche! —Jack se sonrojó. Leopold se le acercó y le miró a los ojos, sonriente—. Encantado, peluche. ¡Jú!
Le cogió con delicadeza la mano y le estampó un tierno beso. Koral ahogó una risa, que sonó como un pedo cuando el aire se le escapó de la boca. Nina y Liz miraban también, divertidas. El ricachón hablaba con un acento muy cursi.
—Señor Leopold, creo que tengo algo que usted desea —le dijo Nina.
—¿Que yo deseo? —Leopold se rascó la sien—, y ¿qué es?
—Jack.
Jack abrió la mochila y mostró el Diamante del Desierto. Leopold abrió los ojos de par en par. Ordenó apagar las luces al mayordomo y profirió un agudo gritito al verlo brillar con su blanco fulgor el diamante.
—¡Juuú! —El excéntrico ricachón soltó al gato y comenzó a aletear con las manos—. ¡Es maravilloso! ¡Oh, mi peluche, guapetón, cómo te quiero!
—¡Basta, basta! —farfullaba Jack afanándose por quitarse de encima a Leopold, quien le besuqueaba las manos y el rostro con unos labios en forma de pez.
—¡Seguidme, amigos míos!
Le siguieron hacia la sala «Naturalia», donde en medio había un pedestal vacío. Jack le tendió el Diamante del Desierto y Leopold lo colocó con cuidado en él.
—Lo tenía preparado para esta ocasión —dijo el ricachón—. Sabía que algún día lo conseguiría. ¡Jú! ¿Nina, querida, te topaste con el monstruo, existe?
—No, es todo un mito —se limitó a responder Nina, para no tener que perder tiempo contándole historietas al hombre.
—No se lo digas a nadie. ¡Jú!
—En cuanto al precio…

11 ago. 2014

DEN 2. 48-Desfile

En la Puerta de los Cobres charlaban Nina y Flint calurosamente.
—¿Has traído el diamante? —susurró Nina mirando a los lados, preocupada.
—¡Claro que sí! —protestó Jack—. Y no pases pena, no te están siguiendo. Le dije que estabas muerta. En realidad, a Leon le importas una mierda.
Koral y Liz aparecieron corriendo. La muchacha presentaba moratones por la cara y los brazos y tenía un pequeño corte en el labio inferior.
—¡Jack, gracias por esperarme!
—De nada —se limitó a responder Jack.
—Liz, ella es…
—Sé quién es —interrumpió la chica de pelo castaño—. Encantada, Nina. No te preocupes por mí, estarás a salvo.
—Gracias.
—Esperemos que Leon se haya olvidado de ti cuando se entere de que sigues viva.
—No sé cómo agradecéroslo —dijo Nina, emocionada.
—Dándonos nuestro trozo del pastel —propuso Jack, y al reparar en Flint, con su ballesta a la espalda y la culata del revólver asomando en su funda, añadió—. ¿Por qué tu colega viene armado?
—Él no puede entrar —respondió Nina—. ¿Acaso no lo sabes?
—Te recuerdo que aquí soy ahora como un extraño.
—Cierto, me contaste tu historia cuando volvíamos de la salina.
—¿Por qué no puede? Se supone que tú puedes entrar y hacer entrar a quien quieras.
—Jack. La Cruz Escarlata no deja entrar a la chusma del Arrabal, ¿no? Pues a los no humanos los consideran de más baja ralea aún —dijo Koral.
—¿Qué? En el Jardín del Placer había un ogro, y gremlins.
—Madame Poppine es muy poderosa —explicó Nina—. Le permiten tenerlos, siempre que no abandonen el puticlub. Son esclavos.
—¿No te resultó curioso que por la calle no hubiera más que humanos? —añadió Koral.
—Pero si sólo pueden entrar humanos —pensó en voz alta Jack. La sospecha iba formándose en su mente—, ¿por qué tienen…?
—Bueno, Jack —dijo Nina—. No sabes la de placer que puede hacerle sentir un ogro a una mujer con su enorme…
—¡Ah! ¿Quieres decir que tú…?
—¿Yo qué? —Nina frunció el ceño, lista para la bronca.
—Nada.
—Flint, cuida de mi abuelo. Nos veremos pronto.
El gremlin se fue. El resto fue a mostrarle los pases al guardia de la entrada. De aquella conversación Jack extrajo la conclusión definitiva de que Yak'i no podía estar detrás de la Cruz Escarlata, puesto que éste había dirigido todas sus operaciones rodeados de ogros, algunos gremlins y muchos, muchos Revientacalles. Cada vez se añadían nuevas incógnitas.
—Tenéis que esperaros —dijo el guardia.
Las enormes puertas de acero chirriaron y se abrieron. Los guardias les empujaron.
—¡Apartaos, dejad paso!
Ellos pedían paso, y las gentes de alrededor acudieron con presteza a cotillear, abarrotando el espacio libre delante de la puerta.
—¡Vamos a ver, atajo de palurdos! —aulló un guardia—. ¿No he pedido espacio? ¿Por qué coño os acercáis? ¡Joder!
Disparó una ráfaga corta al aire. Los arrabaleros se apartaron, pues sabían que la siguiente iría hacia ellos sin ningún problema. Un regimiento de soldados formó un ancho cordón por el cual comenzaron a cruzar vehículos militares: motos, furgones y camiones atestados de soldados de la Cruz Escarlata.
—¿Qué pasa? —murmuró Jack.
—Deberíamos salir de aquí —aconsejó Nina retrocediendo unos pasos.
—No parece que tengan intención de hacer ná en el Arrabal. Creo que se van —comentó Koral.
Se escuchó una bocina. Alguien señaló al cielo. En las autopistas que partían de Metrópolis, a bastante altura, había más vehículos. ¿La Cruz Escarlata abandonaba Metrópolis o salía de expedición? ¿Adónde iban? Si controlaban la ciudad, controlaban el Páramo. Un furgón, con una cruz gamada color sangre en la chapa que lo blindaba y una torre donde había un soldado apostado, cerraba la marcha. Cuando lo vieron aparecer, todo el mundo retrocedió aterrorizado. Koral, Liz y Nina tensaron sus cuerpos, en alerta.
—El líder de la Cruz Escarlata —susurró el mecánico—. Sólo se le ha visto el día en que tomaron la ciudad. Bueno, no en persona. Se oían gritos desde dentro, órdenes que sus lacayos se apresuraban en cumplir. Y risas, carcajadas, cuando el furgón se dedicó a atropellar a tó el que se le ponía por delante, arrojándolo fuera de Metrópolis. Este suelo que pisas, Jack, cubre una alfombra de huesos.
El ejército de la Cruz Escarlata siguió su curso. Las gentes que se arremolinaban alrededor, en cuanto avistaban el furgón del líder, corrían cuanto les permitían las piernas. Pero no hubo incidentes. En largas colas la Cruz Escarlata abandonaba Metrópolis, dejando a unos pocos atrás para guardar Metrópolis. En la Puerta de los Cobres había media docena de guardias, y un equipo de operarios se dispuso a instalar torretas defensivas en la muralla. Aunque el ejército hubiera vaciado Metrópolis, éste iba a ser tan impenetrable, o más, que antes. El desfile concluyó.

10 ago. 2014

DEN 2. 47-Nuke rojo

Jack abandonó la guarida de Leon a toda prisa, no deseaba permanecer cerca de él. El nuke lo había vuelto demasiado peligroso, no era ya dueño de su cuerpo y mente. La droga roja lo tenía dominado, el cacique era su esclavo. Y no soportaba tampoco su presencia por el oscurantismo con el tema de Yak'i. Pensar que había alguien que sabía perfectamente dónde estaba lo martirizaba.
Fue al bar de Barry, estuvo charlando un rato con él y regresó al taller. Koral y Liz dormían aún. Jack no quiso despertarlos. Salió de nuevo por la puerta con el Diamante del Desierto. El sol se encontraba en lo más alto. El calor apretaba. En poco más de una hora se había citado con Nina en el Arrabal. Era una buena chica, intuía, a pesar de todo. Tuvo sus razones para hacer lo que hizo, y ya eran más nobles que las que habían motivado a Jack a hacer muchas de las cosas que había hecho a lo largo de su vida. Supuso que Koral no iría, ocupado como estaba en recuperar el amor de Liz. Se detuvo en un puesto de comida, pidió un tamal con picante y se sentó. Alguien le tocó la espalda.
—¿Qué quieres? —le dijo Jack a la sombra que tenía detrás.
—Oye —era una voz ronca y débil.
Jack se volvió para verle la cara al tipo y se asustó casi tanto como con Leon: el hombre estaba famélico, raquítico, de la misma forma que el traficante. Se balanceaba como si sufriera mareo y tenía el cuello negro. Iba bien vestido, con traje y corbata. Era un decir, ya que llevaba la camisa medio metida por dentro del pantalón, la corbata desanudada, la cremallera bajada e iba sucio.
—Oye —insistió el yonqui—. ¿No tendrías un den? No es para drogarme, es que…
Otro enganchado al nuke rojo. Jack ya conocía lo suficiente sus efectos como para distinguirlo del normal. El hombre parecía importante. No tenía pinta de vivir en el Arrabal y Jack dedujo que la droga roja había logrado colarse en Metrópolis.
—No, no tengo —le respondió.
Fue a darle un mordisco al tamal cuando el yonqui, de un manotazo, se lo arrojó al suelo. El tamal se abrió y la carne y la verdura de dentro se desparramó.
—¡Dame todo lo que tengas! —vociferó, convulsionándose por los nervios y empuñando una pequeña navaja.
—¡Me cago en tu padre!
Jack le arrancó la navaja de las manos sin ningún esfuerzo y le estampó el rostro contra la barra. El drogadicto no se movió.
—Ah…
El cocinero le hizo otro tamal, gratis, con tal de no tener que lidiar con Jack. Así que éste comió, mientras contemplaba a los muchos transeúntes que pululaban como enfermos por la calle, pidiendo dinero, metiéndose nuke o vagabundeando como zombis. El yonqui de la barra se había quedado dormido.

9 ago. 2014

DEN 2. 46-Un cambio estremecedor

Aquello que puso el pie fuera de la limusina no era un ser humano, sino un esqueleto viviente. Había perdido muchísimo peso. La ropa le era demasiado holgada, no quedaba músculo bajo el pellejo de sus manos, tenía el cuello entre negro y morado y la cara magullada. Dos hombres lo ayudaban a caminar, pues apenas se sostenía en pie. Cuando se percató de que Jack lo miraba anonadado de arriba abajo, escupió al suelo y le dijo con desprecio, con voz cansada:
—¿Has averiguado algo?
—Sí.
A Leon se le iluminaron los ojos. No cabía en sí de gozo.
—¡Ven, ven, vamos adentro!
Fueron directos al despacho de Leon. Le ayudaron incluso a sentarse. Estaba machacado. Liz debía de haberle dado una buena tunda, se había defendido bien.
—¿Por qué no has traído a esa puta de Nina contigo?
—Está muerta —sentenció Jack—. Se resistió y tuve que acabar con ella.
Leon lo miró detenidamente. Jack tragó saliva.
—Está bien, qué se le va a hacer. Me habría encantado ponerle la mano encima.
El cacique no tardó ni un minuto desde que entraron en coger de la mesa una pastilla de nuke rojo. Los quejidos que articuló ya no eran de placer, sino de dolor. Tenía el cuello tan irritado que el simple roce de los dedos y de la pastilla era un calvario.
—Hay un pueblo fantasma a unos ciento sesenta y tres kilómetros en el valle del noreste. Hay una vieja fábrica que ha reformado.
—¡Qué hijo de la gran puta! ¿Te dijo la zorra cómo demonios hace esto? —Leon le mostró el envoltorio de la droga.
—No, sólo me dijo que Isaac es inteligente, que hay algo en él. Por lo visto, también es un manitas con la robótica.
—¿Cómo?
—Tiene un ejército de robots.
—¿De qué clase?
—Dijo que no son como los de aquí.
—Cuéntame más.
—No hay mucho más para contar. Tiene trabajadores que sacó del Vertedero, así que entre ellos y los robots estará bien defendido.
—¡¿Crees que no puedo con ese cabrón, que sólo tengo a esta panda de gilipollas para guerrear?! ¡No me conoces, Jack!, ¡sabes demasiado poco y yo sé más de lo que crees! —bramó Leon.
¿Qué le ocurría?, ¿qué le estaba haciendo esa droga roja? Estaba enloqueciendo. Jack temió que perdiera la cabeza del todo. Si la primera vez que estuvo delante de él se vio abrumado por el peligro que emanaba de sus ojos inquisitivos, ahora le tenía auténtico pavor. Se había convertido en un ser horrible, lejos del apuesto hombre que había sido.
—¿Te dijo de cuántos efectivos dispone? —prosiguió Leon, de repente más calmado.
—Muchos, un ejército, quizás cientos. No supo decirme más —respondió Jack.
Leon abrió un cajón del escritorio y puso encima otra pastilla de nuke.
—Llama a Tom, dile que venga de inmediato —ordenó Leon a uno de sus secuaces.
Quitó con cuidado el plástico a una de las caras de la pastilla, se levantó con dificultad y se acercó a un espejo que colgaba de la pared, buscó algún hueco bajo el mentón que no estuviera morado y se frotó la droga. Cerró los ojos. Un tipo enorme se personó.
—Tom, ya sabemos dónde se esconde ese hijoputa. Reúne a tus hombres. Irás allí y vigilarás todos los movimientos de Isaac y su escoria. Consigue todos los datos que puedas: cuántos hombres tiene, de qué armas dispone…, todo. —Y a Jack—: Vete. Dentro de un mes volveré a necesitarte.
—¿Y Yak’i? ¡Creo que ya te he hecho demasiados favores! —protestó Jack.
—Tu trabajo es terminar con todo esto. Isaac sigue jodiéndome, ¿no? Pues lo tuyo tendrá que esperar. Yak’i no se va a mover, confía en mí. Cuando Tom vuelva, prepararemos el asalto y todo esto acabará. Ese hijo de puta malnacido me está arruinando.
—¿De qué conoces a Yak’i?
—Lo sabrás todo a su debido momento, Jack. No agotes mi paciencia —amenazó Leon—. Ve y disfruta de tu tiempo libre. Folla, juega, gástate todo el dinero. —Le entregó una bolsita llena de monedas—. Haz lo que te dé la puta gana.

8 ago. 2014

DEN 2. 45-Una vida de ensueño

Los rayos del sol penetraron por una rendija del techo, impactándole de lleno a Jack en el rostro. Emitió un gruñido suave y se cubrió los ojos con las manos. Se levantó y se sentó en la cama, se quitó las legañas, bostezó, volvió a tumbarse, se retorció de forma extraña, estirando los miembros y alargando un gemido, se oyeron una serie de crujidos y acto seguido se quedó inmóvil. La cabeza le daba vueltas. Unos minutos después se puso en pie de un salto. Había dormido vestido, así que sólo tuvo que calzarse antes de salir del cuartucho para hacerse un café. Koral y Liz dormían abrazados en el sofá. Les apagó el televisor y fue a la cocina. ¡Ah, bendito café! Era todo un lujo poder disponer de él. Muchas cosas lo eran en el Páramo, pues era una tierra castigada por Gea, mientras que en Edén eran tan corrientes en la vida cotidiana que nadie las apreciaba. Jack podía oler el inconfundible aroma del café, saborearlo y notar con regocijo el líquido ardiente descender por su garganta calentando su cuerpo y poniéndolo en funcionamiento.
Una vez hubo terminado, salió en silencio a la calle. A partir de ahora se citaría con Leon él solo, no estaba el asunto como para azuzar los problemas a hacer acto de presencia. El bramarán resoplaba fuera, miraba a Jack con pereza, por puro aburrimiento, mascando unos hierbajos con cara de tonto. No había mucha gente por la calle, acababa de amanecer y sólo los propietarios de los locales y de las tiendas habían madrugado. Se les podía ver abriendo las verjas de sus locales, colocando sus productos en los mostradores, sacando al exterior los expositores y los carteles con las ofertas y los menús del día, conversando entre ellos… Para cuando llegó al palacio de Leon, el Arrabal había despertado y se mostraba bullicioso y lleno de ruidos de todos los tipos, a cada cual más molesto.
—Hola —Jack saludó a Erik, el vigilante de las mañanas, un hombre alto, con más pluma que un pollo.
—Jack, encanto, vas a tener que hacerme compañía un ratito. Hoy ha dormido en Metrópolis.
Como no quería esperar a su lado, le dijo que iba a dar una vuelta —Erik protestó— y se desplomó detrás de la casa. Se aburría, revolvía con una mano la tierra, absorto en nada en particular, hasta que le vino a la cabeza el Lejano Este y comenzó a rememorar su vida en Edén, la ciudad de blanco, los psicotrópicos y los robots sirvientes:
«—Así que te vas —le dijo Carl—. ¿Por qué quieres volver a ese estercolero? ¿El nuke y el soma te han quemado todas las neuronas?
—Sabes que no consumo esas porquerías.
—Sí, lo sé. Olvídate ya de esa venganza, ni siquiera te acuerdas de tus padres. ¿Vas a cambiar esto por aquello? —dijo Carl, señalando a las tres mujeres desnudas que dormían en el sofá cama.»
Y lo cierto es que su amigo de Edén llevaba toda la razón. Jack había tenido la oportunidad de vivir en un espacioso apartamento, con robots a su disposición, comida en abundancia, televisor con muchos canales, una computadora personal, litros y litros de alcohol, agua caliente… Y para ganarse todo aquello sólo había tenido que rescatar a una preciosa muchacha, tras lo cual había acabado siendo considerado como un igual en la sociedad de las clases. ¿Por qué, entonces, había decidido renegar de todo aquello? No recordaba casi a sus padres, como le había dicho Carl, pero tenía la mala costumbre de cumplir sus promesas por muy estúpidas que fueran. A pesar de todo, no sentía remordimientos por su elección. Recordaba Edén y la vida que tuvo allí, mas en su corazón no había nostalgia y no conservaba ningún momento lo suficientemente importante como para sentir el anhelo de volver. Era un forastero en ambos mundos.
El ruido de unas ruedas subiendo la pendiente lo sacó de su ensimismamiento. Era una limusina negra. Leon salió de ella.